sábado, 29 de junio de 2013

EL DIA QUE ALEJO SE EMBORRACHO


Mucho se ha especulado sobre la vida del ‘negro’ Alejo Durán, especialmente en lo que respecta a su total abstención por el alcohol,  ya,  que algunos afirman que en su juventud si bebía, pero que alguna ocasión bajo el efecto de los radicales etílicos, en una parranda le pegó un pescozón a un necio que lo acosaba y al ver que el tipo tardaba largo rato en recobrar el conocimiento, se llevó un tremendo susto, pensando que lo había dejado listo jurándole entonces a Dios Todopoderoso que no volvería jamas a ingerir un trago, ni gorreao, pero esto son solo especulaciones sin ningún fundamento.

Sobre el particular tengo un testimonio muy revelador y es el de Joselina Salas Buelvas, natural del Yucal (Bolívar), la mujer con quién el negro Alejandro se casó el 7 de marzo de 1951 en Barranquilla, quien me confirmó que ni siquiera el día del festejo matrimonial lo vio empinando el codo, solo tomaba gaseosa y siempre la pedía tapada procediendo a descorcharla con su propio destapador, ya que vivía con el temor de que en una bebida pudieran echarle alguna sustancia maligna, pues ‘El negro’ era supersticioso en extremo.
Sin embargo, un episodio relatado por su guacharaquero de siempre José Tapia Fontalvo, nos muestra quizás la única ocasión en que su férrea voluntad fue quebrantada.  Estaba en Cereté para una fiesta del algodón un 2 de febrero y  a Durán lo atormentaba la urgencia de enviar unos recursos monetarios para su casa en Planeta Rica, pero no aparecía ningún parrandero solicitando un toque.  Como mandado de Dios, se presento  don Roque Guzmán, uno de los grandes bebedores de esa región, inmortalizado por “El cabo Erran” en uno de los clásicos del porro y que lleva su nombre: “Roque Guzmán”.    El personaje con su temple habitual y sabiendo que Durán era un abstemio reconocido le ofreció mil pesos si se tomaba una cerveza.  Bordeaba el año de 1970, cuando la plata todavía tenía valor y la suma ofrecida era un montón de dinero.  Sin dudarlo un instante, Alejo aceptó la oferta y despacho de un solo jalonazo una cerveza costeña.  Don Roque pago la apuesta e inmediatamente le ofreció mil más si se dejaba correr la otra, a lo que ‘El negro’ le respondió: “Pero esa te vale dos mil”.  Guzmán sacó la plata que en esa época no le faltaba, pero ‘El negro’ escurrió el bulto diciendo que con los mil que ya tengo en el bolsillo yo resuelvo mi problema, y en esta forma frustró las intenciones del simpático personaje que lo único que quería era emborracharlo.
Este episodio revela la grandeza del alma del ‘negro’ Alejo, a parte del consabido espíritu de abstinencia, puesto que claudicó pero por el bondadoso fin, de enviar el dinero a su familia y una vez solucionado eso, no se dejo tentar por plata ya que su voluntad fue más fuerte que el atractivo del billete.
Claro que Tapia me comentó además, que Alejo sintió el efecto de la cerveza, ya que iba muy eufórico, con el ojo brillante, el sombrero a medio la’o y apostando que el era capaz de meterse a la corraleja y sacarle cuatro mantazos al toro, pero con el acordeón y ese día, parrandeando con su amigos cereteanos al animar el toque de sus canciones, no se escuchaba el habitual “OA y APA”, sino un grito constante diciendo ¡SABROSO! ¡SABROSO!
Por: Julio Oñate M.
Tomado de la obra: Los secretos del vallenato. 

MATILDE LINA


Por: Celso Guerra Gutierréz

  La canción más popular  del maestro Leandro Díaz Duarte, se conoció en la versión de Alfredo Gutiérrez, cuando este la grabó en 1971.
  Rodrigo Oñate, amigo y compadre de  Alfredo, se la escuchó a Leandro  cuando el  bardo, la interpretó en una parranda, acompañado por las guitarras sandieganas de, Juan Calderón, Antonio Ibrahim y Hugo Araújo; Oñate, quedó prendado por la belleza literaria de semejante canto, e inmediatamente, se la recomendó  al intérprete.
Leandro Díaz,  hizo este canto a orillas de las cristalinas aguas del  río Tocaimo, ubicado en la población del mismo nombre, corregimiento de San Diego de Las Flores, quien junto al caserío de El Rincón, le dieron cariño y calor humano para que este gran juglar, compusiera en este entorno sus mejores canciones  y desplegara todo su talento y lo irrigara por todo el planeta.
  Matilde Lina Soto Negrete, verdadero nombre de la  musa inspiradora de esta legendaria canción, es una agraciada dama oriunda del caserío del Plan, corregimiento de La Jagua en La Guajira, anclado en plena Serranía del Perijá, a la cual, Leandro conoció  en una fiesta en Manaure, a donde Díaz, fue invitado por su acordeonero y compañero “Toño” Salas.
Matilde era cuñada de Toño Salas, además pariente de la “Vieja” Sara, Madre de Emiliano Zuleta Baquero.
En la fiesta de la virgen del Carmen, patrona de Manaure, que ambos disfrutaban de ese año 1970, escuchó Leandro,  la voz dulce de la fémina que no reconoció  y al indagarle a  ella por su nombre, le respondió, que se llamaba Matilde Lina.
El juglar quedó enamorado  de la dama a la que le ofreció una  visita en su tierra, El Plan.
Allí llegó para un 11 de noviembre  a cantarle y la serenateó  con la canción  que años más tarde se convertiría en icono del folclor vallenato.
Matilde Lina, quedó embelesada con semejante oda que Leandro antes de hacerla grabar, la había hecho muy popular en la región acompañado por su compañero de muchos años “Toño” Salas.
Con lo que no contaban los protagonistas de esta historia  es que el romance no se podía dar, ya que ambos  contaban con una abundante prole, ella, con  su esposo y 4 hijos y  además en estado de gestación y Leandro con 10 hijos aproximadamente.
Este canto de Leandro  le ha dado  a la protagonista mucha popularidad en la región, Colombia y el exterior, tanto que ella manifiesta que su casa se volvió una romería de personas de distintas procedencias que llegan a conocerla.
Matilde Lina, ha sido grabada en muchas partes del  mundo, “El Gran Combo” de Puerto Rico; Roberto Torres, de Cuba; Los Melódicos  de Venezuela y la más conocida , la de Carlos Vives, el cual en el sepelio le agradeció  a Leandro  haberle mostrado el camino de Valledupar y desviarlo de Hollywood.

