domingo, 25 de abril de 2010

EL CIRUJANO DE LAS ACORDEONES


Ovidio Granados, un monarca sin corona
EL CIRUJANO DE LAS ACORDEONES
Por: Sara Araújo Castro


Por esta época de finales de abril, la casa de Ovidio Granados se convierte en otra estación del peregrinaje que cumplen los músicos de la región a Valledupar. En medio del trajín: fiestas, concursos y parrandas hasta el amanecer, las lengüetas de los acordeones se dañan o se desafinan y se requiere un maestro artesano que conozca el oficio para salvar un toque. Entonces, todos se acercan a la casa de este hombre sexagenario, de andar pausado, confiados no sólo en su destreza y en su prodigioso oído, —famoso entre los expertos—, sino en la rapidez con la que afina los acordeones, protagonistas de esta fiesta que comienza el próximo martes.

Músico antes que artesano, desde el 59 Granados era el acordeonero del conjunto Los Playoneros del Cesar. En esas correrías, él mismo arreglaba en el día lo que rompía en la noche en el fervor del toque. Estando en el oficio de luthier llegó un día su compadre Emiliano Zuleta y lo encontró con la boca completamente rota. El viejo Mile notó que cuando buscaba afinar los pitos de los acordeones éstos le destajaban los labios. “Vea compadre, ¿y usté qué hace con la boca así toa esmigajá? Consígase un pianito, que así me las arreglan a mí en Bogotá”, le dijo Zuleta. “Entonces me acordé de este pedazo de fuelle viejo y lo monté —recuerda Ovidio Granados—. Luego vino Colacho, mi gran amigo, y me dijo que Sanín Murcia me hacía una base en hierro y así quedó esta maquinita. Eso por el año 73”.

El viejo Villo se refiere a un instrumento artesanal que consta de una base de cuatro patas con un pedal que mueve el fuelle. Con este sopla “los pitos” de los acordeones en reparación y no se rompe la boca con los residuos de metal que se lima para cambiar las tonalidades. Ese instrumento, sin nombre, permanece al lado de su mesa y del reguero de acordeones que yacen desparramados a su alrededor.

Ovidio es hijo y nieto de músicos; humildes, vaqueros que dieron sus días al trabajo de campo y sus noches al ron y al vallenato. Al igual que su padre, nació en Mariangola, pueblo caliente que ha dado varias familias de músicos. Y como su padre, aprendió a tocar el acordeón solo, a escondidas, a la manera de los grandes juglares. Y de la misma manera, descifró el oficio que hoy lo hace célebre, “mirando de reojo cuando llevaba el acordeón de mi papá a afinar”, cuenta.

De hombros anchos y vientre abultado, se mueve con actitud parsimoniosa entre los cascarones que hacen el desorden ordenado que sólo él entiende. En esas tardes húmedas de abril recibe con gesto amable y pocas palabras el desfile de pacientes que urgen ser tratados con sus manos largas y prodigiosas. Algunos definen su actitud silenciosa como sencillez, falta de aspiraciones. Pero la verdad es que es hombre esencial, que lleva la fuerza de la tierra, tan propia de los juglares vallenatos, que les permite sobrevivir a las grandes pruebas de la vida y hacer música de ellas. Pruebas que en el caso de Ovidio han sido duras, pues perdió a su hijo Eudes en el mismo accidente aéreo que se llevó en 1994 a Juancho Rois en Venezuela, además de un terrible accidente que vivió Hugo Carlos, el mayor de sus hijos.

Un enorme retrato de Eudes además de otras fotos decoran el taller improvisado en el patio central en donde pasa sus días. Ahí, además de la mesa llena de instrumentos, de dos periquitos que lo acompañan todo el tiempo subidos en sus hombros y de los seis o siete acordeones que yacen abiertos en el piso, están las imágenes de sus dos hijos, Hugo Carlos y Juan José, coronados como reyes vallenatos. Éstos ostentan el galardón que Ovidio en sus años de músico nunca pudo alcanzar.

Así compensa las dos ocasiones en las que llegó a la final del Festival para ocupar un indeseado segundo lugar. Ovidio Granados hubiera podido ser el rey vallenato en aquel abril de 1968. Pero el destino, por mano del jurado, quiso que fuera Alejandro Durán, un campesino negro oriundo de El Paso (Cesar) que llegó con sus sones y se llevó el premio. Ovidio ocupó el mediocre y nunca recordado segundo lugar.

La siguiente vez, en el año 73, pasó una a una las rondas hasta llegar al último duelo contra Luis Enrique Martínez. Una vez más, el premio le fue esquivo, “Entonces me aburrí de quedar de segundo y dejé eso así”, cuenta sin agregar más, desde la silla de mimbre en la que se sienta para regir los destinos de los acordeones mejor tocados de Valledupar.

A pesar de las canas, de sus pocas palabras y de ese andar cadencioso como el de un eterno cumbiambero, todavía es posible imaginarlo en sus mejores años, en 1982 cuando Diomedes Díaz lo invitó a interpretar Diana —de Calixto Ochoa— en uno de los álbumes más memorables del Cacique de La Junta. Entre estribillo y estribillo se escuchan las escalas del acordeón interpretado de manera impecable. Esos mismos dedos, largos y firmes, capaces de lograr hermosas notas de un acordeón, son los que hoy sostienen destornilladores y pinzas, con precisión de relojero a la hora de abrir un instrumento de par en par.
Antes yo también las esmigajaba. Ahora me dedico a arreglarlas”, dice Ovidio refiriéndose a los acordeones en género femenino, a la manera antigua de la provincia, insinuando que es una mujer dispuesta para la conquista. La picardía y la virilidad están presentes en cada instante y en cada frase, resumiendo el mundo en un permanente juego de seducción. En ese universo, él pasó de ser el donjuán que provoca armonías y suspiros para convertirse en cirujano de las acordeones.

En el año 1999 la fábrica Hohner decidió hacerle un guiño a su mercado vallenato creando una línea de acordeones Corona III, que llamó El rey del vallenato. La casa musical decidió, como parte de los premios, regalar tres instrumentos nuevos a los finalistas.

Cuando fueron a probarlos se dieron cuenta de que en lugar de música producían un gran estropicio. Entonces fueron donde Granados, el indicado para resolver rápidamente el impasse. “Aquí llegaron, con los tres aparatos completamente desafinados como a las 8 de la mañana. Les dije que volvieran a las 11. Cuando el representante de la Hohner vio el resultado me dijo que me quería invitar a Europa a la fábrica. Dije que sí pensando que eran mentiras”. Por momentos guarda silencio para llenar con la esperma de una vela los espacios de los violines internos, operación delicada que le sube el volumen al acordeón.

Luego, retoma y cuenta: “A la semana el pasaje llegó aquí. De ida y vuelta. Me sudaron las manos cuando me lo dieron. ¡Ay, por andá de cambambero!, pensé”. Lo qué pasó en esos 18 días en los que Granados recorrió las fábricas de Hohner no es fácil averiguarlo, pues él sólo habla de lo que no pasó: “Allá me chupé todo lo que sabía, mis secretos no se los iba a dar”. Sigue en su parsimoniosa labor y de la nada agrega: “Pasé tanto tiempo allá que volví ya veía a mi gente feeea”.

