sábado, 5 de marzo de 2011

LA ETERNA PARRANDA DE DIOMEDES






Por Alberto Salcedo Ramos. Fotografía: Camilo Rozo

De espantapájaros a mensajero, de mensajero a gran estrella y de gran estrella a encarnación de la decadencia, la vida de Diomedes Díaz ha sido desmesurada y desordenada. Luego de casi cuatro años de investigación, el mejor cronista de Colombia la cuenta para los lectores de SoHo como regalo central de nuestro número de aniversario.

1. Gracia y desgracia de un espantapájaros

Ese hombre que desde hace unos minutos se encuentra en la tarima, al lado del presentador, es idéntico a Diomedes Díaz: en la risotada chillona, en la gesticulación teatral. Sin embargo, es difícil hacerse a la idea de que, en efecto, es él, debido a que presenta cambios notables. El rostro está enmarcado por una barba selvática que distorsiona sus facciones. La melena revuelta y el bigote tosco partido en dos mitades espaciadas, como el de Cantinflas, le confieren el semblante de un condenado que acabara de escaparse de su mazmorra. El hecho resulta absurdo: Diomedes Díaz lleva casi un año huyendo de la justicia. No tendría ninguna lógica que se hubiese atrevido a abandonar su escondite, donde es intocable, para exponerse a ser capturado en esta plaza pública repleta de policías. En todo caso, el tipo se parece mucho al cantante: en su pronunciación cantarina, en sus ademanes grandilocuentes.

La escena transcurre en Badillo, pueblo agrícola en el que se celebra, desde hace tres días, el Festival del Arroz. El lugar se encuentra a unos treinta kilómetros de Valledupar, la meca del folclor vallenato. Es una noche de junio de 2001. Muchos espectadores siguen desconcertados, acaso porque no entienden cómo es que un artista tan vitoreado y tan perseguido aparece de pronto entreverado con ellos en esta feria menor. Pero, a fin de cuentas, ¿sí será Diomedes Díaz? Está vestido de un modo que jamás se le ha visto en ningún otro escenario público: con una pantaloneta que deja al descubierto sus muslos flacos y unas alpargatas indígenas. Se ve desaliñado, empobrecido. De repente, el supuesto Diomedes toma un micrófono y dice que su vida no tendría sentido sin el cariño de sus seguidores. Él canta es por ellos, añade después, enfático, mientras se golpea el pecho con la palma de la mano derecha. En seguida, arqueando el tronco hacia atrás, como para gritar con más fuerza, suelta uno de sus estribillos inconfundibles.

—¡Con mucho gustoooooo!

El animador aclara de una vez por todas que no se trata de una alucinación. El hombre que acaba de hablar —agrega, con esa voz estrepitosa típica de los locutores de bazar— es nada más y nada menos que El Cacique de La Junta, señoras y señores, el mismísimo Diomedeeeeeeeeeeeees Díaaaaz. Las cinco mil personas que están arremolinadas en la plaza largan un aplauso que parece interminable. Entonces el animador se explaya en una retahíla de elogios impetuosos para referirse al rapsoda del pueblo, el turpial que mejor trina, el chivo que más mea, el gallo que alborota el corral, el mandacallá de los cantantes. El público delira, ruge. Diomedes se dirige al otro extremo de la tarima, donde se encuentra el conjunto vallenato que participa a esta hora en el festival. Tambalea como si caminara dentro de una canoa en el mar. Se nota que, por la borrachera, se le dificulta mantenerse en pie. Sin embargo, se las arregla como puede para llegar donde el acordeonero y pedirle que entone Tres canciones, uno de sus temas clásicos. En seguida, sin ninguna concertación previa, el grupo comienza a tocar la pieza mientras Diomedes lanza un alarido:

—¡Ay, mujeeeeeereeees!

La multitud acompaña, enardecida, los primeros versos de la canción:

Hágame el favor, compadre Debe,

y en esa ventana marroncita

toque tres canciones bien bonitas

que a mí no me importa si se ofenden.