jueves, 20 de junio de 2013

PABLO FLOREZ Y LA AVENTURERA



Recientemente terminó su debut ante la vida el notable compositor sinuano  Pablito Flórez, es esta la historia del paseo la aventurera, una de sus canciones más  más conocidas:
Hacia finales de 1962, al conformarse en Ciénaga de Oro, Córdoba, el Combo Orense, de Antolín Lenes, Pablito Flórez, su timbalero, se rebuscaba con sus amigos músicos en las fiestas pueblerinas del alto y bajo Sinú. Si bien en la Costa Caribe ya se conocían algunos porros y gaitas interpretados por la Sonora Cienaguera (de Ciénaga de Oro), nombre artístico con que la Disquera Fuentes identificaba la tropilla musical del célebre Antolín, las oportunidades de trabajo para la gente del pentagrama eran en extremo escasas en una tierra en la que ser músico es casi una religión.
La historia de la Aventurera
No obstante, el grupo consiguió un contrato en Valencia, otro pueblo de Córdoba, cercano a Tierralta, para amenizar las veladas de fin de semana en el cotizado burdel de Petrona Naranjo, la más prestigiosa promotora vaginal de toda la comarca.
Como la proximidad de la fiesta brava atraía a gente de todos los pelambres, un trío de indomables damiselas entró a realzar con sus ofertas de caricias el cartel de Petrona. Entre ellas sobresalía Ninfa Isabel, una belleza sinuana de piel acanelada, pelo castaño, grácil figura y finos modales, cuya sonrisa casi le endereza la joroba a Pablo Flórez. A este lo acompañaban Filiberto González, Diego Espinosa, Antonio Franco, el “Kike” y algunas veces el maestro Antolín.
La primera noche el sitio estaba repleto, y los músicos departieron y libaron copas con las debutantes. Pablito sólo tenía ojos y frases galantes para Ninfa Isabel, la de la turbadora sonrisa. No hizo antesala el amor, y al despuntar el alba sus corazones y sus cuerpos se trenzaron en un ardoroso encuentro que hizo trepidar y traquear con intensidad y ternura el viejo catre de lona de los amores de alquiler.
Terminada la corraleja, Ninfa Isabel levantó el vuelo hacia otros pueblos en fiesta en los que billetes y deseos rodaban sin control, y cuando las circunstancias se lo permitían regresaba para reunirse con Pablo donde Petrona, y avivar el fogón feliz que ardía en las entrañas del trovador. Si a ella le encantaba su musicante, a él la hembra lo traía de un ala. Así se fue consolidando entre los crujidos complacientes del nada casto catre una relación descomplicada, sin celos ni reproches, al tiempo que Maxi, la esposa de Pablo, enterada del tórrido romance, inició sus interminables retretas de lengua celosa.
Ninfa Isabel
Para los compañeros del conjunto, Ninfa Isabel, quien siempre regresaba con la cartera abultada por su peculiar peregrinaje por las tierras altas y bajas del Sinú, era “la Aventurera”, y, aunque en ocasiones le pegaba su refuercito monetario a las arcas minúsculas de Pablo, las bromas por su estado de cachón contento y enamorado empezaron a proliferar. Por esa época, Pablo debió acudir en Montería al consultorio de su amigo el doctor Mendoza en procura de un tratamiento contra un fuerte y constante dolor de cabeza que lo agobiaba. El diagnóstico del galeno sólo contribuyó a incrementarle su tormento: “Tu problema es que pesan demasiado los cachos que te pega Ninfa”.
Cuando, pasado algún tiempo, el burdel de Petrona perdió un poco de auge y las actuaciones en vivo de los músicos orenses disminuyeron su frecuencia, Ninfa se perdió en la vorágine cabaretera del viejo Bolívar, mientras Pablito, con su guitarra compañera, recorría las fiestas sabaneras, desde Sincelejo hasta El Caramelo, siempre con la esperanza de volver a saborearla. Como no la encontraba, desconsolado le enviaba cartas que nunca obtenían respuesta, mientras su tristeza contrastaba con la alegría de Maxi al sentir nuevamente a su macho dentro del corral. Con el sentimiento de un poeta herido, compuso el paseo La Aventurera, que Antolín y su Combo Orense grabaron para la etiqueta fonográfica Codiscos, vocalizada por el autor:
La Aventurera.
Hace tiempo que ha salido de mi pueblo
Una mujer aventurera y no se sabe dónde está,
La pregunto por todas la carreteras,
Por todos los caminos, pueblos y ciudad.
Esa mujer tiene fama de ser buena
Porque así lo ha demostrado y he presenciado yo,
Una vez que se fue pa’ Cartagena
Pensó que me moría y enseguida regresó.
Si supiera que la quiero
Volvería por estas tierras,
Al pueblo Ciénaga de Oro
Donde tiene quien la quiera.

Un éxito
Esta canción estuvo de moda durante mucho tiempo en toda la Costa, e hizo de sus intérpretes los preferidos del público a la hora de algún bailoteo.
Cuando en 1964 Petrona quiso reactivar el negocio, envió señales de humo a los del Combo y a sus antiguas damiselas y todos llegaron hasta el puerto de Montería. Al embarcarse en el río Sinú rumbo a Tierralta, el corazón de Pablo volvió nuevamente a latir como el bombo de una banda papayera, ya que en la embarcación iba Ninfa Isabel, en la misma dirección.
La última vez que la pude ver de cerca
Fue en el puerto de Montería, y enseguida se embarcó.
Iba rumbo directico pa’ Tierralta,
Muchas veces le escribía y jamás me contestó.
El desquite
El desquite de la cruel ausencia y el olvido fue una lujuriosa luna de miel de dos semanas, al cabo de las cuales Pablo regresó a su casa bastante liviano de peso y sin un peso en el bolsillo. Su mujer, que ya había olfateado el tocino, le armó un tremendo berenjenal y hasta le pidió la separación. Como un rayo salvador, una llamada telefónica le anunció a Pablo que en la Caja Agraria tenía las regalías musicales de La aventurera. Al momento de cobrarlas exigió que los dieciocho mil pesos que debían entregarle se los dieran en billetes de uno y de dos pesos. Con dos bolsas repletas de papel moneda, Pablo entró en su casa y vació su contenido sobre la mesa del comedor. Su esposa, oscilante entre el temor y la desconfianza, se negaba a recibir el dinero convencida de que aquello era producto de algún atroz delito cometido por él, pero al explicarle su marido que era el fruto de los derechos autorales de La aventurera, no sin evidente fervor imploraba al cielo diciendo: “Bendita sea, y ojalá que Dios la vea por donde quiera que ande”.
Voy a ir a la fiesta’ El Caramelo
Donde dicen que es preciso que ella sale a aventurar,
Para de nuevo decirle que la quiero,
Conquistármela de necio y hacerla regresar.
Si supiera que la quiero
Volvería por estas tierras,
Al pueblo Ciénaga de Oro
Donde tiene quien la quiera.
Tiempo después, la inspiración afloró de nuevo y Pablo compuso el merengue La del tatuaje, que expresa con fidelidad su martirio y su desesperanza. Desde entonces un halo de leyenda ha crecido en torno a esta enigmática y resbaladiza mujer:
La paso tomando ron
Por una ingrata que me engañó
Y se llevó mi corazón
Dejando el cuerpo sin el timón.
Si alguien me da noticia,
Con mucho gusto le pagaré,
Su filiación es facilita,
Espere amigo y le contaré.
Ahora le voy a decí
A ver si usted me la ve,
Su nombre le prometí,
Se llama Ninfa Isabel.
Muchos años pasaron, la herida cicatrizó, pero los recuerdos afloran cada vez que Pablo Flórez interpreta La aventurera, obra que fue y sigue siendo su carta de presentación musical no obstante la gran popularidad de su reciente creación Los sabores del porro.
A finales de 1980, por allá por Tierralta, se dio un sorpresivo encuentro entre ellos dos, más traumático que halagador, en el que Pablo casi no reconoce a la desteñida y ajada flor a quien el verano inclemente de los años y los desgastadores amaneceres del prostíbulo le habían quitado la fragancia y el color. Ese mismo día, en parranda de amigos, le compuso una nueva estrofa a la canción, que funciona a la manera de un epílogo triste y desengañado de la tormentosa historia:
Sólo quedan los recuerdos,
Añoranzas del ayer,
Ya tiene blanco su pelo
Trasnochado en el burdel.
En lo que parece ser una constante en las mujeres de vida alegre cuando llegan a su otoño, Ninfa Isabel ha dado un vuelco místico a su vida y se ha dedicado a rezar y a predicar sus creencias religiosas en Barranquilla.
Hace algunos años, el diario El Meridiano de Córdoba le tributó un homenaje al eximio compositor sinuano, al cual invitaron también a Ninfa Isabel, la aventurera en uso de buen retiro, quien fue la encargada de entregarle una placa conmemorativa. Esa última noche, en la tarima del evento, los latidos de sus corazones cansados no fueron más que la sombra sorda del repiqueteo travieso de aquel frenético catre viejo del visitado burdel de Petrona.
Por: Julio Oñate M.

