sábado, 23 de enero de 2016

A MI NO ME VAN A REMEDAR

Aquel catorce de noviembre del año 1989, a solo unas horas de la despedida final el Negro Alejandro Durán, muy apesadumbrado y nostálgico le comentaba en su estado agónico a José Tapias, su amigo y guacharaquero por más de treinta años, la pena que experimentaba al saber que con él se iba su estilo musical con su nota pesarada y sus bajos de gran profundidad, porque no dejaba seguidores ni discípulos que le dieran continuidad a su obra. Pienso que su elemental y conservadora forma de ejecutar el acordeón, fue admirada, valorada y aplaudida, pero no interesó a los jóvenes músicos que se han venido asomando, cuya preocupación principal ha sido alcanzar un nivel de ejecución cada vez mayor, que les permitirá lucirse en grabaciones, parrandas, conciertos y festivales, logrando así fama y prestigio.

Caso contrario al de Alejo es el de Luis Enrique Martínez, cuya impronta musical representa hoy la columna vertebral del vallenato tradicional y que en los festivales y concursos de acordeón tiene su mayor evidencia, con sus acordes característico en el pase llamado patae’gallina, que lo utilizan todos, léase bien, todos los acordeoneros que han surgido después de él, además de sus florituras con los bajos seguidas de sus vibrantes piques con los pitos agudos de tres coronas lo que podíamos considerar la majestad en la ejecución del acordeón vallenato.

Otro modelo que muchos han seguido y que pasa desapercibido para los exegetas, pontífices y el tumulto de folcloristas del vallenato es el de Juancho Polo Valencia, quien desde su aparición en el mundo fonográfico planteó una forma diferente de interpretar sus cantos con el acordeón: el segmenta la estrofa cantando la primera parte y seguidamente repite la melodía con el instrumento para entonces continuar cantando el resto de la letra. Esto fue asimilado por el negro Alejo, Enrique Díaz y Miguel Durán, entre otros. Diferente a ellos es el caso de Juancho Rois, quien dimensionó de su tocayo Polo Valencia esa expectativa de notas cortas dialogando con el bajo marcaito antes de entrar con una explosión en el teclado del acordeón.



Emilianito Zuleta es otro acordeonero sobresaliente con sus originales pausas o reposos para descansar la nota después de una alegre seguidilla o retreta de pitos, que impuso una verdadera ley musical acatada por grandes maestros del acordeón como Colacho Mendoza y Alfredo Gutiérrez, el rebelde del acordeón, que nunca ha pactado con lo convencional y que con sus dos concursos mundiales ganados en Alemania en 1991 y 93 es sin duda el acordeonero colombiano de mayor reconocimiento universal. Su inesperada ejecución en constante evolución, con sus pinceladas cromáticas hoy nutre a iniciados y consagrados ejecutantes del fuelle.



Sin embargo, la excepción no podía faltar. En Maríangola vivió y murió Don Carmen Mendoza, acordeonero, padre de Carmencito y abuelo de Calata, quien decidió mantener su virginidad musical y cuando Óvido Granados aun adolescente quiso interpretar unas notas de él, malhumorado manifestó: “a mí no me van a estar remedando” y sencillamente colgó la lira, no tocó más y vendió el acordeón. Caso como este de absurda ocurrencia también enriquecen el folclor vallenato.
Por Julio Oñate

LA PRIMERA GRABACION DE LOS HERMANOS ZULETA

“En los inicios de la década del setenta del pasado siglo el catálogo musical en Colombia de la multinacional C.B.S (Columbia Brocasting Sistem) era conformado en su mayor parte por artistas foráneos y el género vallenato era para ellos una nueva experiencia. Acababan de enganchar al conjunto de los hermanos López con su cantante Jorge Oñate con un contrato a base de regalías sobre ventas y en iguales condiciones aceptaron a los hermanos Zuleta, quienes por la respectiva grabación del primer L.P ‘Mis Preferidas’, no recibirían un solo peso. “Al comienzo uno tocaba de gratis”, me comentaba Emilianito y esto a Poncho no le hizo gracia alguna, negándose entonces a firmar dicho contrato con la disquera, razón por la cual no lo se le dio ningún crédito en el disco donde solo figuró Emilianito.


Una de las cláusulas del contrato estipulaba que para que un artista tuviera figuración en la caratula debía tener exclusividad con la C.B.S., pero no recibía honorarios. Poncho prefirió inicialmente sacrificar su imagen a cambio de los dos mil pesos que exigió por cantar el álbum y así fue su nombre ignorado en este primer disco de larga duración.
Este trabajo gustó a nivel Nacional y la C.B.S. con un fino olfato para descubrir talentos, apreciando el caudal melódico que traían a cuestas y la calidad artística de los Hermanos Zuleta, posteriormente ofreció para cada uno cinco mil pesos y ya con esta suma, Poncho firmó. Fue el segundo L.P. que se tituló ‘La cita’ y así comenzó la historia fonográfica de los hijos de Emilianito y Carmen Díaz.

