Julio Oñate Martínez
domingo, 14 de junio de 2009
EL MULO Y LA CUATRIMOTO
Julio Oñate Martínez
sábado, 13 de junio de 2009
LAS TRAVESURAS DE WICHO SANCHEZ
Sánchez estaba feliz, pues en el viaje de semovientes se incluyeron cuatro carneras de esas pestaña larga y ojos claros que a él también le habían obsequiado sus admiradores pivijayeros, convencido que en Valledupar les sacaría un buen billete si lograba negociarlas con el Doctor Alfonso Araujo Cotes, líder en Colombia de la importación y cría de cabras y terneros de alto rango. Todo quedo arreglado y sobre el mediodía arrancó Sánchez con la 350 full de cuadrúpedos. Después de pasar fundación se le reventó la correa del ventilador al vehículo y tras conseguirla y cambiarla se lo cogió la nochecita llegando a Caracolicito. Allí se enteró Wicho sobre la prohibición en todo el territorio nacional de transportar ganado después de las 6 de la tarde. Los chirrincheros se la montaron y él sin viáticos para transar, puesto que Zuleta no le dio ni cinco para el viaje, logró sobornar a los celosos defensores de la ley con uno de los carneros de Poncho y así poder continuar el recorrido.
En El Copey estuvo a punto de ser encalabozado por transgredir una ley de la república, pues el cabo de la policía no comía de cuento y ya eran las 7 p.m. Y los celulares aún no repicaban por aquí y ante la imposibilidad de comunicarse con el patrón, y le tocó pagar la multa con otro de los carneros de sangre azul y poder nuevamente coger carretera.
Bosconia es un crucero de ganado en todas direcciones y el comandante del destacamento policivo de allí, era Master en el tráfico de vacunos y además de extrema rigidez para aplicar sin contemplaciones la ley vigente. El vehículo fue inmovilizado y Sánchez tendría que esperar el otro día para continuar su destino. Pero él en Bosconia se movía como pez en el agua por ser el sitio de abastecimiento de la finca y en un granero conocido consiguió a crédito un garrafón de aguardiente y una vez percatado que el teniente del puesto se retiró a descansar, le cayó a los dos guardias de turno, zuletistas de cuerpo entero y a punta de trago los fue debilitando hasta conseguir después de bajar un par de los encopetados caprinos, uno para ellos y otro para suavizar al rígido oficial escabullirse en la oscuridad y en la hoja llegar a pueblo nuevo con su preciado cargamento. “Mi salvación” ya estaba cerca, pero en este sitio festejaban los policías de allí el cumpleaños de un compañero, estaban medio pasmados y hambrientos y Wicho ya en tres quince no vaciló en degollar otro de los nobles carneros de Zuleta y más tarde con las claras del día después de engullirse un suculento guiso con el corazón satisfecho por el deber cumplido llegó a la finca con aire triunfalista informándole a Joaquín Rodríguez el administrador todos los percances y victorias del azaroso viaje.
Con las mismas Sánchez arrancó para Valledupar donde podría asegurar sus pestañonas antes de que Poncho se enterara del ovino descalabro sufrido a manos de los depredadores de la ruta y lo dejara sin hacha, calabaza y miel. Una de las carneras acababa de entrar en calor y el más alborotado de los sobrevivientes al momento de la arrancada pegó un brinco de alto vuelo y cayó en la 350 solo percatándose de esto cuando llegó a Los corazones, donde traspuso la mercancía. Posteriormente dejó el camioncito y la llave donde “el toca” lugar teniente de Zuleta en la época y se perdió en la manigua de garupal.
Solo seis de los doce aristocráticos peligueyes que salieron de Pivijay llegaron a mi salvación. Zuleta enfurecido hasta recompensa ofreció a quien le llevara amarrao a Sánchez para darle su palera y quitarle los animales, pero nunca pudieron encontrarlo. El tiempo que todo lo suaviza fue pasando y cualquier día ambos borrachos y amanecidos se tropezaron en una bebeta donde “Pindengue” y entre requiebro y abrazos y un beber y un beber evidenciaron que entre parranderos la amistad está en primer plano y además es bien sabido por todos que los burros en la sabana se buscan para rascarse y los avispaos de fama se buscan para asociarse.