sábado, 25 de mayo de 2013

EL COLIBRI DE EMILIANITO ZULETA

Por: Julio Oñate

Cuando a partir de la década del sesenta del siglo anterior la fabrica Honner de Alemania comenzó a fabricar para el mundo los acordeones de tres hileras referenciados como tres coronas, fueron cuatro tonalidades diferentes que nos llegaron para enriquecer la expresión melódica del vallenato, cuyos signos son los siguientes de los tonos bajos a los tonos altos: el cuatro letras, el GCF, el ADG y el Cinco Letras.
En 1970 Emilianito Zuleta organiza su conjunto con la voz de Poncho, su hermano y que después de la primera grabación L.P Mis preferidas seguiría llamándose conjunto de Los Hermanos Zuleta.
En las producciones musicales de los primeros años se presentaban algunas dificultades para Poncho ya que siendo el cinco letras la tonalidad más alta todavía resultaba un poco baja para la tesitura dominada por él y en la grabación de algunos temas no quedaba realmente satisfecho con el logro obtenido. Esto era una preocupación constante para Emilianito, quien por allá en 1975 compartía inquietudes al respecto con Lucho Campillo (el viejo) su técnico de acordeones en esa época. Después de algún tiempo dándole vueltas al asunto Emilianito le hizo el siguiente planteamiento: si al cinco letras le suprimimos la hilera de afuera y trasladamos la del centro hacia afuera y la de adentro la rodamos al medio, podríamos fabricar una hilera adicional para el espacio vacio, pero que se ajuste al ordenamiento de las escalas que quedan y así tendríamos un acordeón mas alto que el original.
Fue este el genial chispazo que les indicó el camino a seguir, pero de dónde diablos iban a sacar las liras (pitos) requeridas y las planchitas que las soportan si las del cinco letras eran las más pequeñas que venían de fábrica; el tema estaba planteado, faltaba entonces encontrar la solución. Era la época en que Emilianito residía en Bogotá en el edificio Torres de Fenicia de la 5ª con diecinueve, alternando su trabajo en la Corporación del Turismo con el ajetreo musical. Diagonal, al lado del hotel Niágara, funcionaba el taller de don Prospero Rodríguez un componedor de pianos y acordeones de teclas que en algunas ocasiones le colaboraba a Emilianito cambiándole pitos dañados de sus acordeones, quien tenía en su cuarto de San Alejo un arrume de planchitas de los instrumentos que reparaba y allí encontró Mile lo que podría necesitar trayéndose un saco de material para Valledupar para que Campillo fuera craneándose y elaborando la tan necesaria hilera. Con los pitos, la cosa era más sencilla pues de los más grandes y gruesos, cortándolos y quitándoles espesor a punta de lima se obtienen los más finos y delgados que la gente de Mathias Honner no fabrica. Campillo hizo lo suyo y así nació el acordeón colibrí o cinco letras alzao (Re sostenido, Sol sostenido, Do sostenido) el primer modelo fruto del ingenio vallenato que rompía con la tradición alemana. El bautizo de colibrí al nuevo acordeón se lo dio Campillo en alusión a la más diminuta de las aves que sin duda debe ser la del más fino trino.
Cuando los Zuleta grabaron el paseo “Olvídame” de Leandro Diaz el colibrí dejó escuchar sus agudos registros en la caseta Broadway de Valledupar donde esa noche coincidieron entre los noveleros que arreglaban acordeones Emilio Oviedo, Miguelito Ahumada, Javier García, José Luis Sierra y el maestro Ovidio Granados para ver y oir el nuevo acordeón que iría a revolucionar los conceptos existentes sobre la técnica de componer y modificar un tres coronas, ya que la gran mayoría de los músicos insistía al escuchar el disco que ese acordeón no existía y que el sonido exótico y altivo que producía era efecto de un computador o alguna otra triquiñuela electrónica.
Posteriormente Lucho Campillo invento el acordeón Similá y se alzaron los originales GCF y ADG iniciándose una verdadera revolución en la modificación de los acordeones que ha maravillado los patrones europeos quienes están en mora de reconocerle a Emilianito Zuleta y a Lucho Campillo los méritos como precursores en la fabricación de acordeones con tonalidades que los europeos no han podido igualar.