Respecto a las regalías, el acordeonero con la categoría de ejecutante y arreglista recibía el ocho por ciento sobre las ventas y el cantante tan solo el dos por ciento, situación que se reflejaba en la presentación del L.P., ‘Emilianito Zuleta y su conjunto’, situación que Emilianito rechazó y generosamente propicio un tira y jala con la compañía para que su hermano alcanzara los mismos beneficios que él; fue el clásico “cuchillo pa’ mi garganta“, comenta, ya que al darle el mismo poder que yo tenía , hábilmente él se fue metiendo, se fue metiendo y se fue metiendo con las cosas del conjunto hasta desplazarme y yo pasé de ser cabeza de ratón a cola de león. Sin embargo, me queda una gran satisfacción a pesar que para iniciar nuestra carrera musical, me tocó prácticamente arrodillármele a la disquera para lograr aquella primera grabación que nos abrió el camino hacia el corazón del pueblo, además saqué a Poncho del anonimato, pues él a sus veinte años ni siquiera sabía que podía cantar, tan solo tocaba la caja y la guacharaca y hoy es una de las refulgentes estrellas del canto Vallenato.
Es grande el orgullo que sentimos los hermanos Zuleta porque la herencia recibida de nuestro padre Emiliano Zuleta Baquero nos ha permitido brillar en este folclor que nos dignifica al punto de ser reconocido por la Unesco como patrimonio cultural e intangible de la Humanidad”.
Del libro que sobre los Hermanos Zuleta publicarán en próximo Festival Vallenato, Julio C. Oñate M. y Jacobo Solano C.

domingo, 12 de julio de 2015

LA PROFECIA DE DIOMEDES

Hacia 1975 el nombre de Diomedes Díaz tomó gran popularidad como compositor a raíz del tremendo éxito de su canción ‘Cariñito de mi vida’ en versión de Rafael Orozco y Emilio Oviedo, en el cual fue bautizado por Rafa como ‘El Cacique de la Junta’, su pueblo natal.
Diomedes luchaba enconadamente contra todos los obstáculos que sufría a su paso, propios del artista desconocido, sin relaciones, sin padrinos y con limitaciones económicas extremas. Su apariencia era la de un muchacho provinciano de vestir modesto, gafas estrafalarias y precaria dentadura evidenciando su origen humilde y campesino, pero generosamente dotado por la naturaleza con un talento musical inmenso que le permitió superar todo el escabroso ascenso hacia la cima de donde Dios Todopoderoso lo hizo descender para enfrentarlo a su propia pequeñez.
Fue la época en que visitando en El Difícil (Magdalena) a sus parientes los hermanos Jaime, Lucho y Alejandro Maestre, conoció a Miriam Montes Pérez, una hermosa lugareña que bastante bulla hacia en el pueblo por su porte, elegancia y distinción.
El temperamento jovial y extrovertido de Diomedes le permitía hacer amigos con facilidad y en cálidas y emotivas parrandas con los acordeoneros aficionados Carlos Arrieta y ‘El Niño’ Tovar fue cimentando una estrecha amistad con los hermanos Arturo y Armando Lolo y Andrés Manuel Ruiz, quienes en adelante serian sus anfitriones y respaldo social.
Diomedes tratando de acercarse a la preciosa Miriam comenzó a frecuentar ese pueblo viajando para ello en los buses que desde Valledupar hacían la ruta hasta Plato y aprovechando que los padres de la joven permanecían en su hacienda, fueron varias las semanas que en complicidad con sus amigos le llevó serenata a su ventana y con inspirados y amorosos versos rápidamente se robó el corazón de la doncella.
El celular aun no aparecía y las citas telefónicas en Telecom intrigaban a los familiares de la joven, que continuamente recibía cartas, razones y detalles enviados por su novio desde el Valle.
Para una fiesta del pueblo Diomedes se presentó acompañado por Andrés Manuel Ruiz a pedir la mano de Miriam para llevarla al altar.
El viejo prevenido, que ya se había olfateado el tocino, lo recibió agriamente y lo despachó diciéndole duramente: “Oiga muchacho usted que se ha pensando, con tanto rico que hay aquí en El Difícil, cree que yo voy a soltarle mi hija a un pobre diablo como usted, que no tiene ni con que comprarle una vaca y muchos menos una quinta, se larga de mi casa y evítese un problema”.
Humillado y destrozado Diomedes se fue a beber con su amigo hasta la estación de policía que estaba al lado de la oficina de Copetran y en el primer bus que pasó se regresó al Valle.
Aquel trancazo sentimental no lo derrotó y avivando la llama del amor furtivamente siguió los amores con Miriam, a ella le dedicó el paseo ‘Mi Profecía’, pregonero de futuro matrimonio cuando anunciaba: Poncho Zuleta pretendió a Luzmila/ porque en ella encontró lo que ha anhelado/ y ahora cuando yo me case con Miriam/ seré otro parrandero organizado.