Desde entonces Ovidio no viaja. Sale poco, no se emborracha y según recuerda Diana, su nuera, sólo trasnochó aquel 30 de abril de 2007 cuando Hugo Carlos ganó la final del Rey de Reyes. Distinto de los otros acordeoneros para quienes la parranda y el ron son pan de cada día. Pero a Villo siempre se le ve en su casa, con sus periquitos al hombro, salvo en ciertas ocasiones. El día del funeral de Rafael Escalona estuvo con una impecable guayabera blanca despidiendo al maestro. Ahí, en su estilo parco dio la clave de su encierro, “Ay, qué dolor cuando los amigos se van. Yo extraño tanto a mi amigo Colacho que desde que él se murió no volví a ser el mismo”.

lunes, 12 de abril de 2010

LOS RELOJES DE ESCALONA



Por José Gregorio Guerrero Ramírez*
La historia me bajó del cielo
Eran aproximadamente las cinco de la tarde. Había hecho un caluroso día. Las horas lograron hincharse en el ambiente rehervido, como dificultándosele su tránsito habitual por las manecillas del reloj.
Entonces decidí salir a caminar un rato. Las negras de Colón (Panamá) me llamaron poderosamente la atención por aquello de sus cinturas estrechas que parecen estar bien atadas al ombligo mediante un nudo gordiano, sus caderas descomunales que no son más que un torbellino de carnes firmes colgadas de un hermoso esqueleto y una elegancia africana de flamencos en playas de olas dormidas, que solo las lucen ellas. ¡Qué negras!









José Gregorio Guerrero Ramírez, autor de este artículo.
Me dirigí al café Nacional, en una esquina viejísima donde se puede atinar con un delicioso café espeso y espumoso y un pulpo al ajillo con papas a la francesa.
Ahí me senté y llamé al mesero para hacer mi pedido. A la mesa llegó un comensal ajeno a mí. Era un hombre blanco de cabello totalmente cano, con una espesa bigotada, con pequeños indicios de haber sido rubio en algún momento de la vida. Pidió lo de él.
En el tiempo que estuvimos ahí, lo abordé por aquello de que el que come solo come con el diablo y quise compartir la compañía, y dejar solo al diablo. Le pregunté de dónde era y con mezquina cordialidad me dijo que era colombiano.
–¿De qué parte de Colombia? –le pregunté.
–De un pueblito de Antioquia. Se llama Ituango –me dijo.
Yo sonreí. Logré sentirme más en familia a pesar de su rostro de hielo. Entonces le dije:
–Somos paisanos. Yo también soy colombiano.
–¿De qué parte? –me preguntó.
–De Valledupar –le dije.
Sus músculos faciales cedieron y soltó una carcajada de cordales totales. Se paró y me saludó. Me dio un abrazo de amistades añejas (como si nos hubiésemos conocido en Ituango y tuviésemos cuarenta años sin vernos).
Entonces me dijo:
–¿Qué te provoca ve, compadre? en ese tono tan nuestro, pero mal ensamblado en su acento paisa. Me expresó enseguida que fue gran amigo del maestro Escalona, que Dios se había equivocado en no dejarlo tener el privilegio de haber nacido en Valledupar, que el General Torrijos los había presentado a mediados de los 70 en una casa de unas mujeres de bisagras amplias y de vida fácil, ubicada en la Avenida Tumba Muertos de la capital panameña. Para terminar su presentación, me dijo:
–Fui muy cercano al General. Su nombre de pila fue Omar Efraín Torrijos Herrera. Sencillamente me gané su confianza de viernes a domingo, porque los días de semana vendía cachivaches al por mayor en Colón.
La serenata a Zenobia
Ituango, como le decían al paisa por cariño, me describió a esta hermosa mujer que logró robarle el corazón al General.
–Zenobia era una morena troza, de cabello negro y ojos verdes –narró–. Era una princesa, ¡Ave María por Dios! Solo tomaba champaña Viuda de Cliqcout, y el encargado de llevárselas por cajas era yo. Se las enviaba el General. En un tiempo fue meretriz de toros finos, pero el General logró domarle esos efluvios desmadrados.
Y continuó diciendo Ituango:

Escalona, durante el lanzamiento de su libro La casa en el aire. Bogotá, 2007.
–Esa noche, cuando el General llegó en su Mercedes Benz blanco al sitio acordado, yo esperaba en el porche de la casa acompañado con el cuarteto de guitarras. El General llegó acompañado de un hombre de buen color, delicadamente guardado en una camisa de cuadros diminutos manga larga y un sombrero blanco hueso. Se dirigió a mí y me preguntó: "¿listo?" "Listo General", le respondí. Luego me presentó al hombre del sombrero, que dijo llamarse Rafael Escalona. Ya lo había escuchado mencionar en Colón, era conocido por varios colombianos amigos míos.
La serenata terminó en una gran fiesta. Adentrada la noche y casi tendida a los pies de la madrugada, el General le pregunta al maestro Escalona qué hora era. El maestro le mostró ambos puños, a esa altura ya tenía las mangas dobladas: ¡no tenía reloj! El General exclama: –¡Cómo es posible que un hombre capaz de hacer una casa en el aire con cimientos de nubes, y de construir un universo de amor dentro de cualquier corazón descuidado, no tenga un reloj para darle la hora a un pobre general enamorado.
El General sonríe y me mira, luego guarda un efímero silencio y me dice: "Ituango: hágale llegar a Rafael una caja de relojes de diferentes modelos, para que se canse de ver la hora y cada vez que la mire se acuerde del pobre general enamorado".
El día lunes el maestro tenía los relojes en su despacho. Poco tiempo después me hizo otro pedido, nunca le cobré... no creo que el maestro estuviera vendiendo relojes. Nunca supe para qué los quería, porque reincidió en la necesidad de relojes hasta que dejó de ser Cónsul. También me hizo un pedido de camisas vaqueras. Un día me encargó tres pares de zapatos Forche de diferentes colores, me acuerdo que eran talla 41, creo que eran para el Presidente López y hasta ese día fuimos amigos porque equivocadamente le entregué uno de los pares con un zapato talla 41 y el otro 42. El reclamo que me hizo fue: –Oiga Ituango: para su información los colombianos no tenemos presidente fenómeno, cosa que sí tienen los panameños con el General.
Lo decía por aquello de tener dos corazones en un solo pecho.

****

Esto fue lo que me contó Ituango. Yo en ese momento no le di credibilidad a las historias, pero tengo que confesarles que comí feliz escuchándolas.
Y entonces cayó a mis pies
En una tertulia Vallenata comentaban la historia de unos relojes que enviaba el maestro Escalona a sus amistades.
–¡Quizá de dónde sacaba esos relojes el maestro! –comentó un amigo.
La historia la tenía yo en mis manos, pues esa conversación con Ituango era reciente y cuento con una memoria de elefante, esto sin el ánimo de pisotear mi humildad. Enseguida me puse en contacto con los que manosean las historias del mundo vallenato y el Turco me contó que, siendo Cónsul el maestro, él fue a Panamá y era Noriega (el cara de piña) el encargado de cuidar la seguridad del aeropuerto Tocumen y casi le decomisa un chivo salao y un queso que le llevaba al maestro, y cree él que una encomienda que mandó Escalona muy bien envuelta fue el primer cargamento de relojes que entró a Valledupar. También supe que existían unas cartas que complementaban la historia de los relojes, historia que yo sabía de cabo a rabo por culpa de Ituango, y no dudé en buscarlas. Llegaron a mi poder tres cartas, una de ellas, la de los relojes.