LAS PRIMERAS ANDANZAS DE COLACHO EN VALLEDUPAR

El mercado público de nuestros pueblos provincianos era el sitio preferido por los músicos que llegaban de paso o para quedarse siempre pendientes de algún rebusque con los viajeros, comerciantes, finqueros o bebedores amanecios, que allí se congregaban con el fin de resolver cualquier necesidad. Fue en el viejo mercado de Valledupar donde una tarde decembrina del año 1954, el Yio Pavajeau y Jaime Molina, descubrieron a Colacho Mendoza cervezeando con un par de paisanos y tocando solo con un viejo acordeón de aquellos de dos hileras llamados guacamayos. Se quedaron allí noveleriando y entusiasmados por la nota alegre y precisa que desgranaba el joven y desconocido acordeonero. Se asociaron con los bebedores y después de mandar algunas tandas de cerveza Nevada cuadraron un encuentro para el día siguiente en la residencia de Norberto Baute donde Lucho Castilla, un acordeonero local amenizaba una colita. Un verdadero y cordial mano a mano sostuvieron los dos músicos generando muchos elogios y efusivos abrazos. Este encuentro con el Yio Pavajeau fue determinante para que Colacho cambiara el escenario y dejara el rebusque en el mercado para entonces entrar airoso a la plaza Alfonso López y ser presentado y aceptado ante la sociedad vallenata, que en ese entonces miraba con recelo a los músicos de acordeón. La sencillez y calidad de Colacho se ganaron el aprecio y admiración del Dr. Roberto Pavajeau quien veía con agrado el nuevo compañero de su hijo Armando “el yio”; fue una amistad muy bonita, siempre andaban juntos y este después de enseñarlo a manejar en su campero Willis, Colacho comenzó a trabajar para la familia Pavajeau Molina. Él era el encargado de traer de la finca Jericó, cerca a Valledupar los cuatro calambucos de leche que diariamente dejaba el ordeño. En ocasiones en que el parrandeaba con amigos diferentes Doña Rita, la señora madre de los hermanos Pavajeau siempre le enviaba la razón que no se olvidara de buscar la leche por la mañanita. Colacho jamás le falló, pues en la madrugada se iba con quien estuviera bebiendo hasta Jericó y al son del acordeón muy temprano se presentaba con la leche. La responsabilidad fue una de sus grandes virtudes. Su biógrafo, el incansable y acucioso investigador Jaime Maestre Aponte nos ubica a Colacho llegando a Valledupar en el 53 como huésped de su amigo y colega Víctor Camarillo. Viajaba desde La Jagua del Pilar en el bus “La villanuevera” de Abel Darío y desde muy temprano se dedicaba a vender lotería en el sector del mercado para regresar por la tarde por el mismo conducto, diariamente iba y venía, así duro algun tiempo, hasta ser descubierto por los Pavajeau quienes lo relacionaron con el maestro Escalona y de la mano de este inicio el recorrido victorioso a través de nuestra historia musical que hoy lo registra con el nobilísimo titulo de primer Rey de Reyes del folclor vallenato.

Por: Julio Oñate Martínez

DE OFICINA EN OFICINA


Si Agustina es mala paga A mí me tiene que pagá Porque la voy a demandá y la llevo A la oficina de la Jagua… Esta fue la clara advertencia hecha por el acordeonero Juan Manuel Muegue, cuando su parienta Agustina Muegue, mejor conocida como Agustinita le salió con unas largas y otras cortas a la hora de cancelarle un toque en la fiesta de la Jagua del Pilar. En los pequeños pueblos de antes, la oficina desde donde despachaba el Inspector de Policía era el recurso que a la mano tenían los provincianos para atesarle las clavijas a los pícaros y a los atrevidos gavilanes que se llevaban a las palomas volantonas o también a aquellos audaces glotones y bebedores que de cualquier patio se robaban la olla del sancocho armando una gresca en la puerta de la casa para así distraer a los contertulios. En términos generales la oficina era la máxima autoridad en la época encargada de imponer el orden ante cualquier anomalía cotidiana. No dejaba de ser vergonzoso que alguien fuera llevado a la oficina por leve que fuera la falta. Estas amonestaciones tenían carácter público ya que el afectado armaba siempre su alharaca y ni el maestro Rafa Escalona se salvó de ellas cuando fue demandado en La Paz por el señor Sabas Torres a quien lesionó en su amor propio comparándolo con un jerre jerre en su ingeniosa canción un animal nada simpático: Primera vez en la vida Que a Escalona le sucede Lo llevan a la oficina Por culpa de un jerre jerre Recursivo y excelso en el verso narrativo Escalona demandado se presentó en la oficina utilizando el canto como defensa: Aquí vengo señor juez A cumplirle con su cita Y que culpa tengo yo Que se parezca a Sabita Ser llevado a la oficina muchas veces tenía graves implicaciones de orden económico ya que de acuerdo al carácter de la falta así se aplicaba la multa. Fue el caso del viejo Emiliano Zuleta cuando abandonó a la Pule con su hijo pequeño, para casarse entonces con Carmen Díaz. Así lo expresó en el merengue La Pule: Me le dice a mi familia Que estoy pasando trabajo Que Pule tiene a Emiliano De oficina en oficina Afortunadamente para Mile aún no funcionaba el bienestar familiar y la paternidad responsable no tenía el peso de hoy. En la cruenta piquería sostenida entre Luís Enrique Martínez y Abel Antonio Villa, como respuesta al merengue El Zorro Vallenato con el cual Abelito lo fustigaba, Luís Enrique le respondió con el paseo La Gallina del cual tomamos esta muestra: Abel Antonio a mi me trata de zorro Oigan amigos pero el será la gallina Oigan muchachos cuando me lo encuentre solo Para salvarse tendrá que buscá oficina La oficina simbolizaba la oficialidad y El Pollo Vallenato era consiente de ello puesto que esta no solo sancionaba, sino también brindaba protección como en este caso. Hoy las cosas han cambiado y la oficina de la vieja provincia ha quedado relegada a las inspecciones de policía. Anteriormente el inspector era el encargado de llevar el control de la justicia en este sitio de mucho respeto donde el peso de la ley se le aplicaba a cualquier infractor, pero con el crecimiento y desarrollo de los pueblos esta perdió importancia ante la burocracia y tanto servidor público y hoy son los abogados los personajes de moda, pero quizá no han llegado a tener la trascendencia de los viejos inspectores de antaño. Por: Julio Oñate M.