Diomedes creció artísticamente, se hizo famoso y cuando grabo ‘La ventana marroncita’ (Tres Canciones) le hizo creer a Miriam que a ella se la dedicaba pues coincidencialmente tenían este color las ventanas de su casa. Hasta aquí llegaron los amores, la mentira acabó con todo, pues Miriam estaba enterada del próximo matrimonio de él con Patricia Acosta.
Desconsolada aceptó la oferta de sus padres de irse a estudiar al exterior y desde entonces vive fuera del país, donde la ausencia y la distancia le ayudaron a olvidar aquella anhelada profecía que nunca se cumplió.

Por Julio Oñate M.

ASI COMENZO EL PRIMER FESTIVAL VALLENATO

Aquel lejano 29 de abril de 1968 cuando se presentaron en la plaza Alfonso López de Valledupar el grupo de acordeoneros que competirían en ese primer concurso de juglares vallenatos (aún no surgía la denominación Festival para esa competencia), los organizadores del evento a falta de un reglamento como tal, le dieron carta blanca a los participantes para que de su repertorio interpretaran lo que quisieran y sin un orden establecido les dieron plena libertad para que el que se sintiera más competente se encargara de romper el celofán. Jaque como siempre y con el acordeón engatillado, Emiliano Zuleta Baquero no se hizo esperar y alegremente arrancó tocando su merengue ‘La Pesquería’, conocido también como ‘La pesca’, una simpática página que habla de su fracaso como pescador, constituyéndose este en el primer peldaño de esa larga escalera que hoy cumple ya cuarenta y ocho años de historia.

Comenzaba la década de los años cincuenta del siglo anterior y era costumbre de los villanueveros pescar en el río Badillo, que al sur de esta población formaba unos grandes pozos apropiados para acorralar los cardúmenes de bocachico y con leche de ceiba o barbasco que se arrojaba al agua, los peces quedaban adormecidos y hasta con la mano se podían recoger para llenar sacos de fique o cualquier otro recipiente oportuno. No se escapaba la sardinata o dorada, el comelón y hasta el pejerraton, un tipo de anguila, hoy extinguida de nuestros nativos afluentes.
Al respecto me comentaba Emilianito: “recuerdo que mi papá y su compadre Chelalo Molina un día antes de la pesca se iban a ‘La Selva’, la finca de Lucho Dangond donde abundaban corpulentos árboles de ceiba y ellos con el hacha le hacían incisiones en el tronco y de estos brotaba la leche que se recogía en ollas o latas que al echarla en el río producía la mortandad de peces”.
En la referida pesca parece que se hizo en alguna época no apropiada, lejos de la primavera y hubo tendereta de bocachicos pero estaban demasiado pequeños.
De regreso en Villanuenueva, Emiliano le ofreció los de él a la niña Zenaida Cotes quien acabó con sus pretensiones al decirle, están muy chiquitos, eso no hay quien te los compre.
Él se había ido escondido de Carmen Díaz y de carrera los dejó mal salados y los guardó donde doña Francisca Quintero, la mujer del Mono Aarón, otro frustrado pescador e igual suerte corrió el compadre ‘Chelalo’ que se llevó la escopeta y mientras los compañeros cometían el infanticidio ictiológico él logró matar dos conejos para pagar el flete del carro contratado para esta aventura.
Unos amigos de Urumita parece que corrieron con mejor suerte en esta cruzada badillera, que condensada en un merengue vallenato cumple ya cuarenta y ocho años de estar sonando en el Festival. Aquí la tocan en todas las categorías, pero todos ignoran que con este simpático y alegre canto comenzó la historia más bonita que hoy viven los colombianos, el Festival Vallenato.

Por Julio Oñate Martinez.


domingo, 9 de febrero de 2014

CUANTO CUESTA UN SALUDO EN EL VALLENATO


“Cuando salió el cd de Diomedes la gente criticó que venía saturado de saludos, fue que con la muerte de él, ese tema quedó ahí”. Celso Guerra.

Diomedes Díaz llegó a cobrar $20 millones en su último disco, dice el comisionista Álvaro Álvarez.

Una nueva ‘figura’ surge, o tal vez se hace más visible ahora en el muchas veces controvertido ambiente de los artistas del vallenato: el ‘comisionista de saludos’.

Persona del círculo íntimo del cantante quien se encarga de conseguir a gente con dinero suficiente, e interesada en que su nombre se mencione en un disco, para así ‘pasar a la historia’, o ‘inmortalizarse’, como suelen decir orgullosos tras ser nombrados.

La mayoría de las veces son narcos; políticos y funcionarios corruptos.

“Ya no es un secreto para nadie que hay alguien encargado de llamar y ofrecer el espacio para el saludo. Se cobra el precio de acuerdo con el tema, y la parte de la canción en que se hace. Si va al principio vale más”, admite Javier Fernández, director de Olímpica Estéreo en Valledupar.

Álvaro Alcides Álvarez, reconocido folclorista oriundo de San Juan del Cesar (La Guajira), y a quien llaman ‘Triple A’, acepta sin rodeos que él es un especialista en esta función. “Yo soy ‘comisionista de saludos’ de varios artistas, con Diomedes Díaz en este último CD me fue muy bien, por un saludo del Cacique se llegaron a pagar hasta $20 millones”, afirma. “Es que en estos momentos la plata que generan los saludos superan las ganancias de las mismas casas disqueras.