Desde su consulado en Panamá, Escalona le escribía a sus amigos en Valledupar.
La carta
La carta la envía el maestro Escalona al pintor Molina, y tiene fecha de enero 17 de 1977, dice así:
"Profesor Molina: yo supe que Ud. se ha puesto a difamarme por los relojes que yo en razón de obsequio, cosa que no hace Ud., mando a los buenos amigos como Julio Gámez y Armando Uhia. ¡No sea malo! ¡Sea mejor persona! No sea de Codazzi, no tenga alma de cachaco. Sea de Patillal. Sea como Hernán Maestre, ejemplo de ternura; como Hernandito, ejemplo de nobleza; como Víctor Julio, hombre hecho trabajo; como Alvarito, conciencia libertina de una sabana; como El Turco, bondad y brujería personificada, y en fin, ¡sea de Patillal! Sea como Justa, Sara Daza, Lola Maestre, herederas de una tradición ejemplarísima y continuada por ellas, sea honorable profesor, como Pacha Martínez y Elina Molina, almas nobles y ejemplares. En fin sea bueno, pórtese mejor, no hable de los amigos desterrados, no desbarate con sus palabras las bellezas que produce su inteligencia obedecida por un pincel. Siga siendo artista pero no desconcertante.
Le transcribo parte de la carta con fecha de enero/77 que recibí de la comadre Consuelo. Dice así:…….. "advierto que no recibo ni acepto relojes. Jaime Molina me hizo cogerles un pánico a toda clase de relojes de los que usted envía de regalo a Valledupar, pues me contó que el que usted le envió a Julio Gámez después de varios procesos ante una inspección por quejas de los vecinos que se unieron para protestar, porque el ruido del reloj de Julio no los dejaba dormir, parece que estalló una noche en el brazo de Julio, sobre cargado de fuerza dinámica y esto le costó la pérdida de la mujer y de la casa... que conste que esto lo dice Jaime Molina".
¿Usted cree profesor Molina, que esto es poca vaina? Pero yo bien sé que es pura envidia que usted le tiene al reloj de Julio Gámez, ahí le mando "Para que se le acabe la vaina" uno a usted, ojalá le estalle y salga volando como Ricaurte en San Mateo, con Alma, la Tata, y Diogenito prendidos en esos pantalones bolsú que usted manda a hacer a $12.
ATT Rafa."

domingo, 7 de marzo de 2010

WILFREDO ROSALES (SINCE-SUCRE) ES LA ''LA BIBLIA DEL VALLENATO''

En su casa en Medellín, Wilfredo Rosales, tiene 1.100 cds originales, 250 personalizados y 300 discos.

Desde hace doce años Wilfredo Rosales Ortega, el vigilante de un edificio en Medellín, se dedica en su tiempo libre a estudiar la música vallenata, principalmente a guardar en su computador cerebral, su ‘disco duro’, lo que se relaciona con intérpretes, autorías, álbumes completos, fechas, sellos discográficos y demás antecedentes de este ritmo.

Es por eso que en Sincé, Sucre, de donde es oriundo, lo han apodado ‘La biblia del vallenato’.

“Dios me dio un don muy grande y es el de la memoria. Mi pasatiempo principal es estar pendiente de las producciones de los artistas, y en los últimos doce años he estado metido de lleno en esto, y quiero que la gente conozca como yo, detalles de la música vallenata”.

EL HERALDO quiso poner a prueba sus conocimientos y durante la entrevista respondió varias preguntas a quemarropa por parte de periodistas como Ernesto McCausland y Rafael Sarmiento, expertos en música.

Una de ellas fue: “¿quién fue el compositor de ‘La gota fría’? a lo que Rosales responde inmediatamente “Emiliano Zuleta Baquero, en el año de 1938, un 29 de junio, en Urumita. De esa canción existen 25 versiones, y ninguna se parece a la otra”.

Otro interrogante que contestó fue: ¿y cuál es el autor de ‘el último embaucador, y quién la grabó?’, “¡ah!, ese fue Santander Durán Escalona, y la grabó Daniel Celedón en el 1984, en un producto titulado ‘Con más fuerza’, es la canción número uno del lado B”, aseguró Rosales Ortega.

Con la misma rapidez, y casi sin pensar, como si fuera una máquina repetidora contestó varios interrogantes más, todo con el fin de corroborar porqué le dicen ‘La biblia del vallenato’.

Este gomoso de la música dice que cuando escucha una caja, una acordeón, o alguien hablar de vallenato, no quiere parar de hablar, porque el vallenato es su vida.

Por eso se ha tomado el trabajo de no solo coleccionar los cds de sus artistas favoritos, sino de conocerlos, y preguntarles directamente informaciones personales, que nadie más podría tener.

Pero son tantos los datos que tiene Wilfredo en su memoria, que su pasión se ha convertido en una incontinencia histórica vallenata, que debería perdurar a través de las páginas de un libro.

La situación es que como Rosales Ortega es ajeno a la tecnología, y sabe muy poco de computadores no hay manera de que saque toda la información que almacena su disco duro. Ya le han ofrecido documentar todos sus conocimientos, pero sin darle nada a cambio, por lo que lo ha rechazado.

Sería una lastima que toda esa bibliografía musical que preserva este sucreño, no quede como libro de consulta, tal y como ha sucedido con textos como ‘El abc del vallenato’, de Julio Oñate Martínez; ‘Historia del bolero en Colombia’, de Alfonso de la Espriella; ‘Música, raza y nación’ del inglés Peter Wade, ‘Salsa’, de César Rondón o del libro ‘Cantadoras de bullerengue’ de Adlai Stevenson.

“Los dioses del vallenato”

Para Wilfredo Rosales Ortega, Poncho Zuleta es el mejor intérprete del vallenato, y puntualiza que hasta ahora no ha nacido su sucesor. En cuanto a los acordeonistas destaca a Alfredo Gutiérrez, porque toca ‘la cañaguatera’ idéntica como la tocó hace 40 años. El álbum ‘Dos dinastías’, de Poncho Zuleta con Beto Villa, es para este gomoso la mejor producción vallenata, y la segunda mejor sería el disco de Beto Villa con Iván Villazón, ‘La compañia’, que tiene temas como ‘Momposina’ y ‘el niño bonito’ que salió al mercado un 15 de octubre, de 1991.

CLAUDIO PEÑA ALLA EN LA PEÑA

“Mamá, dígale a Don Claudio que me haga el favor de prestarme esa plata que yo algún día se la pago y hace mercado y lleva pa’ la casa”. Era el muchacho Diomedes Díaz diciéndole a la señora Elvira, su madre, que hiciera esa diligencia porque estaba preocupado por la situación económica tan precaria de su casa, aunque él estaba en Valledupar tratando de abrirse caminos.

Ese favor, como tantos otros, antes y después, se los hacía el venerable Claudio Mendoza, que en esos tiempos difíciles de Diomedes, vivía en La Peña, Guajira. Y lo más admirable de su benevolencia era que ayudaba al futuro cantante sin siquiera saber si sería famoso, sin siquiera pensar que si algún día tendría cómo pagarle.

Fueron tantos, pero tantos los favores que don Claudio Mendoza le hizo a Diomedes, que él nunca tuvo cómo pagarlos y aquél nunca los cobró. Además, se negaba a recibir el pago.

Quizás por eso Diomedes Díaz siempre lo saludaba en sus grabaciones, porque era –para Diomedes- la única manera de pagarle de alguna forma todo lo que hacía don Claudio por él y su familia. Fue quizás la persona más importante en la vida de Diomedes Díaz porque hasta el final de sus días, don Claudio jamás miro a Diomedes como el ídolo del vallenato, como el famoso de multitudes. Para don Claudio, Diomedes era un muchacho como cualquier otro que a pesar del peso de su fama seguía llegando como llegaban muchos a la casa de don Claudio primero en la Peña y después en San Juan del Cesar: llegaba calladito y se sentaba a ver televisión sólo porque la familia se la pasaba en el inmenso patio cogiendo el fresco de la tarde y cuando alguno venía a la sala, veían a Diomedes ahí sentado como cualquier otro y se reía cuando la sorpresa lo dejaba con la boca abierta. Sólo don Claudio se daba el lujo de tener en la sala al cantante famoso del vallenato como cualquier cristiano.


En la primera canción donde don Claudio permitió que Diomedes lo saludara fue en “Lo que quiera” del álbum “Tu Serenata” de 1980. De ahí fue todo un rito en todas las siguientes grabaciones.

En 1987 cuando Diomedes volvía para San Juan, por los lados del aserradero donde trabajaba el compositor Máximo Movil, con una canción que el cante fue a buscar, la canción no tenía nombre. Diomedes entró a la casa de don Claudio y la puso a sonar. Don Claudio le dijo: “póngala Ni Lo Intentes, compadre”. Y así se bautizó para el álbum “Incontenibles”

Era la única persona de la que Diomedes se dejaba regañar y a la que le atendía sus consejos. Muchos dicen que si don Claudio hubiera estado vivo cuando todo el problema que tuvo el cantante, todo hubiera sido más fácil para él. Fue quien lo reprendió fuertemente cuando a sus oídos llegó el rumor que el cantante estaba consumiendo droga.