miércoles, 24 de abril de 2013

LA BITACORA DEL MARINERO MAS CHAMBON DEL CARIBE

Los indígenas cuna aparecieron de pronto en una canoa de palo ofreciendo 'artesanías de la región'. De Cartagena al puerto de Colón, en Panamá, Juan Gossaín narra su aventura marítima en lancha. Día 1 Desde que zarpamos de Cartagena de Indias, y hasta la llegada a Sapzurro, en los confines del Chocó, donde termina Colombia y empieza Panamá, el viaje fue un contento: sol espléndido y mar tranquilo. Lo tétrico vendría después de atravesar la frontera: vientos cruzados, días negros, el oleaje enfurecido. En Sapzurro viven trescientas personas, y todas son parientes. Hay desde campesinos paisas hasta atletas olímpicos de Cali. Una señora, Andrea Restrepo, emprendedora como todos los de su origen, acaba de montar la primera estación de gasolina para embarcaciones. Es una bendición para los navegantes perdidos. Al frente de nosotros, como si fuera una pared, el Tapón del Darién. La serranía siempre oscura y brumosa. Al otro lado, virando en Cabo Tiburón, están las primeras casas panameñas. Puerto Obaldía son apenas dos calles pavimentadas con caracolas. El mar en un extremo y una iglesia en el otro. La campana está amarrada con cáñamo en un hueco que pretende ser la torre. Allí los vimos, arrinconados, cubiertos con camisolas de franela. Eran los cubanos. Andan en grupitos por el pueblo. Hablan entre ellos. En su país pagan el dinero equivalente a un año de trabajo para poder marcharse. Se juntan en Ecuador, donde los aglomeran traficantes de carne humana, y después los llevan clandestinamente a Turbo. Cruzan a Panamá, tratando de meterse hacia arriba, hacia Centroamérica, en busca de la frontera con México, para marcharse a los Estados Unidos. La gendarmería panameña los detiene porque no cargan documentos de ingreso. No saben qué hacer con ellos. El año pasado fueron dos mil quinientos. Casi todos se devolvieron. Los demás se dispersaron por islas y pueblos de mar. Un lanchero de Turbo llevó a cuatro cubanos hasta las afueras de Obaldía. Los escondió en un cerro, mientras pasaba la noche, y al amanecer, tras recibir la plata del viaje, los arrojó al mar desde lo alto de la colina, para que se fueran nadando. Se ahogaron tres. Ya está llegando la sobretarde. Vemos los últimos resplandores del sol entre una masa de nubes rojas. Nos adentramos en la selva por el mar. Hacemos noche cerca de unos arrecifes, frente al islote más humilde que haya visto en mi vida: un puñado de tierra amarillenta con dos palmeras raquíticas. Día 2 El mar se embraveció al amanecer, cuando pasamos por Isla Pinos. Un muro de agua se nos viene encima. Es como un edificio. El ventarrón zarandea la lancha como si fuera la cáscara de un coco. Dos olas nos pasan por encima. A lo lejos se ven unos lamparazos de espuma blanca que parecen bordados sobre la cresta de la ola. Es entonces cuando los navegantes más curtidos se asustan, mirando el horizonte del mar, porque dicen que el hombre amaneció con encajitos. Los pescadores, atemorizados, susurran que el man está canoso. Los vientos del Caribe son tan caprichosos que soplan ahora desde los cuatro puntos cardinales, cruzándose, enloquecidos, y lo vapulean a uno como si estuviera en el corazón de un torbellino. Un helicóptero de la armada panameña sobrevuela nuestras cabezas. El archipiélago de San Blas es tan grande que cualquiera pensaría que hay más tierra que agua. A lo mejor sería posible recorrerlo saltando entre un terraplén y otro, como quien juega rayuela. Unos indígenas cunas se acercan a nosotros remando en su canoa de palo. Son tres: una anciana con dos nietos. Están vendiendo artesanías de la región porque el nieto mayor necesita dos cuadernos y un bolígrafo. Mi mujer se emociona. Les compra una manta hermosa de todos los colores. Es como si acabara de comprar el arco iris. En su media lengua la india explica que fue tejida a mano y pintada con los colores explosivos del trópico, un azul que es casi morado, una luna brillante rodeada de estrellas, guacamayas y loros, un tigre de cara amable. El arte ancestral de los indígenas. Cuando ya los nativos se van, y mientras mi mujer se mide con orgullo la manta sobre los hombros, veo en una esquina de la tela una pequeña etiqueta que dice made in China. Día 3 Lo peor sobrevino el miércoles santo. En mitad del viaje la lancha estuvo a punto de voltearse. Las maretas furiosas se despedazaban con un chisporroteo contra los arrecifes de coral. En los cayos del Diablo, por ejemplo, el nudo coralino es tan complejo que las olas que van para mar abierto se encuentran de repente con esa muralla submarina, pegan contra ella y se devuelven hacia la playa, como si algo las hubiera asustado, obligándolas a regresarse. El espectáculo es magnífico y sobrecogedor. Al tercer día por fin sale el sol, pero se apaga de inmediato. Parece que solo vino fue a saludar. Fondeamos en una isleta arenosa llamada Mamitupu. Aquí no sopla ni pizca de brisa. Las hojas de los árboles se caen de viejas. Día 4 Desde una goleta de tablas desclavadas, que cabecea en la orilla, un hombre gordo me llama por mi nombre. –Colega –me grita, haciendo una bocina con las manos. Intrigado, pregunto a los vecinos por qué me dice colega. Anda de pueblo en pueblo pregonando mercancías con un megáfono. “Como hacías tú en la radio”, dicen. Es un comerciante colombiano que viene de Cartagena en un viaje que dura tres días. Les vende a los nativos cuanta chuchería mandó Dios al mundo: camisetas de colores, cebollas por libra, maquillaje para mujeres, desodorante en barra, latas de sopa, aguardiente, brea dura para calafatear la juntura de las canoas. Si no tienen dinero le pueden pagar con camarones crudos, cocos de agua o pescado en postas. Los pescados por aquí crecen tanto que nos vendieron un pargo rojo casi tan largo como un poste del alumbrado. Desde el agua vemos los techos de los bohíos curtidos por tantos soles y por las lluvias interminables del Darién. Las únicas edificaciones hechas de ladrillo y caladitos de cemento son las iglesias de los misioneros. Las distingue uno por la cruz de baldosines en el frontispicio. –Aina –nos saluda un indio desde la puerta de su rancho. ‘Aina’ significa “amigo” en el lenguaje de los cunas. Día 5 Paramos a comprar agua en un pueblo muy extraño, dos pedazos de una misma isla que el mar rompió por la mitad. Hoy parecen dos rodajas de naranja unidas por un puente con techo de tejas. Una mitad es el pueblo de Sagrado Corazón y la otra se llama Narganá. En esta ranchería perdida está, completa, la historia de América: media con su nombre indígena, la otra con uno cristiano. En el muelle está anclado un barco, Caribbean Star 23, que tiene en lo alto la bandera panameña y a su lado otra bandera con la cruz gamada, que identificaba a los nazis de Hitler. En el Caribe todas esas chifladuras son posibles. Por aquí nada es desconcertante. Al lado de los nazis navega una chalupa invertida que lleva el motor atrás, en lo que debería ser la proa, y la popa para adelante. En estos parajes fue donde los primeros navegantes europeos, enloquecidos por la fiebre y la codicia, dejaron escrito que habían visto un pájaro que solo volaba en reversa, pero sin tener nunca la precaución de mirar hacia atrás. Hoy, por fortuna, se acabó en nuestra lancha la provisión de quesos. Estoy hasta la coronilla del queso. Viene hacia nosotros un velero a la deriva con una bandera holandesa hecha jirones. Su tripulante lleva un perro acostado con él en la hamaca. Debajo, dos piñas y un reguero interminable de botellas de ron vacías. Día 6 El Viernes Santo, poco antes del mediodía, el mar y el horizonte se pusieron tan negros como las nubes. Entonces empezó a llover. Eran unas gotas grandes, gordas y espesas como perdigones. El aire estaba lúgubre. Pero ni siquiera la lluvia logró que amainara el ventarrón. Un pájaro negro pasó graznando de miedo, en busca de refugio. Tuvimos que escondernos en una ensenada. Poco después de las tres de la tarde apareció un pedazo de cielo azul, y el mundo resucitó de repente. La luz se puso radiante. A lo lejos vimos una franja larga y angosta de arena de playa, semejante a una tira de papel de lija. Allí estaban, alineados, los tres morros de Isla Grande, más altos que anchos, que tienen la misma forma de un ponqué de matrimonio. En las primeras casas con techos de colores, entre árboles y piedras, descubrimos la marca inconfundible de nuestra época: una antena de televisión. Muchachos temerarios pasan volando en unas motocicletas acuáticas. Dormimos en paz por primera vez en una semana. Mañana, cuando despunte el día, pondremos proa a la ciudad de Colón. Día 7 Dicen los historiadores que Colón gritó “tierra” cuando vio a América. En cambio, yo grité “Colón” cuando vi tierra. Con el estómago hecho un estrago, y rogándole a Dios por una sopita caliente, avistamos a Colón, la segunda ciudad de Panamá. Los primeros edificios y las grúas del puerto. Tierra firme por fin. A la derecha, entre la manigua tupida, y a través de la bruma caliente que se levanta del suelo, puedo ver las antiguas bases gringas en la zona del Canal, carcomidas por la selva implacable. Lo único que sobrevive de aquella altanería imperial es la culata de una casa, desconchada por la inclemencia tropical y sucia de cagarruta de pájaros. Ahora los que mandan son los árboles. Colón no es una ciudad ni un pueblo. Colón es una bodega. Solo sirve para almacenar cachivaches. En realidad, Colón es el sanandresito más grande del mundo. Tiendas repletas de licores. Cajas de televisores en las esquinas. Hotelazos, hotelitos y hoteluchos. Tenderetes y tendales sin paredes para amontonar licuadoras. Mercaderes que hablan siete idiomas, aventureros y compradores, traficantes de diamantes, mercachifles que ofrecen una computadora o una ametralladora. Epílogo De manera que este es el famoso lugar del que procedían, cuando yo era niño, las mujeres llamadas “coloneras”, que se ganaban la vida vendiendo frasquitos de perfume barato. Siempre he sospechado que eran muestras gratis regaladas por las fábricas. Ahora que lo pienso bien: ¿por qué sería que la gente compraba tantas vajillas chinas y relojes redondos de pared? Me parece que en mi pueblo había más vajillas que comida y más relojes que paredes. Alguna vez escribí que el mar es la prueba de que Dios existe. En este viaje, que fue debut y despedida, he podido comprobarlo en carne propia. La mía, en consecuencia, ha sido la carrera de marinero más breve de la historia. Con decirles que ni siquiera sé nadar. Juan Gossaín

