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viernes, 27 de enero de 2017

PARRANDA LARGA

Córdoba es un pequeño pueblo de pescadores localizado en cercanías de Tacamocha al sur de Magangué, en el departamento de Bolívar, donde siempre, ayer y hoy, la llegada de un músico es un verdadero acontecimiento social, cultural y económico.
Por allá en el año 1956 Chema Martínez, rodando tierra y en físico rebusque, merodeaba el entorno magangueleño con su guacharaquero Segundo Caro y su compadre David Oviedo en la caja. Segundo tenía familiares en Córdoba y para allá enrumbaron en busca de parrandas y festejos varios.
Una vez instalados donde los primos del guacharaquero, voló la noticia en el pueblo que había llegado un acordeonero hermano del ‘Pollo Vallenato’.
Casi de inmediato llegó un propio enviado por ‘El Mono’ Zambrano, personaje influyente en el poblado, famoso por sus parrandas babilónicas y de tiro largo, advirtiéndoles que si iban de afán, mejor siguieran de largo.
Chema y su gente entusiasmados presentían que una parranda larga les aseguraba un buen plante y sin preámbulos aceptaron la tentadora oferta.
La casa de Zambrano, individuo de unos sesenta y cinco años bebiendo, era de las más grandes en el pueblo con un fresco y espacioso patio y allí comenzó el episodio con cuatro bultos de ron caña, un carnero degollado y sendas botellas de menticol, el aire acondicionado de la época en aquellos sitios donde el fluido eléctrico aún no se asomaba.
La parranda sería larga según les comentaba y se irían con el bolsillo apretado ya que la gente les decía, “están bien agarrados porque ese tipo si paga bien, pero paga es al final, cuando deja de beber, antes no la suelta, así que atecen el galillo”.
La faena comenzaba a las diez de la mañana, hasta bien entrada la noche y cuatro días después de estar estirando el fuelle Chema le solicitó a Zambrano liquidar el toque hasta allí, pues estaban sin ropa limpia y sin elementos de aseo personal y este inmediatamente envió al propio a la miscelánea cordobesa por camisas, camisillas, interiores, jabones, pasta dental y más menticol y otros cuatro bultos de rentas del Magdalena y con el desplume de un par de pizcos alegremente retomaron la jarana.
Cumplida una semana de ajetreo parrandero sin ver un solo peso, Chema comenzó a preocuparse al saber que las parrandas de ‘El Mono’ habían durado hasta cuarenta días con una banda de Magangué y los lugareños seguían advirtiéndoles “el tipo paga bien, pero hasta que no termine de beber no afloja la plata”
Patos, gallinetas, ponches y más carneros continuaban peleándose un espacio en la olla del guiso y ‘El Mono’ eufórico con la música del provinciano mandó a buscar la banda como refuerzo ya que la gente del fuelle acusaba ya un poco de cansancio.
A los dieciséis días cumplidos en aquella jornada, Chema volvió a la carga insistiéndole al fulano una liquidación parcial, pues necesitaba enviar algunos recursos para e El Copey, donde tenía a Domitila y los pelaos, pero fue grande el desaliento cuando aquel le dijo muy ufano “yo pago cuando dejo de beber y ahora es que estoy comenzando”.
Después de consultar con sus compañeros resolvieron regresar con un par de panelas y un kilo de queso en la mochila y tocando algunas marañas en el camino pudieron regresar a El Copey.
Algunos días después llegó su hermano Luis Enrique, ‘El Pollo Vallenato’ y enterado que después de tocarle a ‘El Mono’ Zambrano dieciséis días seguidos, recibiendo solo la promesa que a los cuarenta días le pagaría, este le comento apesumbrado: “Ombe! Chema, yo si he sido el hombre salao’ en esta vida, pues nunca me he podido encontrar una guaca como esa, te aseguro que si hubiera sido yo todavía estaríamos cogios”.
Como todos saben su adicción al alcohol contribuyó a que ‘El Pollo Vallenato’ hubiese bajado el pico y colgado sus espuelas.
por: Julio Oñate M.

sábado, 23 de enero de 2016

A MI NO ME VAN A REMEDAR

Aquel catorce de noviembre del año 1989, a solo unas horas de la despedida final el Negro Alejandro Durán, muy apesadumbrado y nostálgico le comentaba en su estado agónico a José Tapias, su amigo y guacharaquero por más de treinta años, la pena que experimentaba al saber que con él se iba su estilo musical con su nota pesarada y sus bajos de gran profundidad, porque no dejaba seguidores ni discípulos que le dieran continuidad a su obra. Pienso que su elemental y conservadora forma de ejecutar el acordeón, fue admirada, valorada y aplaudida, pero no interesó a los jóvenes músicos que se han venido asomando, cuya preocupación principal ha sido alcanzar un nivel de ejecución cada vez mayor, que les permitirá lucirse en grabaciones, parrandas, conciertos y festivales, logrando así fama y prestigio.

Caso contrario al de Alejo es el de Luis Enrique Martínez, cuya impronta musical representa hoy la columna vertebral del vallenato tradicional y que en los festivales y concursos de acordeón tiene su mayor evidencia, con sus acordes característico en el pase llamado patae’gallina, que lo utilizan todos, léase bien, todos los acordeoneros que han surgido después de él, además de sus florituras con los bajos seguidas de sus vibrantes piques con los pitos agudos de tres coronas lo que podíamos considerar la majestad en la ejecución del acordeón vallenato.

Otro modelo que muchos han seguido y que pasa desapercibido para los exegetas, pontífices y el tumulto de folcloristas del vallenato es el de Juancho Polo Valencia, quien desde su aparición en el mundo fonográfico planteó una forma diferente de interpretar sus cantos con el acordeón: el segmenta la estrofa cantando la primera parte y seguidamente repite la melodía con el instrumento para entonces continuar cantando el resto de la letra. Esto fue asimilado por el negro Alejo, Enrique Díaz y Miguel Durán, entre otros. Diferente a ellos es el caso de Juancho Rois, quien dimensionó de su tocayo Polo Valencia esa expectativa de notas cortas dialogando con el bajo marcaito antes de entrar con una explosión en el teclado del acordeón.



Emilianito Zuleta es otro acordeonero sobresaliente con sus originales pausas o reposos para descansar la nota después de una alegre seguidilla o retreta de pitos, que impuso una verdadera ley musical acatada por grandes maestros del acordeón como Colacho Mendoza y Alfredo Gutiérrez, el rebelde del acordeón, que nunca ha pactado con lo convencional y que con sus dos concursos mundiales ganados en Alemania en 1991 y 93 es sin duda el acordeonero colombiano de mayor reconocimiento universal. Su inesperada ejecución en constante evolución, con sus pinceladas cromáticas hoy nutre a iniciados y consagrados ejecutantes del fuelle.



Sin embargo, la excepción no podía faltar. En Maríangola vivió y murió Don Carmen Mendoza, acordeonero, padre de Carmencito y abuelo de Calata, quien decidió mantener su virginidad musical y cuando Óvido Granados aun adolescente quiso interpretar unas notas de él, malhumorado manifestó: “a mí no me van a estar remedando” y sencillamente colgó la lira, no tocó más y vendió el acordeón. Caso como este de absurda ocurrencia también enriquecen el folclor vallenato.
Por Julio Oñate