Era tanta la fama que había adquirido este ganadero y comerciante que en la región la gente compraba los discos sólo para ver si Diomedes lo saludaba y en cuál canción. Por eso la vez que debido al trajín de la grabación y al olvido involuntario del cantante éste no lo saludó, la gente se agolpó en la puerta de la casa de don Claudio para preguntarle por qué no venía su acostumbrado saludo.

Semanas después, la gente de San Juan manifestó su resentimiento con Diomedes porque no había saludado al patriarca bondadoso, y ahí fue donde Diomedes se dio cuenta de su injusticia y más por pena que por otra cosa no se dejó ver de Don Claudio porque decía que no tenía cara para presentarse en su casa. Don Claudio, que no le paraba bolas a esas vainas, tuvo que llamarlo y decirle que no se preocupara, que se acordara que él le había pedido muchas veces que no lo saludara, cosa a la que Diomedes se negaba. Por eso en la grabación del disco siguiente, lo primero que hizo el cacique fue saludar a su venerable protector de aquellos tiempos difíciles y la gente de San Juan quedó contenta.

-Que aquí le mandan de Valledupar, Don Claudio- dijo alguien en la puerta de su casa que llevaba ocho llantas de repuesto para catapilas y un Toyota nuevo.

-¿Y quién manda eso, muchacho?-Preguntó don Claudio

-Un amigo suyo- dijo el emisario

Don Claudio, alma noble y desinteresada, se negaba a recibir semejante regalo y pensaba en devolverlo hasta que sus hijos y sus dos esposas lo convencieron al menos de que se quedara con las llantas de repuesto. Devolvió la camioneta.

Al rato lo llamó Diomedes y le preguntó si había recibido el regalito. A lo que don Claudio Mendoza le preguntó a qué se debía tanto regalo junto y el cantante le respondió que a él no se le había olvidado que había transformado su finca en Carrizal que antes era un peladero y se la había puesto a producir. Que la última vez que había ido se había demorado 2 horas buscándola y la tenía en sus narices pero como estaba tan cambiada y bonita ni el mismo cantante que era el dueño la reconoció. Cuando preguntó quien la había trasformado le dijeron que don Claudio Mendoza, el de la Peña.

Diomedes se sentía más humano cuando estaba en la casa de don Claudio en San Juan. Por lo general sus visitas terminaban en parrandas, donde todos tomaban whisky pero don Claudio sabía que a Diomedes no le gustaba en esa época y le compraba ron Tres Esquinas, su preferido, al que despachaba en dos tragos a pico de botella y pedía la otra.

Fue don Claudio que al verlo tan desordenado le sugirió que se volviera a unir con Juancho Rois y tanto jodió con esto hasta que ambos cedieron y se hizo la unión.

Por eso el día que la guerrilla mató en un retén al venerable benefactor de Diomedes, éste sintió que también le habían matado una parte de su alma y no volvió a La Peña y mucho menos a San Juan, porque ya no tenía amigos a quien visitar.

Aún hoy en día, Diomedes no soporta que le hablen de su amigo entrañable porque una lágrima recorre su mejilla. No ha podido supera su muerte.

Diomedes no olvida a aquella persona que jamás quiso que le devolviera todo lo que le había prestado cuando él no era nadie, cuando Diomedes no valía un carajo. Era a la única persona que cuando llegaba a visitarlo a su casa de Valledupar Diomedes le cocinaba personalmente, porque era don Claudio quien estaba allí; además le decía que escogiera cualquiera de los carros que había en el garaje y se los llevara. Don Claudio nunca quiso.

Poco antes del asesinato de don Claudio Mendoza, Diomedes fue a visitarlo a San Juan y en plena parranda le dijo a la esposa del patriarca sin saber que sería la última vez que se veían: “Comadre, a mi compadre Claudio hay que cogerle buena cría, porque hombres como este guayacán ya no vienen…”

Por: Fabio Fernando Meza.

LOS MAESTROS

Por: Julio Oñate Martínez
Finalizaba la década de los años setenta y Nando Marín se encontraba en un corregimiento de San Juan del Cesar, llamado el Tablazo, armando sus primeras canciones que acompañadas con su guitarra le anunciaban a sus paisanos y amigos que el pueblo tenía un nobel compositor ávido por darse a conocer y codearse con los ya consagrados más allá de su entorno regional.
En el Tablazo, Nando laboraba en actividades de la agricultura y se distinguía como el tractorista que siempre araba la tierra canturreando alguna melodía de él o ajenas, como uno de tantos turpiales que todavía en esa época se podían ver en los bosques de su tierra Guajira.
Era el 27 de agosto de 1978 y comenzaba en Fonseca, la patria hermosa de Chema Gómez, el Festival del retorno. Marín tenía la guitarra afinada y una buena composición para participar en el concurso de la canción inédita pero andaba sin un peso en el bolsillo el transporte no era gratis y el tractor no aguantaba el viaje.
Resolvió entonces buscar apoyo con su entrañable amigo Walter Coronel, mejor conocido como ¨Caco Coronel¨, un educador que en la Escuela Mixta Rural del Tablazo dictaba las materias básicas, pero el desaliento fue grande ya que éste andaba en las mismas. Sin embargo, había una esperanza, allá en San Juan el profesor tenía una quincena que con siete meses de atraso acababa de llegar a la secretaría de educación y con eso podrían resolver la apremiante situación. En los carros de la ruta hacia San Juan los que iban sentados pagaban por adelantado y los que no, iban colgados de los estribos y al final del viaje resolvían. En esta forma hicieron el recorrido.
En San Juan del Cesar, Micaela Romero, por todos conocida como ¨La comayita¨ era la funcionaria pagadora de la Secretaría de Educación municipal y ante la premura de continuar el viaje hacia Fonseca donde al final de la tarde comenzaba el concurso de compositores ¨Caco¨ y Nando ligeramente llegaron a la residencia de la pagadora a explicarle la urgencia que tenían de cobrar el cheque que ella guardaba. El reloj marcaba la 1 ½ Pm, hora en que la dama disfrutaba de la siesta cuando ellos tocaron la puerta de la casa. Nadie respondió y ellos insistieron golpeando más duro. Malhumorada ¨la comayita¨ se asomó por la ventana y en tono áspero les preguntó: Que quieren ustedes a esta hora aquí en mi casa?. En tono amable y respetuoso Caco le explicó el motivo de su presencia allí y ella agriamente le disparó, yo aquí en mi casa no pago y además la entrega de cheques es el lunes y sin darle chance a ripostar es dio con la ventana en las narices pues ni siquiera la puerta les abrió.
Marín enojado por el trato recibido por su amigo, tocó entonces la puerta con firmeza y nuevamente ¨la comayita¨ abrió la ventana con cara de revolver engatillado, oiga señora le dijo Nando esa plata se la ganó este profesor hace tiempo, por favor sea justa y entréguele su cheque que se trata de una emergencia; usted no tiene velas en este entierro y lárguese de mi casa, entrometido, remató ella tirando violentamente de nuevo la ventana.
Descorazonados llegaron a la estación del transporte y nuevamente colgados de los estribos de una camioneta de pasajeros se fueron para Fonseca.
Para fortuna de ellos a Nando le fue bien en el festival y tocó varias parrandas a los marimberos de moda, regresando al tablazo con la billetera traqueando. Canceló las deudas pendientes, encargó una guitarra nueva, le pagó una quincena al profesor y siguió madurando musicalmente para llegar a ser una figura cimera del folclor vallenato.
Las punzadas que le propinó ¨la comayita¨ lo molestaban y en homenaje a su amigo Walter Coronel y solidario con todos los educadores de Colombia surgió de su guitarra un nuevo canto: Los Maestros.