lunes, 15 de abril de 2013

LEANDRO DIAZ, EL POETA Y LOS OJOS DEL ALMA

“Cuando matilde camina, hasta sonríe la sabana” el fragmento de la canción del maestro Leandro Díaz, Matilde Lina, le recuerda a muchos que aún hay juglares, personajes que iban de pueblo en pueblo narrando historias, aquellos héroes del folclor costeño que enamoraron a más de una con sus versos; pero también les mantiene la imagen viva de que el maestro Díaz es el último de una generación y que después de que él ya no esté en cuerpo presente, la juglaría podría convertirse en una leyenda. Francisco el hombre, Rafael Escalona, Fredy Molina, Octavio Daza, Tobías Enrique Pumarejo y José Hernández, entre otros, fueron junto a Leandro Díaz los poetas del vallenato, quienes acompañaban sus composiciones con el acordeón o la guacharaca, instrumentos que le dan ritmo a ese sonido que encanta y pone a bailar. El maestro Leandro Díaz es llamado la “leyenda viva” y por eso Old Parr le rendirá un homenaje lanzando una edición especial en su nombre EL NUEVO SIGLO: ¿Qué siente que Old Parr le brinde un homenaje? LEANDRO DÍAZ:Yo esperaba un reconocimiento pero no me imaginé nunca que fuera Old Parr el que lo hiciera, es un agradecimiento extraordinario porque cuando deje de existir quedará mi nombre y mis composiciones, y esta es una bonita manera de recordarlas. ENS: ¿Por qué se ha perdido la tradición de la juglaría? LD: Se perdió porque en Colombia se miraba con muy poco aprecio a los juglares, entonces la gente se fue apartando un poco y se fue olvidando de eso. La juglaría es como un jardín que necesita ser regado para que viva y tenga fortaleza de florecer, así mismo, la melodía necesita que alguien siga pendiente de ella. ENS: ¿Cómo ve las composiciones vallenatas actuales? LD: Están entrando al vallenato otros aires, como buscando el merengue, algo más comercial y eso es lo que gusta ahora y vende. ENS: ¿Qué se podría hacer para no dejar perder el legado de la juglaría? LD: Seguir produciendo buena música, pero eso es muy difícil porque aquí al artista no se le tiene en cuenta, se tiene más en cuenta al de otros países. Por ejemplo ya no escuchamos la música de los Corraleros del Majagual, ni de Lucho Bermúdez o Pacho Galán, gente que dejó aires para que se siguiera pero todo ha cambiado por la falta de aprecio. ENS: Son pocos los jóvenes que conocen de los juglares ¿Cómo enseñarles sobre esta tradición para que no se pierda? LD: Antes de hacer una canción se debe hacer un recorrido de lo que se va a componer, los jóvenes se tienen que dedicar a la investigación para no hacer lo mismo, porque si uno cambia la gente cambia, uno indica el camino que debe tomar la humanidad. ENS: ¿Cómo le mostró el alma todo lo que plasmó en sus canciones? LD: Es difícil definirlo siquiera, yo quiero mucho lo mío y parece que se me fuera a salir del cuerpo cuando oigo una canción transformada. ENS: ¿Existe en las composiciones vallenatas actuales algo del legado de los juglares? LD: Queda solo una sombra de lo que nosotros quisimos hacer y no hay interés en lo de ayer. Antes, si le cantábamos a una dama se le hacían unos versos hermosos y la dama recibía esos versos con fe y amor, pero hoy todos lo reciben con menos aprecio. ENS: ¿El Festival de la Leyenda Vallenata ha guardado los valores de la juglaría? LD: Sí. Aún le da fuerza y nombre, sin embargo se ha olvidado su tradición, se ha retirado entre las personas y las composiciones y ahí no se puede hacer nada. ENS: ¿Qué siente cuando le dicen “Leyenda viva”? LD: Lo recibo con mucho aprecio porque creo que no mienten, la gente cuando siente algo grato por los demás se expresa de una manera que al oírlo se sabe si es aprecio o para pasar el rato y esa frase es de aprecio. Fuente: ElNuevoSiglo.com.co

ALFREDO GUTIERREZ: EL REBELDE DEL VALLENATO


Rompió todas las reglas del vallenato al usar el acordeón en porros y cumbias.