A Diomedes en su última grabación le fue mejor saludando que con lo que le dio la disquera”, agrega Javier Fernández.

Celso Guerra, investigador del folclor vallenato y hombre de radio en la capital del Cesar, señala que se llegó a este punto de cobrar un saludo en una canción, debido a la depresión que sufrió el mercado del disco con ocasión de la piratería. “Con la plata de los saludos se financian muchas grabaciones”, dice tajantemente.

No obstante, añade, muchos artistas han desistido de esta costumbre de los saludos para no verse inmiscuidos en líos jurídicos, o que los relacionen con gente con problemas ante la ley.

“Poncho (Zuleta) prefiere ahora saludar a los ‘zuletista de corazón’, y no a desconocidos. Ya no le interesa lo económico”, precisa Guerra.

Dice igualmente que en esta misma tendencia de no saludar a nadie se encuentra Jorge Celedón, a quien reconocen haberle dado un impuso internacional a la música vallenata.

“Él (Celedón) que tocaba mucho en Cali, Medellín y Bogotá, por estar mencionando a este tipo de personajes recibió una llamada en la que le advertían que si saluda a fulanito, no respondían. Desde entonces no saluda”, puntualiza Celso Guerra.

Con la consolidación de las mafias del narcotráfico, cuyos capos deseaban también ser mencionados, llegaron los saludos en claves.

“Para evitarse problemas usaban seudónimos, por ejemplo, a Samuel Alarcón le decían ‘S.A’. Había otro al que le decían el ‘teniente Nelson’, y así unos más”, asegura Javier Fernández.

Otro tipo de saludos

Además de los saludos pagos en dinero en efectivo o en especie, con ganado, vehículos, etc; los cantantes también envían otro tipo de salutación, son las dirigidas a la gente de la radio con el fin de que les promocionen sus discos.

“Por el interés de que sonaran las canciones en las emisoras, los artistas empezaron a saludar a los hijos de los locutores. Por ejemplo, los de Alí Guerrero, de Andrés Lopera, ambos de Barranquilla; e incluso los míos”, reconoce el director de Olímpia Estéreo de Valledupar.

Fenómeno de siempre en el vallenato

De acuerdo con Jaime Pérez Parodi, eterno animador en las presentaciones de Diomedes Díaz, y profundo conocedor del vallenato, este fenómeno de la ‘saluditis’ no es nuevo en el folclor, dice que es de siempre.

“Yo discutía a menudo este asunto con Luis Enrique Martínez (Rey Vallenato 1973), él decía que en su época no se cobraba un saludo. Yo le respondía entonces que las vacas, cerdos, o cualquier cosa en especie que les regalaban a ellos, ¿qué era?”

Pérez Parodi afirma igualmente que a partir de 1936, cuando se comenzó a grabar el vallenato, ha habido una remuneración en ese sentido. “Así pasaba desde la época de Alejo Durán, a través de la historia siempre hubo una remuneración por mencionar a alguien, solo que cuando llega la ‘bonanza marimbera’ toma otras dimensiones”, puntualiza a quien llaman en Valledupar, ‘la Biblia del vallenato’.

Recuerda que el único que nunca saludó fue Alberto Fernández, voz de Bovea y sus vallenatos. “Sus discos eran limpiecitos, sin saludos”, reitera Pérez.

Sobre el tema de antaño Celso Guerra dice que antes los juglares les componían a los amigos, a la finca del amigo, al compadre; y en contraprestación recibía una vaca, o una parranda. “Era la única manera de sacarle provecho al oficio”.

Sentencia que realmente no hay fecha exacta de cuando comienzan los saludos. “En los discos de Luis Enrique o de Abel Antonio Villa los saludos eran esporádicos, más bien escasos, pero eso sí, espontáneos, sin comercialización, el único interés del intérprete era congraciarse con alguien. Además, en esa época el vallenato no valía mucho, mejor dicho, nada, pero llegaron los ‘marimberos’ y pusieron los precios”.

Saludos en la bonanza marimbera

En la segunda mitad de la década de los 70, cuando el boom del tráfico de marihuana a Estados Unidos, se entronizó con fuerza en la música vallenata el tema de los pagos por los saludos.

“Por dedicar un disco se empezaron a pagar cantidades altísimas de dinero. Los artistas recibían regalos como las famosas camionetas Rangers, armas y joyas. Diomedes fue uno de ellos, pero no el único,

Hernando Marín compuso el Gavilán mayor. Por esta canción le quitaron un poco de plata a un ‘marimbero’ que dijo que a quien se referían era a él, y ellos aprovecharon. Igual pasó con el tema El Parrandero, de Lenín Bueno Suárez, dedicado en la voz de Poncho Zuleta a Lucky Cotes”, señala Celso Guerra.


Javier Fernández trae a la memoria que en esa misma época el Turco Gil recibió como pago una Ranger de colores zanahoria y negro. “Era la sensación en el Valle, porque nadie tenía para un carro de esos”, dice.