domingo, 17 de enero de 2010

COMPAE´CHEMO

Finalizaba el año 64 Anselmo “chemo” Montes ultimaba detalles en los preparativos para el festejo que todos los años le hacia a su hija Asunción con motivo de su cumpleaños por ser hija única entre números vástagos que había engendrado.
Eran muchos los invitados que en esa fecha asistirían al “El Laurel”, la finca que el “chemo” tenia en inmediaciones de Buenavista un pueblo cercano a Guamal donde residía el maestro Julio Erazo Cuevas, mester de la juglaría pocabuyana según su biógrafo el medico Jhon Carlos Pedroso Pupo.
Todo estaba listo para ese dos de enero, un puerco gordo dispuesto a ofrendar su vida y sus mejores chicharrones por tan noble causa, un par de pavos de esos doble pechuga resueltos a zambullirse en la olla del sancocho y una docena de gallinas criollas coqueteándole al caldero elegido para el guiso. Varios bultos de ron centenario formaban el pertrecho de radicales etílicos, pero la mejor ofrenda para los invitados seria la presencia del maestro Erazo, el compositor que con la artillería fiestera de sus cantos y su guitarra imponía éxitos por doquier en todo el litoral atlántico. Era grande la expectativa por conocerlo y escucharlo principalmente por un grupo de damas solteras que ya tarareaban “el consuelo que me queda” uno de los paseos del compositor guamalero que por todas partes sonaba.

Si me dices que te vas
Porque ya tu no me amas
Porque ya tú no me amas
Porque ya tú no me quieres
El consuelo que me queda morenita
Que en el mundo todavía quedan mujeres.

Aquel 31 de diciembre en Guamal como en todos los pueblos de la costa el nuevo año fue recibido con el alborozo esperanzador de que serian 365 dias cargados de bendiciones y alegrías para todos y el maestro Erazo con familiares y amigos escucharon el canto de los gallos mañaneros ebrios del licor y felicidad.
El día primero por la tarde estaría en la estación de Buenavista un carro enviado por el compae “Chemo” que lo recogería para llevarlo hasta el Laurel donde serian dos dias de parranda. Al llegar al sitio referido con un tremendo guayabo de siete pisos yendo camino a la estación le tocó pasar por la cantina del cachaco Alirio Jiménez quien con un grupo de amigos tomaban cerveza fría para suavizar la consabida resaca. Allí se encontraban varios de los buenos amigos del juglar entre ellos Tarcisio Guerra, Castulo González, Elpidio Villarreal, Samuel Gulloso, Gilberto Martínez, Alfonso Pedroso, Rodrigo Acuña y Tito Villarreal quienes con una fría en la mano le pusieron una zancadilla para que los acompañara un rato a desenguayabar. Después de un par de frías pasaron a trago corto, y Julio empuñó entonces la guitarra armándose una fenomenal parranda que lo hizo olvidar por completo el compromiso adquirido con el “Chemo”.
Tras una larga e infructuosa espera el carro regreso al Laurel donde los aburridos contertulios quedaron con los crespos hechos sin la presencia del ilustre invitado y con la natural decepción experimentada por el anfitrión. Julio y Chemo no se volvieron a ver pero el compositor sabia que si el compadre estaba resentido la mejor manera de endulzarle la píldora era pedirle disculpas pero cantando, uno de los múltiples recursos que esgrimen los juglares en estos casos. Pronto surgió el conocido paseo “El compae Chemo” identificado también como “Dos de enero”.

En una parranda guamalera con un grupo de admiradores al interpretar su nueva obra Julio observo que alguien con un pañuelo blanco en la mano se acercaba enjugándose las lagrimas; cuando vi que era el compae Chemo nos abrazamos jubilosos, el con su canción y yo por estrechar nuevamente a un excelente amigo hasta hoy uno de los mejores que tengo.
Sobra decir que más adelante al llegar el nuevo dos de enero para el cumpleaños de Asunción el Laurel si se vistió de Gala desde el patio hasta la misma sala.

Por : Julio Oñate M.

domingo, 6 de diciembre de 2009

PABLITO FLOREZ, CRONICA CANTADA DEL SINU



Por: Gustavo Tatis Guerra

Es la crónica cantada del Sinú. Pablito Flórez (Ciénaga de Oro, 1926), no tenía otra escapatoria en la vida que cantar.
Hijo del músico Pablo Flórez Barrera, que tocaba el redoblante en la Banda San José, la primera que se fundó en su pueblo, y de Librada José Camargo Nisperuza, una panadera, modista y empleada doméstica, confiesa que se inició en el camino de la música por puro castigo. Su padre lo castigó luego de que el niño de 9 años saliera por las calles de su pueblo, suelto de madrina, persiguiendo pájaros y corriendo por lo playones. Su padre además de músico, había sido peluquero, talabartero y cazador. Cuando no estaba tocando el redoblante, trabajaba junto a su hijo Pablito en su taller de herrería, en donde le había enseñado a hacer quemadores para marcar reses, cachas para cuchillos.
Lo que siempre ha acompañado a Pablito Flórez además de su sentido agudizado de la observación de su entorno y su fascinación por la vida de su pueblo, es el conocimiento de la tradición oral y la maravillosa fuente de sus ancestros sinuanos. La semblanza de su vida ha sido escrita por el joven periodista y escritor Carlos Marín Calderín: "Pablo Flórez: Juglar del porro", publicada por el Ministerio de Cultura, al otorgar el Premio Nacional Vida y Obra 2008, al gran autor de canciones del repertorio popular como "La aventurera", "Los sabores del porro", "La ciroma", "María Estela", "Lunita Primaveral", "María Marzola", entre otras.

Carátula del libro
Su canción "Los sabores del porro" le ha dado la vuelta al mundo en la bella interpretación de Totó la Momposina. Escucharla es como paladear un banquete de tradición: "el bollo poloco esmigao en celele y a minguí con coco", "el queso bien amasado con panela 'e coco de Colomboy", "la yuca harinosa asá mojá en asiento de chicharrón", la viuda de pescao, "la leche esperá en corrá", y el otro sabor del paisaje: "la china esparascá en fandango", el sabor de los mangos, la totuma de guarapo con hielo y limón "bajo un higo sato sentao en un cajón".
A sus 83 años el maestro le confiesa a Carlos Marín Calderín que no tiene sentido cuando la gente le recuerda que hay que descansar: "yo descanso de la vida y de sus pesares es haciendo música, cantando y tocando mi guitarra. Además, no sé hacer otra cosa".
Reconoce Pablito Flórez sus influencias decisivas de la tradición musical sinuana, el porro, la cumbia, los boleros antillanos, los sones cubanos, la presencia del Trío Matamoros, Daniel Santos, pero por supuesto, el aporte de su padre y del maestro José María Fortunato "El Negro" Sáez, entre otros.
Junto a su esposa Marcelina Causil, con quien ha compartido las estaciones de su existencia en más de sesenta años, ha escrito centenares de canciones en diversos géneros, además de porros, boleros, tangos, entre otros, obras en las que hay un cronista de la tierra y un poeta de las emociones.
Su bolero inédito "Tan lejos de ti", prueba su capacidad romántica y poética para nombrar "los ojos de lluvia", el aliento de unos labios descubiertos en el perfume de una flor. Su personaje Ninfa del Valle Corcho Ruiz, inmortalizada en "La aventurera", es en sí misma, una crónica extraordinaria que ha tenido una secuencia narrativa y poética en el tiempo. Esa mujer que tenía "cara de ser buena", tenía la condición aérea de las tentaciones: apariciones en las fiestas y en los puertos, una picardía que sembraba una perturbación en el alma de los amantes.
Pablito es algo más que esas aventuras juveniles. Su dimensión humana y artística trasciende y en sus canciones se refleja el espíritu de la región sinuana y en general, del Caribe colombiano.