Entonces el rey era uno sólo y se llamaba Alejandro Durán Díaz. El Negro Alejo. Se había coronado con todas las credenciales el año anterior (1968) en la tarima de tabla, que se llamaría después ‘Francisco el Hombre’, de la plaza Alfonso López en Valledupar. La misma tarimita en la que hacía apenas 12 meses se había proclamado el Cesar como departamento. Pero ahora el recién nacido festival ofrecía una nueva oportunidad a la grandeza, a la posibilidad de ser un soberano del acordeón. Los artistas, con sus sombreros y sus abarcas tres puntá, se medían en los patios de las casas de los notables de la ciudad, a las que llegaban multitudes sólo por el placer de verlos entonar un canto o tomarse un trago de ron. Como hoy en día, pero sin tanto político, sin tanto club social y, lo mejor, sin tener que pagar la entrada. De la sabana de Sucre llegó un bicho raro cantando un merengue que acusaron de ser “acumbiao”, por no parecerse al vallenato tradicional. Su título es Papel quemado.

Las muchachas dicen que yo soy papel quemado.

No puedo enamorar porque estoy comprometido ¡Ay!

Que soy un borracho pernicioso y sin embargo

Donde quiera que llego un amor yo me consigo.

En realidad, el bicho raro era ya un reconocido intérprete de canciones, como Ojos indios y La cañaguatera, que se bailaban por los rincones del Valle de Upar, del Magdalena y de Bolívar: Alfredo de Jesús Gutiérrez Vital, entonces de 26 años, el artista que desde sus inicios se atrevió a usar el acordeón en aires musicales no habituales para ese instrumento, como la cumbia, el porro y el chandé. Mejor dicho, el hombre que metió al acordeón donde no debía estar. O donde algunos decían que no debía estar. Como varios puristas de Valledupar, que le quisieron cobrar caro aquel merengue “acumbiao”.

Sucedió durante las eliminatorias del concurso. Yo siempre tuve mi temperamento rebelde y me daba cuenta de que a los músicos que participaban en el festival, en el día, los ponían a tocar en los clubes de Valledupar o en las parrandas de algunas casas, pero luego no los tenían en cuenta para nada. Yo empecé a reclamar. Le reclamaba a la Doña. A la que sabemos. Y ahí comenzó esa antipatía. Yo no me dejaba manosear, como manoseaban a ‘Colacho’ o a Luis Enrique Martínez, que no les daban nada. Les daban era ron. La gente estaba conmigo, no dejaban de aplaudirme. Entonces, cuando yo estaba compitiendo en los quioscos, en plenas preliminares, ella llega y le dice al jurado que no tenga en cuenta las aclamaciones del público porque yo estaba tocando otra cosa que no era vallenato.

Muy digno, el aspirante a rey anunció su retiro del festival en medio de los gritos histéricos de “que sigaaa, que sigaaa” de la gente y Pedro Juan Meléndez, un veterano de la radio que en ese momento transmitía el evento para la emisora Olímpica y hoy cuenta 80 años, sentenció al aire su destino: “Señoras y señores, ha nacido un rebelde del acordeón”.

***

Alfredo Gutiérrez se coronó en tres ocasiones Rey del Festival de la Leyenda Vallenata (en 1974, en 1978 y en 1986), pero nunca ha dejado de ser el rebelde aquel que se le enfrentó a la Señora del evento, la fundadora, Consuelo Araújo Noguera, La Cacica. Eso sí: para lograr esa conquista, que ningún otro acordeonero ha alcanzado en 42 años de historia, tuvo que quitarse la camisa de la cumbia y vestirse con el traje del vallenato tradicional. Ah, pero eso no le significó claudicar. En 1987 volvió por sus fueros cuando se realizó el primer concurso Rey de Reyes, al que sólo llegan a participar los grandes.

Los organizadores empapelaron las calles con afiches de ‘Colacho’ Mendoza. Entonces, yo pensé: esto como que ya está montado para que gane ‘Colacho’, y me retiré. Finalmente, ‘Colacho’ fue el que ganó ese año.

Su primera transgresión profesional, relata su biógrafo, el periodista Fausto Pérez Villarreal, data de 1965, cinco años después del nacimiento de Los corraleros de Majagual, la agrupación histórica (calificada por unos expertos como la Selección Colombia de la Música y, por otros, como la Sonora Matancera nacional), que conformaron Calixto Ochoa, César Castro, Lisandro Meza, Eliseo Herrera, Chico Cervantes y Alfredo Gutiérrez, entre otros. Al parecer, el viejo Toño Fuentes, cartagenero, dueño de Discos Fuentes y cofundador de la orquesta junto con los artistas, quiso registrarla como obra exclusiva suya. ¿Adivinen? El acordeonero no aceptó y abandonó el proyecto, no sin antes robarse a los músicos de bajo perfil, como el cajero y el guacharaquero.

No sólo se los robó para una nueva propuesta que bautizó como Alfredo Gutiérrez y sus estrellas. También, los uniformó. Los hizo acompañar de un bajo eléctrico y de coristas. Y contrató a un presentador en escena. Cuando algunos juglares andaban todavía en burro, alegrando cualquier esquina de pueblo con su canto, Alfredo Gutiérrez convirtió el oficio en una empresa con aspiraciones. Cuando la del acordeonero era una figura menor frente a la del cantante, Alfredo Gutiérrez le defendió su estatus. De nuevo, los puristas lo acusaron. Lo llamaron depredador del vallenato. Sin duda, la culpa fue de su rebeldía, de su desobediencia. Hombrecito atrevido, carajo.

Pero agárrense, puristas del vallenato, lo peor estaba por venir: Alfredo Gutiérrez se levantó un día y decidió que iba a tocar el acordeón con los pies. ¡Padre Santo, Francisco el Hombre tiene que estar revolcándose en su tumba! El primer espectáculo lo dio en Barranquilla, en el Carnaval de 1971. Alternaba con un sexteto venezolano que por la época causaba furor, llamado Los blancos de Venezuela, y cuyo timbalero se ganó todos los aplausos del público. Como le tocaba cerrar la presentación, quedó con una espinita. No quería ser menos que los venezolanos y su tal timbalero. Así fue que, finalizando su última canción, se quitó los zapatos, se tiró al suelo y empezó a tocar con los dedos de los pies. Ahora, no hay contrato que firme en el que los empresarios no le exijan hacer el show.

Aunque un verdadero show fue el que protagonizó en Venezuela, en 1981, cuando se le dio por aprenderse el himno de los vecinos y tocárselos con su acordeón. Ese mismo año se había presentado en el Madison Square Garden de Nueva York y fue ovacionado y cargado en hombros al interpretar con su instrumento el himno de los Estados Unidos. Quiso repetir la gracia, pero muchos (¿puristas otra vez?) se ofendieron y lo fueron a buscar al hotel en el que se hospedaba para pegarle. Me levantaron a planazos.