¿Qué hace el más celebrado cantante vallenato de todos los tiempos trepado en esta tarima de conjuntos principiantes? ¿De dónde salió y cómo llegó a este lugar? ¿No se suponía que andaba huyendo de la justicia que lo solicitaba por el homicidio de su amiga Doris Adriana Niño? Todas las personas que están en esta plaza saben que, en agosto del año 2000, Diomedes fue condenado como reo ausente debido a que había desaparecido de su casa en Valledupar. Desde entonces existen versiones contradictorias sobre su destino. Algunos habitantes de la región murmuran que se aloja en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, bajo la custodia de un escuadrón de paramilitares. Otros comentan que se refugia en una ranchería de indígenas wayúu en la desértica Alta Guajira, frente al mar Caribe, cerca al Cabo de la Vela. Varios noticieros de televisión han mostrado fotografías del cantante en la clandestinidad. En casi todas las imágenes Diomedes exhibe la misma catadura de ermitaño que se le ve esta noche aquí en Badillo: peludo, descuidado. Sin embargo, en esas fotos queda claro que, dondequiera que se encuentre, no está consumiéndose de tristeza ni humillado por su condición de hombre fugitivo. Al contrario, se emborracha con sus compadres, se atraganta de chivo guisado o suelta una carcajada colosal que deja al descubierto el famoso diamante que tiene incrustado en uno de sus dientes delanteros. En las fotos hay músicos endomingados, políticos distinguidos, banquetes generosos servidos sobre hojas de bijao, rondas de gregarios radiantes que baten las palmas. La conclusión forzosa es que Diomedes vive su vida de convicto en una farra permanente, sin pesares y sin remordimientos. Tal deducción es aún más lógica si se considera que, recientemente, los comerciantes informales del centro de Valledupar comenzaron a vender, como la gran novedad musical de la temporada, un disco compacto que contiene la canción inédita El tigrillo, grabada por Diomedes en una parranda furtiva en su escondite.

Oiga, primo Alejo,

tráigame el jabón

que me meó el tigrillo

y no aguanto el olor.



Tanto las fotografías como la grabación clandestina generan reproches. El comentario generalizado es que Diomedes Díaz se burla de la justicia colombiana. A estas alturas nadie cree que las autoridades realmente ignoren dónde se esconde, pues su paradero es la comidilla preferida de los chismosos de la comarca. Algunos dicen que lo han visto en la hacienda de su ex mánager y compadre Joaquín Guillén, ubicada en el caserío conocido con el nombre de El Alto de la Vuelta. Otros advierten que se oculta en su propia finca, llamada La Virgen del Carmen. Las malas lenguas cuentan que hasta se da el lujo de ir ciertas noches a Valledupar para dormir con su mujer, y que, en tales casos, franquea sin problemas los retenes del Ejército. En este punto los más suspicaces abren un paréntesis para recordar una historia que ocurrió a finales de 1999, cuando a Diomedes Díaz se le adelantaba el proceso judicial por el presunto delito de homicidio agravado. En vista de que padecía el Síndrome de Guillain-Barré —un trastorno del sistema nervioso—, fue exonerado temporalmente de la medida de aseguramiento proferida en su contra, y por esa razón no estaba en la cárcel, como ordena la ley, sino aposentado a placer en su propia casa. Pese a la enfermedad, por esos días se internó en un estudio fonográfico, donde grabó con el acordeonero Franco Argüelles su disco Experiencias vividas. Pues, bien: cuando cantó la canción Cabeza de hacha, Diomedes le envió al comandante regional de la Policía el más ruidoso y zalamero de sus saludos:

—Mi coronel Ciro Hernando Chitiva: ¡insignia nacionaaaaaaalllll!