“Ahí comenzó a dársele importancia a los saludos a esta gente, los artistas se dieron cuenta que ciertos personajes los mantenían vigentes y ganando plata durante el año, y en agradecimiento los mencionaban en sus canciones”, recuerda Fernández. “Esto se convirtió en un fenómeno que para muchos significaba estátus, al punto que contagió a políticos y funcionarios públicos, en su mayoría corruptos”, aporta al análisis Celso Guerra.

Javier Fernández finaliza diciendo que es tal la obsesión por los saludos en los vallenatos, que su amigo Tito Bornachera, quien apoya a artistas con vallas y camisetas, cuando estos no lo saludan en sus discos entra en una depresión que lo mantiene encerrado por varios días. “Hay también quienes compiten para ver a quién saluda más”
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viernes, 13 de diciembre de 2013

EL POLLO VALLENATO, EL GRAN INNOVADOR

El Pollo Vallenato, el gran innovador
Con Luis Enrique Martínez, a quien conocí por intermedio de un pariente cercano de El Copey, César, tuve la oportunidad de compartir cuando adelantaba mis estudios de bachillerato en Medellín donde se encontraba realizando unas grabaciones musicales, oportunidad que aproveché para que me hiciera un recuento de su vida musical, tomando como partida Los Haticos, un corregimiento Fonseca, donde nació en 1923. 
Comentó que a su padre, Santander Martínez, quien combinaba el oficio de hacer techos de palma, con el de  acordeonero, lo acompañaba con las maracas o con el redoblante en las alegres colitas.  En Fundación donde lo llevo su madre Natividad Argote en busca de las nuevas oportunidades que le podría brindar la bonanza bananera, se especializó en aserrar madera, actividad que alterno con la música. Allí aprendió del acordeonero Pacho Rada. Sus conocimientos musicales los perfecciono con los músico de la Provincia, al lograr cierta notoriedad se dedicó a este nuevo oficio que ejercía donde lo solicitaban. Fue así como llegó al Banco-Magdalena donde conoció a Juan Madrid quien lo enseñó a cantar y a acompañarse con la guitarra.
Luis Enrique Martínez, de estilo inconfundible por sus notas picantes y lucidas, que adornadas con su digitación asombrosa producía versos mordaces y en ocasiones versos sensibles.  Le decían el Pollo Vallenato porque se asemejaba en las parrandas a un gallo fino que nunca pierde una pelea. Seguro de vencer en las piquerias, compuso la canción desafiante "El pollo Vallenato":
"Oigan muchacho, yo soy Enrique Martínez/que nunca tiene miedo si se trata de tocar/Luis Martínez es el “El Pollo Vallenato”/y es candela lo que van a llevar".

 
Rafael Escalona años después también tomó la figura del gallo fino, para motivar la campaña presidencial de Alfonso López Michelsen, comparando las concentraciones de gallos con las contiendas políticas de los candidatos y compuso el paseo "López es el pollo",  "El Partido Liberal tiene el hombre/en la plaza de Bolívar se grita/López es el Pollo, López es el Gallo/el Presidente que Colombia necesita".
Siempre se recuerda con nostalgia las melodías de antaño, Luis Enrique interpretaba el son de Pacho Rada, el paseo y el merengue de los músicos de su tierra y sus obras musicales que emergían de sus vivencias. Es Imposible olvidar la puya "Francisco el Hombre",  que le compuso a este legendario acordeonero que conoció en Machobayo, un caserío cercano a Riohacha. También aprendió a tocar la cumbia con Andrés Paz, autor de la  melodía de "La cumbia cienaguera" a la que le hizo los arreglos musicales y la grabó en 1951 con un novedoso acordeón de tres hileras. Esta cumbia considerada por la Sinfónica de Londres como una de las grandes obras populares del mundo, fue presentada en Suecia con ocasión de la entrega del premio Nobel de Literatura a Gabo.
Fue uno de los primeros músicos  que grabo composiciones vallenatas, en ellas se destaca las figuras que creaba con los bajos, diferente al marcante tradicional de sus antecesores, esta genialidad y versatilidad engrandeció nuestra música. Las interpretaciones de sus canciones siempre llevaban una introducción melodiosa y mantenía la misma tonalidad en su acordeón, aunque pasara de una hilera a otra.
Este Rey Vallenato que se destacó como acordeonero, cantante, compositor y verseador, dejó un legado inmenso.  Sus interpretaciones son la sublime conjugación de los instrumentos con el cantante. Sus innovaciones gestaron una escuela con muchísimos seguidores, donde  los bajos  armonizan y enaltecen las melodías.
  
Luis Enrique  lo dice en su composición El gallo jabao:
 "Soy el gallo peligroso con la espuela (los bajos) y con el pico (los pitos)"
"Oigan muchachos, oigan la nota como toca el Vallenato"


Por Ricardo Gutiérrez Gutiérrez

ASI COMENZO DIOMEDES

Por Julio Oñate M.