domingo, 29 de noviembre de 2009

CALIXTO OCHOA, EL HOMBRE HUMANITARIO




Por Alfonso Ramón Hamburger


Calixto Antonio Ochoa Campo, quien por estos días conmueve al país cultural tras ser recluido en una clínica de Sincelejo con isquemia cerebral, es sin duda el rey Pelé de la composición folclórica colombina, aquella que trasciende el mero relato vallenato limitado en los fuelles del acordeón para explayarse como verdolaga en playa, coqueteándole a la inmensa sabana con sus porros, paseítos, charangas, rancheras y notas africanizadas en las que la picardía y el humor han sido vitales. Sus cantos bañaron el país y se fueron lluviosos por el mundo.
Quienes tuvimos la dicha de estrechar su mano y vislumbrar al hombre sencillo y humanitario que nos ocupa, supimos que "El Negro Cali", con su diente de oro que mostró risueño y pícaro en la carátula de centenares de LPs que grabó con su conjunto y con Los Corraleros de Majagual, siempre lo encontramos dispuesto a atendernos, pero sin dejar de lado la canción que siempre estaba haciendo en su memoria. Aun en ese mar de puyas que fue su primera reclusión en la clínica, en marzo pasado, Ochoa no dejó de hacer de la vida –sufrida a veces y gozosa siempre– un océano de canciones. Con un suero conectado a su muñeca con una manguera transparente, Calixto recibió una a una, a las decenas de personas que se agolparon en el segundo piso de la Clínica La Sabana. El teléfono no dejaba de sonar y mientras su esposa Dulzaine trataba de aguantar la avalancha, él hacía un gran esfuerzo por "desembolar" la lengua, afectada por una embolia. Su mano derecha, que tanto le ayudó para sacar las notas de su acordeón grueso no respondía a sus órdenes. Parecía cansado de la vida, extrañado de la fama, porque desde hacía años no se llevaba el acordeón al pecho. Parecía fastidiado de ese trajín y a duras penas se lo ponía en las piernas, cuando un periodista lo visitaba para una entrevista.
Esa primera recaída, al principio de año, despertó una solidaridad que se desparramó desde la última pestañita de La Guajira, hasta el más recóndito pueblo de La Mojana, pasando por la Sinuanía, subiendo por los Montes de María, hasta Valencia–Cesar, un pueblo perdido en el valle. Y el valle de donde salió para no regresar jamás, con su piqueria vallenata, pujará por hacerle el homenaje que se merece uno de los cinco compositores fundamentales del folclor vallenato que se escucha hoy. Lo acompañan en este quinteto excelso, Rafael Calixto Escalona Martínez, Tobías Enrique Pumarejo Gutiérrez, Leandro Díaz y Adolfo Pacheco Anillo.
Del Sinú, alertado por esta noticia, se vino Asaad Feris, más conocido como "El Turco Asa", inmortalizado en uno de sus temas. "El Turco", quien reside en Sahagún, se ha volado en estas ocasiones, para hacer guardia en su lecho de enfermo. "Mi compadre es un tipo sencillo y humanitario", dice Feris. Ya habrá tiempo de echar el cuento de los gavilanes, con Manuel Lora, esos que se turnaban tras el amor de una muchacha. Se cebaban en los patios comarcales para cazar la presa.




DEL CESAR A LA SABANA
Ochoa nació el 14 de agosto de 1934 en Valencia, Cesar, un corregimiento de Valledupar, donde se dedicó desde niño a los deberes del campo. Cumplía las labores de rejero y después de corralero, en la finca de los Montalvo. Ordeñaba las vacas y después iba a llevar la leche a la casa de sus patrones, en Valledupar. La posibilidad de regresar, 17 años después, a coronarse de Rey en la tarima Francisco el Hombre, eran muy remotas entonces.
Su futuro en Valencia era incierto. El contacto único con la música eran el jardeo del ganado, el bramido de los arroyos y las notas de un acordeón limitado que tocaba su hermano Rafael, quien se había encargado de llevar esa fiebre a la familia. Aprendió a escondidas de su hermano mayor y oyendo a Luis Enrique Martínez. Alguna vez se fue a casa de Ismael Rudas, el viejo, quien arreglaba acordeones en Caracolicito y posteriormente se enganchó de ayudante de un circo malo que iba de pueblo en pueblo pregonando que se iba, pero no se iba, mientras ofrecía el gancho de dos niños con una boleta. Su idea era la aventura para sustraerse de un presente incierto tras el bajo rumiante de las vacas.
A los 19 años, sin pensarlo, el panorama de La Sabana, o las tierras bajas, como le decían en el Valle al departamento del viejo Bolívar Grande, se le apareció como una carta de salvación. Sus padres lo habían casado a la fuerza. Y no había en esos pueblos una cosa más pesada que un "matrimonio a la fuerza". Era el peor castigo para un joven que apenas despuntaba en el arte, ponerle el bodrio de un matrimonio por castigo. Prácticamente huyó de aquel amarre absurdo. Se vino de aventura con un guacharaquero, Chu Castrillón y el guitarrista Esteban Montaño, con quienes llegó a San Jacinto, en 1953. El conjunto precario era tan austero que lo hicieron liviano, sin cajero.
La llegada de Calixto a La Sabana, entrando por esa puerta inmensa del folclor no es casual. San Jacinto ya era famoso por sus artesanías, como epicentro de la cultura más antigua de América, y los gaiteros se aprestaban a partir para su primera gira mundial. Además, en ese mismo año, sucedió coincidencialmente un hecho que marcó el folclor: la muerte trágica de Eduardo Lora Castro, que esa misma tarde Landero convirtió en canción. Fue la segunda elegía de La Sabana, pues el primero de febrero de 1950, Carlos Araque, había hecho el Siniestro de Ovejas, por donde Calixto pasó tres años después, rumbo a su segunda cuna, Sincelejo.
En esta cruzada, se cimienta prácticamente, ese maridaje glorioso entre el valle y La Sabana. No se puede hablar de una colonización vallenata a La Sabana por la presencia de otros juglares, que como Luis E. Martínez y Alejo Durán sembraron sus reales en estas tierras, sino de una afortunada solidaridad de ganaderos de este lado, con juglares trotamundos, que hallaron en La Sabana el cariño de la gente. De eso se encargaron ganaderos, agricultores y comerciantes como Nabo Cogollo, Lisardo Guzmán y otros que quedaron a su vez registrados en la historia musical.
En esa primera correría, Calixto pasó de San Jacinto a El Carmen de Bolívar, que tenía en su haber, como San Jacinto, bandas de músicos famosas, fundacionales de un ritmo que se bailaba contrariando la ortodoxia occidental, el porro, contrario a las manecillas del reloj. Y había allí un hombre inmortal con sus gaitas, Lucho Bermúdez. Ochoa, marcado por su timidez, prefería las veredas para sus cantos desconocidos. A duras penas interpretaba temas de Luis Enrique Martínez, a quien había visto tocar una tarde en Fundación. De Alejo Durán aún no sabía nada, ya que este recorría el mundo por el río Magdalena arriba, buscando por el Cauca los pueblos alteños. De modo que en el Jobo, una vereda de El Carmen de Bolívar, conoció a uno de sus mejores coequiperos y amigos de toda la vida, Hugo Rivera, quien lo acompañó desde siempre en la segunda voz. Ambos se radicaron en El Carmen de Bolívar.