Los más maliciosos se preguntaban si el comandante de la Policía se atrevería a capturar a Diomedes después de ese saludo tan efusivo. Pero, además, en los altos círculos sociales de Valledupar se sabía que el coronel Chitiva y Diomedes eran compañeros de parranda. En aquel diciembre de 1999 los funcionarios de la Fiscalía General de la Nación que manejaban el expediente intentaban verificar si la enfermedad del acusado era cierta o si se trataba de una coartada para evadir la justicia. En caso de que fuera lo segundo, la medida de aseguramiento recobraría vigencia y, por tanto, Diomedes sería trasladado de su casa al calabozo. A mediados del año 2000 un perito enviado a Valledupar por la Fiscalía conceptuó que Diomedes se encontraba en perfecto estado de salud. El Guillain-Barré, si acaso existió, era ya un asunto del pasado: Diomedes disfrutaba plenamente de su capacidad de locomoción. Había que ponerlo inmediatamente tras las rejas, como establece la ley. Justo en ese momento decidió escaparse, un gesto que no podía entenderse sino como un desafío a las autoridades judiciales. Entonces los malpensados recordaron el saludo de la canción Cabeza de hacha. La amistad entre el cantante sindicado y el coronel encargado de su arresto se volvió un tema inevitable en las habladurías callejeras. Nadie entendía por qué los escondites de Diomedes Díaz, frecuentados por romerías de parranderos, resultaban invisibles para los agentes de Policía del departamento del Cesar. La prensa nacional e internacional no tardó en referirse a esta situación anormal. El enviado especial de The Financial Times, James Wilson, publicó un reportaje en el que aseguraba que Diomedes se hallaba resguardado en su finca La Virgen del Carmen, localizada a unos cuarenta kilómetros de Valledupar. El columnista D'Artagnan, quien normalmente escribía sobre cuestiones políticas, exigió en su columna de El Tiempo que Diomedes fuera apresado de una buena vez para que respondiera por el delito que se le imputaba. Pero quienes pensaban como él conformaban una parte reducida de la sociedad. La mayoría de la gente percibía la muerte de Doris Adriana Niño como un simple gaje de la parranda, una jugarreta del destino por la cual no se justificaba interrumpir la celebración que los tenía a todos tan contentos.

Tan contentos como lucen los espectadores esta noche en Badillo. Es evidente que entre ellos no hay nadie que quiera ver a Diomedes encarcelado. Ni siquiera los agentes que custodian la plaza, quienes en vez de echarle el guante disfrutan de su presentación como meros fanáticos. Y ni hablar del resto del público: muchachos que se extasían al verlo actuar, mujeres que se sienten tocadas por su canto. Los rostros de todos ellos indican a las claras que están dispuestos a perdonarle cualquier barbaridad con tal de que siga cantando. Y lo que Diomedes hace ahora, justamente, es seguir cantando. La canción que entona es una de las más celebradas de su extenso repertorio:

Para qué me quieres culpar

si tú eras para mí como agua pa'l sediento

acaso no recuerdas ya

que me sentí morir sin la miel de tus besos.



Lo que sucede esta noche en Badillo es lo acostumbrado en los escenarios donde actúa Diomedes Díaz: los seguidores parecen más interesados en idolatrarlo a él que en regocijarse con sus canciones. Algunos se muestran alelados, los de más allá agitan sus pañuelos. En los conciertos de los otros cantantes vallenatos el público quiere divertirse, básicamente. Los asistentes cantan, tocan las palmas, brincan, bailotean. Pueden pasarse la noche entera sin mirar hacia la tarima donde se encuentra el conjunto, porque para ellos lo que cuenta es su propia alegría. Se entregan al deleite que produce la música y se desentienden del intérprete. En los conciertos de Diomedes, en cambio, el público necesita admirarlo a él. Miles de hombres y mujeres que se habían cuadrado para bailar quedan de pronto petrificados, como si el canto fuera un conjuro que les arrebatara el movimiento. Y se dedican a observarlo nada más. Maravillados, sometidos. Entonces, lo que antes era puro disturbio de los sentidos, gozo en su estado más primitivo, se convierte en culto pagano. Los concurrentes ya no son simples parroquianos en busca de esparcimiento para amortiguar el cansancio o brindar por sus logros, sino feligreses que se postran ante su Mesías. A menudo, los fanáticos pasan de la adoración sosegada, contemplativa, a las expresiones de idolatría más delirantes: una chica se arranca el sostén y lo lanza con fuerza hacia la tarima. Otra se quita el calzón y lo hace girar, desafiante, en su dedo índice levantado como el asta de una bandera. Un muchacho descamisado alza un cartel que tiene escrita la siguiente frase: "eres lo máximo, DIOSmedes". Una señora borracha se tira al suelo y se suelta el cabello. Un joven que conoce la devoción de Diomedes por la Virgen del Carmen carga una figura de la santa que mide más o menos metro y medio de alto. Otro, enterado de que a Diomedes le gusta la colonia Jean Marie Farina, le ofrece un frasco.