En los comienzos de la historia festivalera las compañías productoras de acetatos mostraban gran interés por grabarle a los acordeoneros que se coronaban como reyes vallenatos, caracterizados por su gran solvencia artística, no solo con el acordeón sino también cantando lo que ellos componían.
En esta forma la disquera Codiscos de Medellín se interesó en 1976 por Nafer Durán, el nuevo soberano del tres coronas.
El trajín del festival y una afección en la laringe le dificultaban a Naferito enfrentar este compromiso, comenzando entonces a ensayar su repertorio con la voz del atanquero Pacho Mindiola, un cantante aficionado que en ambientes de parranda impresionaba por su recio timbre y afinación.
Los ensayos  avanzaban y cualquier día recibió Nafer la visita de Emilio Oviedo acompañado por un muchacho flacuchento, de aspecto humilde, estrambóticamente engafado, muy locuaz que irradiaba gran simpatía.
Se llamaba Diomedes Diaz y era el autor del paseo “Cariñito de mi Vida” que Oviedo tenía pegado con la voz de Rafael Orozco, y que afanosamente buscaba un acordeonero con quien grabar. Ante la insistencia de Oviedo para que hicieran pareja con el argumento que era la gran revelación del vallenato, Naferito con su inmensa honestidad condicionó alguna posibilidad de grabar con “el engafao”, si su amigo Pacho Mindiola declinaba en el proyecto que tenían.
De manera gallarda y generosa Pacho dejó en plena libertad a Nafer y así orientado por  “El Comandante” se fue con su flacuchento para Medellín.
Nafer cantaría cuatro temas y Diomedes ocho, pero la afección del Rey no disminuía y el novel vocalista se despachó todo el repertorio. Con el conjunto de Oviedo, guerrita (caja), Virgilio (Guacharaca), Chide Torres (bajo), Julito Morillo (coro), Adalberto Orozco (cencerro) y Oswaldo Bolaño (conga) y bajo su dirección en cuatro días quedo listo el L.P.
Acordeonero y cantante recibieron cada uno trescientos mil pesos y treinta y seis mil pesos los acompañantes.
El día que concluyeron, emocionado y nervioso Diomedes se dejó caer, él solo, un garrafón de aguardiente y cargado fue llevado a su habitación, repitiendo constantemente: “ya soy un artista”, “ya soy un artista”.
Nafer vivía en El Paso y cuando el disco llegó a Valledupar, ni se percató, el celular aun no repicaba por aquí y no tuvo ningún festejo con su compañero, a quien solo volvió a ver muchos años después. 
Este fue el inicio de una grandiosa carrera llena de tropezones y accidentes de todo calibre, pero que hoy muestran a Diomedes Díaz con un halo de grandeza similar a muchos ídolos de la música popular, llegando a representar para el vallenato, lo que para la salsa Héctor Lavoe, para el son cubano Benny More, para el rock Elvis Presley y para la música del Caribe Joe Arroyo.
¡Los genios nacen, no se hacen!


sábado, 9 de noviembre de 2013

PATILLAL Y SUS COMPOSITORES


Muy cerca a Valledupar está Patillal, un pueblo tranquilo habitado por agricultores, ganaderos y poetas, que no sólo es un remanso para el fatigado citadino sino un potosí de sorpresas agradables por la calidad humana de sus habitantes. Para ellos un generoso corazón es suficiente. Cuando están fuera de su tierra se tornan melancólicos, la añoran siempre, ella es su felicidad.

Cuando evoco recuerdos, siempre están presentes esos ratos inolvidables que he disfrutado en Patillal, despertando enormes sentimientos que contagian mi espíritu y me enseñan a querer a ese bello y apacible terruño. Allí, la ternura de los enamorados da fuerza y motiva la construcción de bellas melodías impregnadas de contenidos poéticos. Las obras musicales de sus compositores son bellas descripciones de un paisaje, una historia o un amor.

Escuchar algo de esa tierra y de sus habitantes, emociona al sentir el aroma de calma y tranquilidad de ese mundo mágico que ha creado su gente atenta y cariñosa. Ellos sienten devoción por el romanticismo, la prosa fluida, las buenas costumbres, el respeto hacia los demás y por su patrona, la virgen de las Mercedes.

En Patillal, siempre hay corazones amables que trasmiten confianza. Atienden con goce especial a los visitantes, actitud propia de almas nobles. Llevan la música en su sangre, no sorprende que un verso se acompañe siempre de bellas melodías. Esa es la cuna de Rafael Escalona, Freddy Molina, Octavio Daza, Beto Daza, Chiche Maestre, José Hernández Maestre, Cocha Molina, Chema Guerra, del poeta Chema Maestre y de un sinnúmero de personajes que le han dado gloria a nuestra música.

Ir a Patillal es disfrutar las alegrías elementales de la vida y conocer la motivación o vivencia de los compositores para hacer sus canciones. La canción "Los novios" ( " ya nos queremos, ya nos amamos ¡ viva el amor ! vivan los novios cuando se aman de corazón" ) fue compuesta por Fredy Molina a su enamorada Carmen Cecilia Maestre y grabada por Alfredo Gutiérrez. Esta obra es una de las canciones que marcaron un hito, por la creatividad del compositor, la magistral interpretación de Alfredo Gutiérrez y el interés que despertó a nivel nacional escuchar la música vallenata.