Julio Oñate Martínez
viernes, 12 de junio de 2009
LA EVOLUCION DEL CANTO VALLENATO
HABLEMOS DE VALLENATO
Rosendo Romero Ospino
lunes, 25 de mayo de 2009
LAS BRASILERAS
Con toda seguridad, ninguna canción ha tocado las vidas de tantas mujeres como esta Brasilera que nos dejó Rafael Escalona. Con el maestro ya sepultado y homenajeado, no está de más tratar de aproximarnos a una verdad que en alguna parte se quedó embolatada.
La primera "brasilera" necesariamente tiene que ser Corina, un merengue del ciego prodigio Leandro Díaz. Compuesta mucho antes de que Escalona lanzara La brasilera, la canción contiene, con milimétrica precisión, la melodía original, aunque su letra original es otra: Yo contaba una morenita / y quise brindarle mi vida / un día fui a hacerle una visita / pero la encontré retraída...
Claro que la encontró retraída. En realidad, Corina Ramos jamás le aceptó galanteos a Leandro. Hoy, con 75 años, me dijo risueña: "Es que Leandro era más enamorao que un perro lanudo".
Tres años después, Leandro regresó con la misma lana y pretendió a la hermana mayor de Corina, Clementina, quien se convirtió para siempre en alma y ojos del ciego.
Ya van dos mujeres y todavía no aparece Escalona en la película. ¿Cómo terminó Escalona con la melodía? La versión más reciente al respecto la cuenta el artista Efraín Quintero. Es aquí donde surge en esta historia algo parecido a una brasilera de verdad.
En una parranda con varios generales de la época, en la hacienda Las Flores, de propiedad de la familia Murgas, estaba como invitada especial una bella brasilera llamada Pia Dos Santos. Leandro cantó allí su Corina y, aprovechando la melodía, los dos se trenzaron en un duelo de versos, en la mayoría de los cuales Escalona cortejaba a la brasilera. De ahí habría surgido: "Yo la conocí una mañana que llegó en avión a mi tierra...". Ese fue todo el contacto de Escalona con la chica que Quintero describe como "de cabello ensortijado y ojos verdes".
Unos días después, Escalona acude a El Bosque, un bar de muchachas en Valledupar. Allí estaba una Zoila, cuyo nombre artístico era 'La brasilera'. Escalona retrajo los versos de Las flores para cantarle a la meretriz. Y ahí van cuatro "brasileras".
Ricardo Gutiérrez, investigador y coleccionista, nos cuenta otra historia. Dice que a Valledupar llegaron tres santandereanas a trabajar en los bares. Una de ella se llamaba Isabella. Gutiérrez dio con ella hace poco y escuchó la historia de sus propios labios. Según ella, Escalona la abordó en el aeropuerto y ella, por meterle picardía, le dijo que era brasilera.
Escalona contó la historia de muchas maneras posibles, diría yo que según al candor del interlocutor. Me temo que al autor de esta columna le contó la versión más cándida de todas, tal como pueden verificarlo en www.laesquinadelcine.com/juglaria/radio/brasilera.mp3.
Julio Oñate, el connotado investigador, me cuenta que en efecto el empresario Luis Murgas trajo a Valledupar al Embajador de Brasil y que éste vino con una despampanante sobrina, con la cual Escalona se dio un baño mítico en el río Marquesote y a la que terminó dedicándole Corina, con "melodía prestada". Sostiene Oñate que unos días después conoció a Sofía (la sexta brasilera) y le acomodó a ella la canción de la Dos Santos. El mismo Oñate me cuenta que en el año 1969 conoció en Valledupar a una hermosa brasilera y que ella le aseguró que era la protagonista del tema. Julio ignora si es cierto o no, pero eso no deja de convertirla en la séptima "brasilera".
Hasta que se me dio por llamar a la familia de Murgas, que tiene por qué saber. Ellos me contaron el viernes la verdadera historia. La tal brasilera no era brasilera, sino en efecto santandereana y a todas luces mujer de bar. Escalona andaba tan enamorado de ella que terminó llevándola a la hacienda Murgas, so riesgo de que las esposas "oficiales" de sus amigos se enfurecieran. Optaron entonces por la salida más fácil: les dijeron a las esposas que la joven estrafalaria allí presente era "una brasilera". Para hacer creíble el embeleco, Escalona tomó la canción de Leandro y le puso letra. ¡Las vueltas que da la verdad!