Ninguno de esos episodios extremos se registra esta noche aquí en Badillo. Entre otras cosas porque los habitantes no sabían que Diomedes venía. Lo que sí se ve, desde luego, es la misma veneración de siempre. En este momento la muchedumbre canta en coro con él.

Y hoy cuando de la nube te bajas

Es demasiado tarde, qué vaina

Pues ya no queda nadaaaaaaaaa

De aquel amor tan grandeeeeeeeee.



El fervor del público es motivado, en parte, por una característica de Diomedes que sus allegados definen como carisma. Es una capacidad única de hacerse notar en cuanto llega, de atraer a la gente. Según algunos de sus amigos más cercanos, se trata de un don innato con el cual Diomedes empezó a cautivar a sus interlocutores desde mucho antes de ser famoso. Los ejemplos abundan. Cuando Diomedes tenía nueve años desempeñaba el oficio más triste que le haya tocado realizar a niño alguno en la región: era espantapájaros. El periodista Luis Mendoza Sierra, su biógrafo y amigo, cuenta que en aquella época Diomedes se calaba un sombrero rojo, se calzaba unas abarcas hechas por él mismo con llantas viejas y se ponía una camisa manga larga de algodón. Con ese atuendo se paraba en la mitad del cultivo de maíz que le había sido encomendado por su patrón, y comenzaba a ahuyentar a cuanto pájaro se arrimaba a picotear las matas. Para no aburrirse en la inmensidad de aquel sembrado expuesto al sol bravo de La Guajira, el chiquillo cumplía su tarea a punta de música: hacía sonar un palo contra una lata vieja, mientras cantaba coplas compuestas por él mismo:

Yo llegué de Carrizal

porque me buscó Teodoro

pa' que viniera a espantar

perico, cotorra y loro.

Pericos que no me jodan

que no me jodan, carajo,

si se comen las mazorcas

me botarán del trabajo.



Según cuenta Jaime Araújo Cuello, otro amigo de infancia, la primera vez que Diomedes entonó esas coplas varios indígenas de la etnia wayúu que cuidaban una parcela contigua a la finca donde él trabajaba como espantapájaros se arrimaron a la cerca común y se dedicaron a contemplarlo, fascinados. Cuando el niño descubrió que lo observaban, se quedó en silencio. El mayor de los indígenas le dirigió la palabra.

—¡Hey, niño, sigue cantando!

El niño, malicioso, vio en seguida el camino que se le abría gracias a su voz cautivadora.

—Lo que pasa es que yo tengo hambre, indio. Si me das una totuma de café, canto.

De ese modo aprendió a defenderse desde temprano usando su canto como moneda de cambio. Un día lo trocaba por un trozo de panela, otro día por una ración de carne molida, después por una arepa, y así.

El canto fue también su talismán cuando la familia se mudó de Carrizal, donde él nació, para Villanueva. Entonces, a sus once años, era uno de los niños vendedores de fritos que merodeaban por el colegio del profesor Rafael Peñaloza. En los recreos, recuerda el compositor villanuevero Rosendo Romero, aquellos niños se tomaban en bandada el patio de la escuela. Diomedes tenía la costumbre de amenizar su venta entonando versos improvisados, lo cual entusiasmaba a la clientela. Así, mientras los otros niños necesitaban toda la mañana para deshacerse de sus fritos, Diomedes vendía los suyos en un soplo.