Otro compositor patillalero, que merece una mención especial por su canción "Río Badillo" ,ganadora del Festival de la Leyenda Vallenata en 1978, grabada por los Zuleta y por Claudia de Colombia, es Octavio Daza. Él, cuando era Secretario de obras Públicas de Valledupar, tuvo que ir a inspeccionar unas obras civiles cerca al río Badillo. Sabía que dicha visita le tomaba poco tiempo y aprovechó la oportunidad para invitar a su enamorada. En una camioneta Dodge, con caja automática, salió muy temprano. Después de culminar su misión se fueron a bañar a ese precioso río de aguas cristalinas. El ambiente transcurrió con alegría, retozando en el agua fría que de la Sierra Nevada bajaba. Pasaron las horas, cuando quisieron regresar, Octavio trató de encender el vehículo, pero como el radio había estado sintonizando las emisoras locales, se agotó la batería. Intranquilo buscó soluciones sin encontrarlas. Era una vía poco transitada y allí, entre el golpeteo de la corriente con las piedras, las chicharras y los animales que fueron apareciendo en la oscuridad de la noche, no tuvo otra opción que esperar el nuevo amanecer. Esa circunstancia generada por un obstáculo fortaleció un romance que dio origen a esta bella canción que ha engrandecido nuestro folclor.

La letra de la canción lo dice todo:

"El río Badillo fue testigo de que te quise/en sus arenas quedo el reflejo del gran amor/de una pareja que allí vivió momentos felices/y ante sus aguas juró quererse con gran pasión"
Por: Ricardo Gutierrez.









EL VIEJO MIGUEL



Por Ricardo Gutiérrez


El Cerro de Maco que hace parte de los Montes de María, es el eterno vigilante y la fuente inspiradora de la riqueza creativa de los Sanjacinteros, cuyos primeros pobladores, la cultura Zenú se caracterizaron por su laboriosidad e ingenio en la agricultura, las artes y en el tejido de hamacas. Esa topografía favorece un clima que influenciado por los vientos alisios, facilitan las reuniones donde los músicos haciendo gala de su herencia ancestral construyen preciosas obras musicales. Los Farotos con sus danzas, evocan a los indígenas que se disfrazaban con el vestuario de sus mujeres, para protegerlas de los españoles que las asediaban. Según la tradición el Mama, adornado por llamativos colorines que baila en medio de dos filas, lleva un perrero para darle al bailarín que no lleve el ritmo.


En ese ambiente innovador, Los gaiteros de San Jacinto, han conservado la música tradicional de gaitas y tambores heredada del mestizaje indígena. El acordeón llegó producto de la integración comercial y cultural e incorporó a la música nativa, los ritmos europeos, los ritmos cubanos y mejicanos. Al integrarse con el tambor y las gaitas, gestó un ritmo parecido al vallenato que lo llamaron "son", que eran canciones sin identificación de ritmos. Producto de esta integración fueron acogidas las creaciones, motivando la producción de las " gaitas " que también llamadas "cumbias". Exponente destacado fue Andrés Landero quien inicialmente fue un versado gaitero que aprendió los secretos del acordeón, utilizando sólo tres dedos.


En San Jacinto, en ese ambiente de comercio y de música se gestaron los amores de Miguel Pacheco Blanco y Mercedes Anillo, padres de Adolfo, quien además de ser compositor de La Hamaca grande, El viejo Miguel, El mochuelo, Mercedes, y muchas más, es un distinguido abogado, graduado a los 43 años en la Universidad de Cartagena después de muchas vicisitudes.


Miguel fue un campesino humilde muy inteligente, de piel morena por eso le decían " El mojino", descendiente de raza negra, por parte de su bisabuela Crucita Estrada, casada con el Ocañero Laureano Pacheco. El disfrutaba con la banda del pueblo su canción preferida: "El perro de Petrona" y compartía con su amigo Toño Fernández, alma de los Gaiteros de San Jacinto, quien igual que Teófilo Mendoza, le puso letras a las gaitas. A Miguel no le gustaba que Adolfo se dedicara a la música, consideraba que era “una perdición".


Mercedes era descendiente de judíos, cantaba en reuniones familiares y apoyaba las inquietudes musicales de Adolfo. Miguel tenía un salón de baile llamado El Gurrufero, sinónimo de caballo descuidado, que ofrecía grandes festines con la música que traía de Barranquilla, igual lo hacía en su Caseta "San Andrés" donde presentaba conjuntos musicales.


Mercedes murió dejando a Adolfo de nueve años, partida que puso a Miguel frente a un gran desafío, pero sucumbió ante el alcohol y aunque la muerte jamás lo separó de Mercedes, le parecía que sólo era un sueño y que los sueños no tienen distancia. Sintió como la soledad y la tristeza invadieron su corazón, se desanimó y al abandonar sus negocios, se fue a la bancarrota.


