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sábado, 9 de noviembre de 2013

LA TIA GUECHA, LA PARTERA DEL CACIQUE



“Mi papá es un hombre sano que vive allá en Carrizal
Carrizal es una finca, que está cerca de La Junta, la Junta es un bello pueblo adonde nació Diomedes, donde todo el mundo me quiere y me aclaman cuando llego”.
(Fragmento de canción “A mi papá”. Autor e intérprete: Diomedes Díaz Maestre)


Eran las 4 de la madrugada del domingo 26 de mayo de 1957 y en esa casa de paredes rústicas de tierra roja -rellenas de argamasa mezclada con el poco cemento que la miseria permitía disponer- se vivía la tensión propia de un parto y, peor aún, del de una mujer primeriza en las lides de traer hijos a este mundo.

-”Ve, Vila, aguantá, aguantá”, le decía Gregoria Maestre Hinojosa, “Tía Guecha”, a su hermana Elvira Antonia. Para ese momento la embarazada llevaba varias horas de fuertes dolores abdominales que la estaban desgastando más allá de lo que su delgada y frágil contextura permitía, pues ella se levantaba del piso poco menos de 1.60 de estatura, pesaba 55 kilos y su cuerpo era más delgado de lo normal. Eso sí, tenía una voluntad de lucha inversamente proporcional a su constitución física que le permitió combatir para lograr favorecer a cada uno de los hijos que poco a poco le fueron llegando, hasta completar los 11 que trajo al mundo.

-”¡Guecha, Guecha, ay no puedo, Guecha!”, le repetía Vila.
-”Tu podeí, mana, ¡ánimo!”, le respondió.

Las dos hermanas eran parte de la docena de hijos que tuvo la unión entre un emigrante español de comienzos del siglo XX, Manuel José Maestre y la indígena guajira Eufemia Hinojosa, “Mamá Pema”. Pareja que un día decidió irse a vivir merodeando en su trasegar residir por los lados de La Junta, La Peña y otras poblaciones vecinas del sur de La Guajira. Todo hasta cuando tuvieron para compararse un pedazo de tierra.

Guecha asistía a su hermana para que la llegada de su primer embarazado se diera lo mejor posible y así pudiera prolongar la estirpe.

-”Me duele mucho, Guecha”, le replicaba la conviviente de Rafael María Díaz Cataño, un pobre campesino jornalero que por andar trabajando tanto no estaba al pendiente del nacimiento del que sería el mayor de sus hijos y, con el paso de los años, el más famoso cantante de vallenato jamás nacido en Colombia, Diomedes Díaz Maestre.

Los hechos sucedían en la Finca Carrizal, una pedazo de tierra que se levanta en la cumbre de un pequeño cerro distante a 10 minutos del parque principal del corregimiento de La Junta, jurisdicción del municipio de San Juan del Cesar (La Guajira), norte de Colombia. Tierra pobre, poblada desde hace varios siglos por etnias indígenas descendientes de la tribu Wayuu, asentada principalmente en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta.

La partera hacía su oficio ayudada solo por Guecha. Encima de la cama dispuso el aguamanil y uno que otro trapo con que limpiaría al bebé recién nacido una vez Vila pudiera dar a luz.
No eran las 5 de la mañana cuando la mujer sintió cómo de sus entrañas salió el fruto de su amor.

El bebé lo recibió la partera y acto seguido se lo pasó a Guecha, que mojó de inmediato el trapo blanco de algodón que tenía en su mano y que sumergió en una olla de agua panela para empezar, luego, a darle gotitas escurridas en la pequeña boca del que sería el hijo más querido de La Junta, su pueblo.

“Yo fui la que paladeé a Diomedes Díaz, él me quiere porque sabe que yo lo cargué casi al momento de nacer”, dijo Guecha que vive en la zona del Hatico, en la finca que dejaron los abuelos papa Goyo y mama Pema y que el propio Diomedes Díaz ha ido arreglando poco a poco, hasta convertir lo que era una choza en una casa de doble planta, con confortables habitaciones aunque aún hoy por concluir.

Nacido el infante, la mañana de ese mismo domingo arribó su papá, Rafael Díaz, acompañado de el “Mono” Fragozzo, uno de los más destacadas acordeoneros de la zona a mediados del siglo pasado.
Allí, en ese cuartito pequeño, “el mono” tocó el acordeón al que bautizarían como Diomedes, gracias a que a su mamá se le ocurrió consultar el “Almanaque pintoresco de Bristol” y se encontró con el singular nombre.

“Ellos tocaron “el amor, amor”, yo estaba ahí y lo escuché, pero es mentira de eso que dicen que el pelado dizque abrió los ojos... ¡Paja!, !pajarilla de la buena! ese pelado estaba era más dormido que esos osos que dicen que comen una vez y duermen como seis meses...”