—A él se le vio desde pelao que tenía un gancho poderoso para jalar a la gente —dice Romero.

En 1975, cuando contaba dieciocho años, Diomedes se enseñoreaba con su magnetismo por las instalaciones de Radio Guatapurí, en Valledupar, donde trabajaba como mensajero. Había conseguido ese empleo con el único fin de dar a conocer sus canciones entre los cantantes y acordeoneros que frecuentaban la emisora. En aquel momento lo que más le impresionaba a la gente que se topaba con él eran sus zapatos de tonos vivos. Curiosamente, todos los zapatos que usaba eran del mismo modelo: solo se diferenciaban en el color: unos eran marrones, otros azules, los del día siguiente rojos. Los compañeros estaban intrigados: no entendían cómo se las arreglaba el mensajero para comprar tantos pares de zapatos con el sueldo mínimo que devengaba. Fue el locutor Jaime Pérez Parodi quien resolvió el misterio: el muchacho solo tenía, en realidad, un par de zapatos, pero para aparentar que tenía muchos los pintaba diariamente de un color distinto. Tal vez por pudor quería disfrazar su pobreza, dice Pérez Parodi. O tal vez suponía que para sus planes de ser cantante resultaba inconveniente mostrarse como un hombre necesitado. Lo cierto es que en aquella época los zapatos de Diomedes se robaban las miradas de todo el mundo.

—Pero eso sí —concluye Pérez Parodi—: puedes jurar que si el tipo hubiera estado en chancletas o descalzo, de todos modos hubiera llamado la atención.

Marciano Martínez, protagonista de la película Los viajes del viento y compositor, dice que Diomedes es dueño de un carisma que no tiene ningún otro cantante de vallenato.

—Si tú paras a Jorge Oñate o a Iván Villazón en esa esquina —explica— no va a faltar el que los reconozca y los salude. Pero tú sabes que el único que puede revolucionar el gallinero es el papá de los pollitos, y ese es Diomedes. Pon a Diomedes en esa esquina, y verás esta calle nublada de gente en menos de treinta segundos.

El compositor y folclorista Félix Carrillo Hinojosa apela a una metáfora para explicar el fenómeno: Diomedes no se hace sentir en la selva con el rugido autoritario del león sino con el trino armonioso del sinsonte. En vez de intimidar, encanta, pero ese encanto deriva, de todos modos, en una forma de poder. Cuando Diomedes canta, deslumbra, conquista, desarma, se impone. Su canto le sirve lo mismo para granjearse favores que para predisponer a la gente a ser indulgente con sus errores. Quizá por eso —reflexiona Carrillo— Diomedes se acostumbró desde muy joven a la idea de que la Tierra gira al compás de su canto.

—Yo ya perdí la cuenta de las veces que he dicho: a ese hombre no vuelvo a hablarle nunca más. Pero resulta que cuando me lo encuentro no solo le hablo, sino que hasta me dan ganas de darle un beso.

Esa es la misma indulgencia que manifiesta hoy el público de Badillo. A las cinco mil personas que rodean la tarima les tiene sin cuidado que Diomedes sea prófugo de la justicia. Están hipnotizadas, sencillamente, por el trino del sinsonte. Claro que aquí, en esta selva, también se sienten los rugidos intimidantes de los leones: varios paramilitares armados hasta los dientes se pasean por los cuatro puntos cardinales de la plaza, advirtiéndoles a los espectadores que por nada del mundo deben grabar a Diomedes, ni tomarle fotos, ni decir siquiera que lo vieron cantando en el pueblo.

***

Curioseo desde un automóvil los distintos sitios en los cuales se ocultaba Diomedes Díaz cuando andaba fugitivo. Me acompañan dos hombres cercanos a él: José Rafael Castilla Díaz, su sobrino, y Javier Ramírez, hermano de una de sus muchas ex amantes, una mujer con la que tiene dos hijos. En el centro de la carretera asfaltada veo una línea amarilla como un tajo y a los lados una vegetación estropeada por la sequía: zarzales, trupillos, ortigas, la flora típica de los parajes inhóspitos de esta región. El sol canicular nos anuncia la inminencia del desierto. Es enero de 2008. Esta es mi segunda travesía larga tras las huellas de Diomedes. El año pasado, por esta misma época, hice el primer viaje: entonces recorrí durante varios días, como lo he hecho ahora, un montón de lugares en los departamentos de Cesar y La Guajira.