En el país, el apoyo le llegó desde la Presidencia para abajo, pero cuando unos periodistas le cuestionaron si realmente le habían pegado tanto como estaba asegurando, a Alfredo Gutiérrez, el rebelde del vallenato, sólo se le ocurrió bajarse los pantalones y mostrar a la televisión sus nalgas moradas por la golpiza. Tiempo después, nació de su autoría la canción Las tapas morás.

En Colombia hay cultura yo soy muy bolivariano

Pero los venezolanos nos tratan con mano dura

Con las tapas morás me mandaron pa acá

Ese Óscar de León me levantó a planazos

Y hasta el pobre acordeón ¡ay! Sintió los porrazos.

Exactamente una década después volvió a cobrar gran notoriedad en otro país: en Alemania, donde ganó en dos ocasiones el título de Campeón Mundial del Acordeón, una de ellas frente a un músico vienés con cuatro años de conservatorio. Cuando le preguntaron de qué conservatorio había salido él, atinó a contestar: De cosa aprendí a leer con el profesor Arquímedes y no hice ni un año de escolaridad.

Al profesor Arquímedes lo conoció en Sabanas de Beltrán, la vereda de Paloquemao, en el Sucre que alguna vez perteneció a Bolívar, en la que nació en 1943. Fue concebido en una vela de cumbia o velorio cantao, que es una fiesta que se les ofrece a los santos por las buenas cosechas. Su padre, Alfredo Enrique Gutiérrez Acosta —acordeonero de La Paz, Cesar, encargado de amenizar el festejo—. Su madre, Dioselina de Jesús Vital Almanza —bailarina de cumbia, quien le dio seis hermanos—. Lo hicieron en un fandango.

Su matrimonio con el acordeón, por supuesto, lo organizó el padre, que siendo Alfredo de Jesús un niño lo vinculó a la agrupación Los pequeños vallenatos.

En el 57 se acaba el grupo porque mi papá ya estaba muy mal de un cáncer cutáneo en la nariz. Murió en el 58 y yo dejé de tocar el acordeón como seis meses. Un día me di cuenta de que el instrumento se me había dañado y se me dio por ir a arreglarlo donde Calixto Ochoa, que vivía en Sincelejo. Ahí lo conocí y se convirtió en un padre.

El viejo Calixto lo vinculó a la agrupación que luego bautizarían como Los corraleros de Majagual y el resto es historia cantada.

Desde entonces ha pasado mucho: 12 hijos, con la misma, pero con distinta mujé, como dijo ‘El Negro’ Alejo. Una esposa vallenata, llamada Cecilia Moscote, y la época del desorden. Pero ahí sigue la rebeldía. Y una carrera musical vigente, con contratos todos los fines de semana y una lluvia de homenajes.

“Alfredo fue el primer acordionista que supo amalgamar el estilo de la música sabanera, que es el porro y la cumbia, con el vallenato. Ahí radica su importancia”, sentencia el periodista sabanero Juan Carlos Díaz, quien añade que son contados los artistas que han logrado mantenerse 50 años en el mercado. ¡Cincuenta años bailando por cuenta de Alfredo Gutiérrez!

O si no, que lo digan en Guararé.

Carnaval de Barranquilla, a sus pies

El sábado, en el estadio Romelio Martínez de ‘La Arenosa’, la Fundación Carnaval de Barranquilla entregará una placa de reconocimiento al llamado “Rebelde del acordeón”, Alfredo de Jesús Gutiérrez Vital, para celebrar sus 50 años de vida artística y por su valioso aporte a la música del carnaval, que ya celebra sus momentos previos. El único que ha sido tres veces Rey Vallenato será el artista festejado en esta ocasión en el marco del programa “Carnaval, su música y sus raíces”. Y es que no son pocos los éxitos que el acordeonero ha puesto a sonar para la fiesta de fiestas de Barranquilla. Este año, por ejemplo, seguramente será el turno del Parce goterero. Antes, se cuentan canciones como La banda borracha y Festival en Guararé.

sábado, 6 de abril de 2013

LAS PRIMERAS ANDANZAS DE COLACHO EN VALLEDUPAR

El mercado público de nuestros pueblos provincianos era el sitio preferido por los músicos que llegaban de paso o para quedarse siempre pendientes de algún rebusque con los viajeros, comerciantes, finqueros o bebedores amanecios, que allí se congregaban con el fin de resolver cualquier necesidad. Fue en el viejo mercado de Valledupar donde una tarde decembrina del año 1954, el Yio Pavajeau y Jaime Molina, descubrieron a Colacho Mendoza cervezeando con un par de paisanos y tocando solo con un viejo acordeón de aquellos de dos hileras llamados guacamayos. Se quedaron allí noveleriando y entusiasmados por la nota alegre y precisa que desgranaba el joven y desconocido acordeonero. Se asociaron con los bebedores y después de mandar algunas tandas de cerveza Nevada cuadraron un encuentro para el día siguiente en la residencia de Norberto Baute donde Lucho Castilla, un acordeonero local amenizaba una colita. Un verdadero y cordial mano a mano sostuvieron los dos músicos generando muchos elogios y efusivos abrazos. Este encuentro con el Yio Pavajeau fue determinante para que Colacho cambiara el escenario y dejara el rebusque en el mercado para entonces entrar airoso a la plaza Alfonso López y ser presentado y aceptado ante la sociedad vallenata, que en ese entonces miraba con recelo a los músicos de acordeón. La sencillez y calidad de Colacho se ganaron el aprecio y admiración del Dr. Roberto Pavajeau quien veía con agrado el nuevo compañero de su hijo Armando “el yio”; fue una amistad muy bonita, siempre andaban juntos y este después de enseñarlo a manejar en su campero Willis, Colacho comenzó a trabajar para la familia Pavajeau Molina. Él era el encargado de traer de la finca Jericó, cerca a Valledupar los cuatro calambucos de leche que diariamente dejaba el ordeño. En ocasiones en que el parrandeaba con amigos diferentes Doña Rita, la señora madre de los hermanos Pavajeau siempre le enviaba la razón que no se olvidara de buscar la leche por la mañanita. Colacho jamás le falló, pues en la madrugada se iba con quien estuviera bebiendo hasta Jericó y al son del acordeón muy temprano se presentaba con la leche. La responsabilidad fue una de sus grandes virtudes. Su biógrafo, el incansable y acucioso investigador Jaime Maestre Aponte nos ubica a Colacho llegando a Valledupar en el 53 como huésped de su amigo y colega Víctor Camarillo. Viajaba desde La Jagua del Pilar en el bus “La villanuevera” de Abel Darío y desde muy temprano se dedicaba a vender lotería en el sector del mercado para regresar por la tarde por el mismo conducto, diariamente iba y venía, así duro algun tiempo, hasta ser descubierto por los Pavajeau quienes lo relacionaron con el maestro Escalona y de la mano de este inicio el recorrido victorioso a través de nuestra historia musical que hoy lo registra con el nobilísimo titulo de primer Rey de Reyes del folclor vallenato. Por: Julio Oñate M.