En el merengue "El viejo Miguel" Adolfo describe cuando su padre salió de San Jacinto, desconsolado, a vivir a Barranquilla: "Buscando consuelo/ buscando paz y tranquilidad/el Viejo Miguel del pueblo se fue muy decepcionado”.




LA TIA GUECHA, LA PARTERA DEL CACIQUE



“Mi papá es un hombre sano que vive allá en Carrizal
Carrizal es una finca, que está cerca de La Junta, la Junta es un bello pueblo adonde nació Diomedes, donde todo el mundo me quiere y me aclaman cuando llego”.
(Fragmento de canción “A mi papá”. Autor e intérprete: Diomedes Díaz Maestre)


Eran las 4 de la madrugada del domingo 26 de mayo de 1957 y en esa casa de paredes rústicas de tierra roja -rellenas de argamasa mezclada con el poco cemento que la miseria permitía disponer- se vivía la tensión propia de un parto y, peor aún, del de una mujer primeriza en las lides de traer hijos a este mundo.

-”Ve, Vila, aguantá, aguantá”, le decía Gregoria Maestre Hinojosa, “Tía Guecha”, a su hermana Elvira Antonia. Para ese momento la embarazada llevaba varias horas de fuertes dolores abdominales que la estaban desgastando más allá de lo que su delgada y frágil contextura permitía, pues ella se levantaba del piso poco menos de 1.60 de estatura, pesaba 55 kilos y su cuerpo era más delgado de lo normal. Eso sí, tenía una voluntad de lucha inversamente proporcional a su constitución física que le permitió combatir para lograr favorecer a cada uno de los hijos que poco a poco le fueron llegando, hasta completar los 11 que trajo al mundo.

-”¡Guecha, Guecha, ay no puedo, Guecha!”, le repetía Vila.
-”Tu podeí, mana, ¡ánimo!”, le respondió.

Las dos hermanas eran parte de la docena de hijos que tuvo la unión entre un emigrante español de comienzos del siglo XX, Manuel José Maestre y la indígena guajira Eufemia Hinojosa, “Mamá Pema”. Pareja que un día decidió irse a vivir merodeando en su trasegar residir por los lados de La Junta, La Peña y otras poblaciones vecinas del sur de La Guajira. Todo hasta cuando tuvieron para compararse un pedazo de tierra.

Guecha asistía a su hermana para que la llegada de su primer embarazado se diera lo mejor posible y así pudiera prolongar la estirpe.

-”Me duele mucho, Guecha”, le replicaba la conviviente de Rafael María Díaz Cataño, un pobre campesino jornalero que por andar trabajando tanto no estaba al pendiente del nacimiento del que sería el mayor de sus hijos y, con el paso de los años, el más famoso cantante de vallenato jamás nacido en Colombia, Diomedes Díaz Maestre.

Los hechos sucedían en la Finca Carrizal, una pedazo de tierra que se levanta en la cumbre de un pequeño cerro distante a 10 minutos del parque principal del corregimiento de La Junta, jurisdicción del municipio de San Juan del Cesar (La Guajira), norte de Colombia. Tierra pobre, poblada desde hace varios siglos por etnias indígenas descendientes de la tribu Wayuu, asentada principalmente en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta.

La partera hacía su oficio ayudada solo por Guecha. Encima de la cama dispuso el aguamanil y uno que otro trapo con que limpiaría al bebé recién nacido una vez Vila pudiera dar a luz.
No eran las 5 de la mañana cuando la mujer sintió cómo de sus entrañas salió el fruto de su amor.

El bebé lo recibió la partera y acto seguido se lo pasó a Guecha, que mojó de inmediato el trapo blanco de algodón que tenía en su mano y que sumergió en una olla de agua panela para empezar, luego, a darle gotitas escurridas en la pequeña boca del que sería el hijo más querido de La Junta, su pueblo.

“Yo fui la que paladeé a Diomedes Díaz, él me quiere porque sabe que yo lo cargué casi al momento de nacer”, dijo Guecha que vive en la zona del Hatico, en la finca que dejaron los abuelos papa Goyo y mama Pema y que el propio Diomedes Díaz ha ido arreglando poco a poco, hasta convertir lo que era una choza en una casa de doble planta, con confortables habitaciones aunque aún hoy por concluir.

Nacido el infante, la mañana de ese mismo domingo arribó su papá, Rafael Díaz, acompañado de el “Mono” Fragozzo, uno de los más destacadas acordeoneros de la zona a mediados del siglo pasado.
Allí, en ese cuartito pequeño, “el mono” tocó el acordeón al que bautizarían como Diomedes, gracias a que a su mamá se le ocurrió consultar el “Almanaque pintoresco de Bristol” y se encontró con el singular nombre.

“Ellos tocaron “el amor, amor”, yo estaba ahí y lo escuché, pero es mentira de eso que dicen que el pelado dizque abrió los ojos... ¡Paja!, !pajarilla de la buena! ese pelado estaba era más dormido que esos osos que dicen que comen una vez y duermen como seis meses...”

Por: El Espacio.