Hemos transitado ya por las tres fincas que le servían a Diomedes como burladeros. Dos son de su propiedad: Las Nubes y La Virgen del Carmen. La otra —llamada El Limón— es de su ex mánager y compadre Joaquín Guillén. Las tres son fácilmente visibles, ya que se encuentran al borde de la carretera. Si uno sale en carro desde Valledupar llega a cualquiera de ellas en menos de dos horas. Todo el mundo en la región sabía que cuando Diomedes estaba prófugo vivía rotando permanentemente entre estas tres fincas. Sin embargo, acceder a él resultaba complicado debido a que contaba con la protección del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Para visitarlo en sus guaridas durante aquel periodo había que pertenecer a su círculo íntimo de amigos y familiares. O ser un líder importante dispuesto a prometerle dinero o tráfico de influencias judiciales, a cambio de ser admitido en el Olimpo de sus parrandas. Me pregunto por qué las autoridades fueron incapaces de capturarlo en este territorio expedito, libre de montañas y boscajes.

Pasamos ahora frente al río Badillo, el mismo que fue inmortalizado por el compositor Octavio Daza en una canción preciosa grabada por los hermanos Zuleta. Se me viene a la memoria la fundación de Macondo, el mítico pueblo de Cien años de soledad: también este río se precipita por un lecho de piedras blancas y pulidas, aunque no tan enormes como huevos prehistóricos. Súbitamente, la naturaleza, que hace un rato era desértica, ha adquirido un verdor magnífico. Veo un cultivo de arroz, una plantación de palma, un estanque rodeado de garzas y una campiña recién podada que parece un campo de golf. Justo cuando empiezo a pensar que los paisajes de la región predisponen el alma para la música, oigo la voz de José Rafael, el sobrino de Diomedes. Habla con la cadencia melódica de los guajiros. Uno podría ponerles de fondo a sus palabras una caja y una guacharaca, porque evidentemente su modulación cantarina es ya el preludio de un paseo vallenato. Al divisar estos horizontes de postal y percibir las melodías que afloran en las conversaciones cotidianas de la gente, entiendo por qué en La Guajira y el Cesar el talento musical brota silvestre como la verdolaga. Sería absurdo explorar la vida de Diomedes Díaz sin detenerse a observar los crepúsculos y los ríos que definieron el derrotero de su voz. Porque a fin de cuentas él no es génesis sino síntesis de una cultura fundamentada en la riqueza oral y en la contemplación romántica del Universo.

A estas alturas del viaje me dan ganas de oír otra vez los clásicos en los cuales Diomedes celebra su entorno. Oír, por ejemplo, la canción de la montañita donde "hay un palo e' cañaguate", y luego la canción del cardón guajiro al que "no marchita el sol", y después la canción del arbolito que sembró tu padre en el potrero y que "es el fiel testigo de lo mucho que sufría por ti", y en seguida la canción de la tierra que "pa' calmar su sed y cerrar sus grietas necesita lluvia". Las oigo en la memoria, claro, y siento ganas de destapar una botella de whisky Sello Negro para brindar por los únicos tres asuntos que, según el poeta vallenato Luis Mizar, justifican una parranda: la salud de la familia, la felicidad de los amigos y cualquier otro motivo. A continuación, ya entrado en gastos, dejo que siga fluyendo la discografía de Diomedes. Me conmuevo al oír de nuevo Camino largo: bailando esa pieza, hace mucho tiempo, una muchacha de piel canela me juró un amor eterno que solo duró dos años. Ahora, traída a mi mente por la canción, la muchacha me renueva el juramento. Y al hacerlo se le forman en las mejillas los dos hoyuelitos que tanto me gustaban. Me pongo melancólico al escuchar Sueño triste, esa canción estupenda en la que el compositor Calixto Ochoa nos cuenta cómo fue que en una pesadilla vio su propio cadáver. Me digo que hay que oír después algo alegre. ¿Qué tal la versión en parranda de El cordobés, el merengue magistral de Adolfo Pacheco? Entonces me resuena en la conciencia el acordeón de Juancho Rois: qué merengue tan sabroso, carajo. Noto que mi pie derecho empieza a moverse por su cuenta, como si tuviera voluntad propia. Y descubro que estoy a punto de gritar a los cuatro vientos una frase típica de los parranderos de la región:

—¡Ay, Dios mío, con este disco cualquiera se bebe una plata ajena!

La historia de Diomedes era la historia de todos estos asuntos placenteros de la cultura popular: paisaje, magia, poesía, bohemia, sentimiento. Pero él la convirtió en un caso de página judicial salpicado de temas terribles: drogas, homicidio, paramilitares. Justo cuando habíamos caído rendidos ante la versión feliz del Quijote que sí pudo derrotar a los molinos de viento, el protagonista se nos volvió un antihéroe de vergüenza. Teníamos entre manos una leyenda romántica que nos servía, por lo menos, para ponerle una banda sonora bonita a nuestros conflictos de cada día. Eso nos hacía suponer que para consolarnos bastaba con abandonar de vez en cuando el territorio del drama para refugiarnos en el del canto. Pero aquello era un simple espejismo: hoy sabemos que no existe ninguna diferencia entre el país que anda de rumba y el país que se derrumba. El rapsoda que nos permite repetir en nuestra memoria ciertos amores ya extinguidos, el que perpetúa con su voz los soles que nos calientan y las lluvias que nos refrescan, el que universaliza nuestras costumbres, se transmutó en un bárbaro más. Siente uno ganas de entonar un "ay hombe" tristísimo por el curso que tomó esta historia.

Lo que dice José Rafael Castilla con su voz melódica es que, al parecer, después de llevar tanto tiempo amenizando parrandas privadas en la clandestinidad, Diomedes sintió que necesitaba cantar frente a un auditorio nutrido. Por eso se presentó en la tarima de Badillo. Es un hecho cierto —añade Javier Ramírez— que tomó la descabellada decisión bajo los efectos del licor, posiblemente contra la voluntad de los allegados que estaban con él en aquel momento. Los dos hombres me han revelado durante el viaje los detalles suficientes para recrear la escena de Diomedes en la plaza de este pueblo al que acabamos de arribar. El sitio en el que hace siete años Diomedes cantó su aclamada canción Amarte más no pude está invadido ahora por una gavilla de cerdos escuálidos que husmean un promontorio de estiércol. La música, la bendita música, suele exaltar realidades que, vistas a fondo, son pedestres. Supongo que eso era, sobre todo, lo que el público le aplaudía a Diomedes aquella noche de junio de 2001: su capacidad de magnificar, a través de esa voz bellísima, ciertas cosas de la puñetera vida que a la hora de la verdad son feas. En este sentido, cantar es corregir y, por tanto, curar. En la cotidianidad es triste, por ejemplo, ver cómo los indígenas de La Guajira, pese a habitar en un territorio rico en recursos naturales, viven en una situación penosa. Pero justo cuando uno se detiene a observar esa realidad, Diomedes se pone a cantar:

Compadre, yo soy el indio

que tiene todo y no tiene nada

trabajo para mis hijos

vendo carbón y pesco en la playa

yo soy el indio guajiro

de mi ingrata patria colombiana

que tienen todo del indio

y sin embargo no le dan nada.