Por: El Espacio.

sábado, 6 de abril de 2013

El Sudor Frio De Chema Ramos

Matita es un pueblecito de la Guajira distante una hora de Riohacha que en la época de la bonanza marimbera se hizo tristemente celebre por su pista de aterrizaje y por los aviones que casi a diario allí “se tiraban” sin que nunca las autoridades se enteraran. Fue la época del billete a manos llenas de las extravagancias y de los culopuyú así llamados a aquellos que se empretinaban el arma en la parte trasera pero siempre se les notaba la punta del cañón puyando el pantalón. Un par de empresarios locales organizaron una caseta en la fiesta del pueblo y para el baile contrataron al Rey vallenato Chema Ramos y su conjunto Los indios Urumas. La gente de los pueblos cercanos y veredas del entorno colmaron el salón y el éxito fue total. Al día siguiente tan solo después del medio día apareció uno de los contratistas pero sin un peso con el cuento que el socio lo había tumbado volándose con la plata del baile, pero tratando de hacerle frente al compromiso le dijo a Chema: vea compi pa’ que no se vaya limpio, llévese estos dos bultos de marihuana “concha e’ coco” que tengo aquí en el cara e’ sapo, que de esa calidá enseguida se la quitan de las manos; un sudor frío invadió el cuerpo de Chema y muy asustado con la presión a to´ timbal le respondió: ombe amigo yo la única vez que he salido en la primera hoja del periódico fue cuando me gane el festival y no quiero que la segunda sea por estar tirárdomelas de gavilán mayor. La verdá yo de ese negocio no entiendo, así que véndalos usté y búsqueme la plata que necesito viajar con mis muchachos, o por lo menos consígame los viáticos de la buseta y dígame cuando vuelvo por lo del toque. En esos momentos se presento Chanito un individuo de piel oscura, pelo muy quieto y robusto con una mochila full de billete diciéndole, oiga maestro usté no se puede ir, estoy recién casado y necesito llevarle una serenata a mi esposa y sacando un fajo de la mochila le dio de arrancada un millón de pesos, alguien le dijo a Chema, pilas que este tipo es peligroso. Con ese dinero ya estaba el mundo arreglado y se fueron con Chanito para un kiosco que el tenía en un patio grande con varias habitaciones y en cada una, una hembra, todas muy elegantes, venían de Maracaibo y eran las esposas del personaje. El conjunto se instaló, comenzó la fiesta y Chanito las fué bailoteando a todas hasta que finalmente se encaletó en uno de los cuartos, ordenándole a los músicos que siguieran tocando solos. Mas tarde apareció un tipo de gran estatura, en temple y con algo protuberante debajo de la camisa por fuera, por el tamaño de la cacha debe ser un magnun pensó Chema, al fulano le decían “Siete y medio” y les ordenó: tóquenme “La hija de Amaranto” y en el acto fue complacido, tóquenla otra vez vocifero y de nuevo se la sonaron, vuélvanmela a repetir les exigió y en esa forma se las hizo tocar ocho veces; Chema estaba cansado y le pidió a Chelo que lo relevara en el acordeón pues este también le jala, pero solo a las guarachas y charrangas y arrancó entonces con el acordeón pitador, el fulano agarro la cacha del arma y les advirtió parando la música: esa no coño e’ madre, es “La hija de Amaranto” la que yo quiero y les pregunto cuanto son ustedes, somos ocho dijo Chelo, bueno ripostó, voy a matar a siete pa ´que quede uno vivo y pueda echar el cuento, en tanto Chema logró llegar al cuarto donde estaba Chanito rendido, y lo levantó haciéndole saber la humillada que les estaba pegando “Siete y medio”. Este cogió una pistola y dándole un revolver a Chema le dijo: vamos pa’ que ahora lo humille uste a el; nuevamente el sudor frío lo invadió y con Chanito adelante y el atrás llegaron al kiosco, y de un calibrazo Chanito tiro al tipo al suelo, desármelo! Le ordeno a Chema y cuando este le levantó la camisa lo que encontró fue un plátano verde empiretinao. El tipo se fue profiriendo amenazas y Chanito los dejo emprender el viaje de regreso. En lo sucesivo Chema solo llegaba en sus toques hasta Barrancas pues pensaba que en alguno de los pueblos mas allá se podría tropezar de nuevo a siete y medio pero esta vez no con un plátano sino con una nueve milímetros. Mil episodios como este vivieron nuestros artistas en aquella época de la bonanza, los culopuyú y las extravagancias. Por Julio Oñate M.