Allí, Ochoa hace una de sus canciones clásicas vallenatas, Lirio Rojo, que sería una de las pocas en ese estilo, porque desde allí lo marcaría la sonoridad sabanera, por la presencia de más de doscientos porros sin letras, entre ellos Mata de Caña, quizás uno de sus mejores discos, que hace en coautoría con el maestro Eliseo García.
Para "El Turco Asa" es muy difícil escoger tres canciones entre las mil 500 que se le atribuyen a este genio, pero se queda con Los Sabanales, Mata de Caña y Diana. A Felipe Paternina le gusta la Reina del Espacio, que es el resultado de un sueño, como Los Sabanales, que se hace en estado de vigilia de un "desenguayabe", al despertar en una hamaca colgada entre palmeras. Cuando abrió los ojos por la mañana una muchacha barría el patio. Siguió durmiendo y ya en la tarde, cuando recordó, estaba solo. Eso lo inspiró en esa canción emblemática de La Sabana.
Después de andar por veredas y corregimientos, Calixto llegó a Sincelejo, donde tuvo otro desacuerdo amoroso, pero poco a poco se fue aclimatando en esta tierra, donde cumplió toda su gloria.
En su vida musical influyó mucho el ambiente que se vivía en La Sabana. Sincelejo era el epicentro de la música colombiana. Aquí se hacían verdaderos simposios de compositores a los que asistían los gerentes de las casas disqueras para escoger los temas que se iban a grabar. Allí confluyeron genios musicales de todos los géneros y estilos. También se hacían festivales de boleros en los que estuvieron figuras nacionales. Todo atizado por el nacimiento de Radio Sincelejo, fundada en 1944. Por aquí pasaron genios musicales como Pello Torres, que llegó en medio de las revueltas de El Bogotazo, Demetrio Guarín, Alfredo Gutiérrez, Lisandro Meza, César Castro, Rosendo Martínez y más de cien músicos que pasaron por la universidad de la cumbia: Los Corraleros de Majagual.
En 1960, a este grupo de genios, tras la mirada visionaria de Antonio Fuentes, se le prendió la idea de fusionar el acordeón limitado con los bombardinos y eso terminó por revolucionar al conjunto de acordeón, que empezó a codearse con las mejores orquestas del mundo. Calixto con su canto y sus composiciones, fue vital en el proceso, especialmente en los personajes como Menejo y el Compadre Remanga.
Alguna vez le pregunté cómo había conocido a Alfredo Gutiérrez. Y rompiendo esa humildad, me respondió: "Más bien pregúntale a Alfredo cómo me conoció a mí".
En los 105 LPs que grabaron con Los Corraleros de Majagual, Alfredo Gutiérrez puso el acordeón en todos, y se volvieron inseparables en esa coquetería bromista que lo llevó a bautizar desde Babucha, el del toro negro de Tolemaida, hasta al Ñato de Alfredo. Con el profesor Aníbal Paternina Padilla, otro inmenso conocedor del folclor, Calixto se disputa el honor de haber bautizado a un pueblo entero. A Manuel Medrano le dicen "Pata e' Zanco". A Silvio Cohen "Cara e' Ternero". A Edgardo Olier "Cara e' Loco". A Luis González "Voz de Culebra". A un célebre periodista que se radicó en Cartagena le decían "Sapito alzado en quicio". La lista es inmensa. ¿Y qué decir de San Expedito?
Para los entendidos, las cualidades de Calixto le llevaron a salirse de la ortodoxia vallenata, por lo que las canciones que más recorrieron el mundo fueron El Africano y La Charanga costeña, por la que le dieron discos de todos los géneros en Estados Unidos.
No obstante, este embrujamiento sabanero, el de pertenecer a una escuela polirítmica, Ochoa –a quien Diomedes Díaz le grabó 28 canciones– jamás se desprendió de sus raíces sencillas, netamente vallenatas. En abril de 1970, en su primera incursión en el Festival de la Leyenda Vallenata, revalidó la corona. Fue, como algunos pocos, a quienes una sola subida a esa tarima mítica, les bastó para triunfar en tan caro escenario.
Por el momento, rogamos para que todos los dioses del bien se unan en una oración, para que el negro humanitario pueda decidir en una parranda, sanito y coleando, allá en el kiosco más alto de su casa de La Terraza, los designios más importantes del corazón.

domingo, 22 de noviembre de 2009

HACE 20 AÑOS SE FUE ALEJO DURAN


Alejo Durán sigue vigente veinte años después de su muerte.

El 15 de noviembre de 1989 falleció en la clínica Unión de Montería, Gilberto Alejandro Durán Díaz, víctima de la diabetes

Muchos son los recuerdos que aún permanecen intactos en la memoria de amigos y familiares de Alejandro Durán Díaz, el 'Negro Grande del Acordeón', como era conocido este juglar del folclor vallenato, quien hoy cumple 20 años de fallecido.
En Planeta Rica, un municipio del fértil valle del Sinú en Córdoba, Durán pasó los últimos 30 años de su vida.


Allí todavía vive José Tapia Fontalvo, el guacharaquero de su conjunto y su amigo inseparable desde 1957, cuando Alejo lo invitó para que lo acompañara a una actuación en Sahagún, ya que el ejecutante titular del instrumento se había enfermado.
Tapia guarda celosamente, como su tesoro más preciado, un álbum fotográfico con imágenes de su ídolo, captadas en diferentes momentos artísticos y personales.


"Cada una me recuerda una anécdota vivida con Alejo", dice con un dejo de tristeza que estas dos décadas no han logrado aplacar.
La que más se le viene a la memoria es la del viaje que hicieron a Estados Unidos días después de que Alejo Durán lo coronaran como el primer Rey del Festival de la Leyenda Vallenata en 1968.

"Fue el primer artista colombiano en presentarse en el majestuoso Madison Square Garden de Nueva York, estrenando el triunfo del que se constituiría después en el gran concurso musical del folclor costeño", manifiesta Tapia.

El día de la actuación, antes del concierto, los cuatro músicos de la agrupación salieron con Durán a conocer la ciudad.

"Alejo iba exhibiendo orgulloso su inseparable sombrero vueltiao en medio del bullicio de transeúntes y vehículos en las congestionadas vías neoyorkinas. De repente una mujer gringa se le acercó y le pidió tomarse una foto con ella, atraída tal vez por la estampa de aquel moreno al que no dejaba de admirarle el sombrero elaborado por los indios Zenúes de Córdoba", dice Tapia en medio del calor insoportable de Planeta Rica.

Y añade: "Como buen mujeriego Durán no perdió la oportunidad para coquetearle a aquella mujer de ojos azules y cabellos rubios. Hasta le pidió que se regresaran juntos a Colombia, pero ella, quizás sin entender una sola de las palabras, le respondió con una sonrisa, le dio un beso y se marchó.

"Ese detalle de la gringuita lo emocionó, y prometió que le compondría una canción, pero no sé si lo hizo, porque nunca se la escuché", relata el guacharaquero.

Esa misma tarde un colombiano residente en Estados Unidos lo reconoció al verlo pisar el concreto de aquel mundo desconocido para el juglar, y al igual que la gringa, pidió fotografiarse con él.
"Durán siempre fue el mismo, no cambiaba su estilo y jamás permitió que la fama se le subiera a la cabeza, como hacen los artistas de hoy en día", comenta también Tapia.

A todas sus presentaciones musicales las consideraba igual de importantes, y por eso después de actuar en el fastuoso Madison Square Garden, no tuvo reparos para tocar en una procesión en un pueblo recóndito de Bolívar llamado Pasacaballos.

Allí un nativo de esa zona le pidió como último deseo que el conjunto de Alejo Durán tocara en su sepelio camino al cementerio, señala Tapia.

"Por compromisos adquiridos con anterioridad, Durán no pudo cumplir la voluntad del finado, pero sí participó en una procesión donde los habitantes de este pueblo, sumido en la pobreza y en medio de barrizales, acompañaron a los músicos, quienes tocaron montados a caballos.
"Ese toque fue gratis, porque a los muertos no se les cobra", dijo Alejo a sus compañeros de conjunto al final del funeral.

La última parranda

José Tapia nunca se rehusó a acompañarlo a sus presentaciones, a excepción del 11 de noviembre de 1989, cuando fue invitado a tocar en el Festival de Acordeoneros y Compositores de Chinú (Córdoba), que sería la última presentación en público de Durán.
Horas antes del toque el médico Omar González Anaya, amigo de Durán, le recomendó mantenerse en reposo debido a su delicado estado de salud.


Tapia asumió como suya la recomendación, pero Alejo, no.
"Usted sabe que el toro bueno muere en la plaza", respondió Durán ante la inútil súplica de su guacharaquero para que permaneciera en casa.

Dos días después de aquella actuación fue internado en la clínica Unión de Montería, donde el 15 de noviembre de ese año falleció debido a la diabetes.

Su cuerpo fue despedido en Planeta Rica por una multitud que lo aclamó como Rey de Reyes por fuera de las competencias musicales.

Su acordeón lo acompañó hasta la última morada, tal como lo pidió en una de sus canciones más escuchadas: Mi Pedazo de Acordeón: "Por si acaso yo me muero / les vengo a pedí un favor / Me llevan al cementerio este pedazo de acordeón".

Músico y prestamista


El negro Alejo mantuvo lucidez hasta el día de su muerte.
Postrado en su cama de enfermo le pidió a Tapias que les cobrara a un par de amigos 150 mil pesos que le debían desde meses atrás.


No eran deudas de parrandas, pues Alejo no solo ejecutaba el acordeón, sino también hacía rendir sus finanzas por medio de préstamos al interés.

"Yo llevé la razón a los deudores, pero no sé sí le pagaron antes de morirse", comenta Tapias, quien en tono jocoso asegura que de no ser así, el difunto habría cobrado con apariciones y jalones de pelo en las noches a sus morosos.

El fiel guacharaquero no ha dejado de visitar la tumba de su maestro.

A veces, cuando el silencio embarga el camposanto donde reposan sus restos, Tapia afirma que escucha las notas de canciones como Fidelina, Alto del Rosario, Alicia adorada y la preferida de Alejo, Rosario, una canción que no tuvo eco en las emisoras ni en las tarimas, pero sí un significado importante para Durán, porque estaba dedicada a una joven que conoció en su travesía por Chiriguaná (César), con quien tuvo un amor fugaz.


La mujer que lo acompañó hasta la muerte


Gloria Dussan fue la última de las tantas mujeres que tuvo y quien le concibió 3 de los 24 hijos que engendró.

De origen campesino, esta mujer cordobesa, ahora de 59 años, es de pocas palabras, pero recuerda que se enamoró de Alejo sin conocerlo.

"Sus canciones eran más que coqueteos, porque yo las escuchaba y sentía que eran para mí", explica Gloria, quien se flechó de él a los 20 años.


Aunque prefiere no revelar detalles de su amor por Durán, Gloria sostiene que era más valioso como persona que como músico.

Un estilo único


Alejo Durán tenía un estilo único y propio. Fue compositor, músico y cantante, lo que le mereció el respeto de miles de seguidores que lo calificaban como el juglar y patriarca del folclor costeño.
Su alta estatura, su porte de hombre recio pero amable y su sombrero vueltiao, sin el cual no dejaba que le tomaran fotos, fueron su carta de presentación fuera de las tarimas.

Era reconocido en los buses veredales, en las calles de los pueblos que recorría y hasta en grandes ciudades como Nueva York y México, a donde llevó su música de acordeón.


El repertorio


Mi pedazo de acordeón, Fidelina, La cachucha bacana, 039, Alto del Rosario y El verano, forman parte del repertorio de canciones de Alejo Durán, y que siguen sonando en emisoras, en parrandas y cantinas de los pueblos costeños.


Las notas de su acordeón y su voz pausada y grave caracterizaron sus canciones que contenían historias de amoríos y anécdotas vividas a lo largo de sus 70 años de existencia.


Su infancia en El Paso (Cesar), su tierra natal, estuvo rodeada de música ancestral con tambores, que mantenían viva la cultura de los cimarrones de la época de la esclavitud.

Ya en la adolescencia experimentó el gusto por el acordeón, el cual combinaba con los trabajos de vaquería, al cual se dedicó desde temprana edad.

GUDILFREDO AVENDAÑO MÉNDEZ
Especial para EL TIEMPO
PLANETA RICA (CÓRDOBA)

domingo, 14 de junio de 2009

EL MULO Y LA CUATRIMOTO

El viernes de la semana santa que recientemente se nos fue será siempre recordado por la mayoría de los habitantes de Pueblo Bello, no sólo por compartir la alegría de la resurrección de Cristo nuestro Señor, si no también por la tremenda estampida de la gente que iba en la procesión ante la aparición de un horroroso aparato que rugiendo y chillando los embestía sin previo aviso.

Me comenta Moisés Perea que Carlos Iván, el hijo de nuestro queridísimo amigo Iván Gil Molina, que el día de la procesión de la "dolorosa" el joven andaba haciendo piruetas en una ‘cuatrimoto’ ajena por los alrededores del pueblo. Al tratar de esquivar otro de estos vehículos que en sentido contrario venía en la hoja, envistió por detrás a un mulo que pastaba a un lado de la carretera y el muchacho con el rebote del golpe rodó jolón abajo rompiéndose un par de costillas y sufriendo fracturas de clavícula y ante brazo con fuertes golpes en todo el cuerpo. El mulo quedó encaramado en la cuatrimoto con una pezuña hasta el ñame en el acelerador y otra en el pito que con estridencia sonaba insistentemente.

El animal despavorido trataba de huir de aquella baraunda sin sospechar que el causante del enloquecedor estropicio era él, y la 'cuatri' cobraba cada vez mayor velocidad rugiendo con alta potencia hacia el centro de la población. Los mulos no saben frenar una moto y el horrorizado equino con el aparato full de gasolina le encaminó de frente a la procesión provocando la estampida de los atemorizados feligreses que no alcanzaban a comprender lo que estaba ocurriendo y aquello fue el desbarajuste. La gente corría enloquecida atropellando todo a su paso, muchos en piñata se treparon a los árboles y el cura párroco que oficiaba en ese momento se encaramó en el campanario de la iglesia y comenta Perea que hasta la "dolorosa" estuvo apunto de salir huyendo cuando vio que la dejaron sola. Había gente dentro de las alcantarillas, debajo de las camas, dentro de los armarios, y en los techos de las casas creyendo que aquel jorasquin mecánico montado por el mulo de la otra vida eran cosas del demonio o del mismísimo judio errante que querían hacerles daño o quizás algún castigo divino por la corrupción y la sinverguensura de aquellos malandros de oficio que nunca reciben una sanción ejemplar.

Después de haber escalabrado a medio pueblo el solípedo motorizado tiró como un cohete pa' allá arriba de los cerros buscando la vía hacia Chemesquemena esperando de pronto que al agotarse el combustible acabara esa loca tortura que le había agotado hasta el último relincho.

La pezuña del mulo seguía en el acelerador y el pito no dejaba de chillar y en una falda del cerro se tropezó dos arrías de bestias cargadas de víveres conducidas por un grupo de arahuacos que volaron como perdices ante la embestida de el espíritu humano. Los indígenas rozaron esvorcanaos por el precipicio con los animales más atrás
malográndose toda la carga y hasta un par de caballos con esnuncamiento de primer grado dejó aquel desolador panorama.

El mulo siguió filo a filo hacia arriba y del pobre jumento no hay noticia alguna; la moto fue rescatada por los agentes del dinámico coronel Tobo en cercanías de Villa Germania, pero no hay manera de enjuiciar a nadie por la demanda de los indios ya que las únicas huellas encontradas en los manubrios de el aparato corresponden a los candaos de las pezuñas del animal.

Afortunadamente a Iván Gil solo le tocó pagar el mulo y avergonzado se auto extraditó de Pueblo Bello con la esperanza que para la próxima semana santa ya los lugareños hayan olvidado aquel estridente y mañocal episodio producto de un mulo enloquecido manejando una cuatrimoto.

Julio Oñate Martínez