Así, el problema se vuelve un asunto bailable. Muchas de las personas que siete años atrás estaban congregadas en esta plaza, seguramente eran conscientes de que Diomedes les había ayudado a convertir en canto lo que antes era desencanto. Y muchas de esas personas llevaban entonces un cuarto de siglo oyéndolo cantar. La música de Diomedes les había allanado el camino para seducir, enamorarse, copular, multiplicarse, amenizar sus bautizos, solazarse en sus cumpleaños, celebrar sus navidades, alimentar sus nostalgias. Luego estaban sus hazañas comerciales: en un país infestado de piratería, él había vendido veinte millones de copias y cosechado veinticinco discos de platino y veintitrés de oro. Mientras la recua de cerdos flacos corre espantada hacia uno de los rincones de la plaza, recuerdo lo que me dijo Guillermo Mazorra, productor de la Sony Music, cuando lo entrevisté en Bogotá: Diomedes Díaz es el único artista vallenato que podría pasar diez horas seguidas cantando solo éxitos, "sin repetir ni una canción". Y también recuerdo la hipérbole maravillosa que utilizó el productor musical Óscar Fabián Calderón para referirse a este tema:

—Cuando ese hombre estaba en su época de oro, primo, los discos que sacaba al mercado le sonaban hasta en las licuadoras.

Los cerdos se pierden de vista en uno de los callejones. Y yo lamento una vez más —ay, hombeeee— que la fábula del espantapájaros más gracioso de nuestra historia se haya convertido en una novela de horror.

domingo, 30 de enero de 2011

HOMENAJE PA´L BAILADOR





Por: Laura Ardila Arrieta

La vida del Hijo Mayor de Cartagena, que ha puesto a bailar a tres generaciones en el país y en el mundo, es mucho más que los excesos y desórdenes que ha protagonizado. Perfil de un genio del Caribe.

1.La música no tiene tabú, te cambia tristeza por gozo. Oh, oh, oh, ¡vine duro, ya avisé!

Musa original

El 31 de octubre de 1955, todos los aguaceros que habían azotado Cartagena a lo largo de un mes parecieron juntarse en menos de un minuto para acabar con ella. El agua comenzó a caer desde temprano y a ablandar la tierra del cerro de La Popa que, por la tarde, se deshacía sobre los precarios barrios cercanos a la montaña: Torices, Bruselas, Canapote, Daniel Lemaitre… En una escena de espanto que no es desconocida para la ciudad ni para algunos en el país, aquel día llovieron piedras, llovieron palos.

Ángela González era una negraza delgada, de caderas anchas, que por la mañana aprovechó el surtido del cielo para lavar la ropa y asear un poco su vivienda del sector de Nariño, en las faldas de La Popa. A eso se dedicó hasta que la urgencia de los dolores le reveló que el momento de parir era inminente. Se secó, se arropó el barrigón y se acostó a esperar la llegada del marido: el albañil Guillermo Arroyo.

Cuando el hombre llegó al hogar por la noche, los gritos de Ángela se confundían entre los truenos, que con los relámpagos le daban a la circunstancia un aire de película de horror. María, si es niña, y Álvaro, si es niño; habían conversado en alguna ocasión anterior. Poco importaba eso ahora: la mujer estaba que paría, el barro ya inundaba la casucha y Guillermo tenía la certeza de que en esas condiciones no encontraría un transporte hacia el hospital en kilómetros a la redonda. Película de horror.

Madrugada. El niño a punto de llegar. El agua, negra, a la rodilla. La oscuridad. Desesperado, Guillermo Arroyo les arranca a sus pocos muebles pedazos de plástico con los que arropa a la mujer, que asegura no poder más. La levanta como a un bebé. La saca a la calle. A la esquina. Un minuto, muchos minutos, una hora, dos horas. Año y medio de amores y nueve meses de embarazo se redujeron de pronto a una esquina oscura, bajo la lluvia.

De repente, un milagro. Un bus. “Un bus de palito”, que llaman en Cartagena, de esos de tabla que se parecen a las chivas. Guillermo sacó la mano y esperó. El conductor, que transportaba a un grupo de músicos ebrios y, por supuesto, escandalosos, se detuvo. El mejor momento del día ocurrió cuando arrancaron hacia el hospital Santa Clara (sí, el mismo que luego se convirtió en un lujoso hotel, en pleno Centro Histórico de la ciudad), con una inesperada banda sonora al fondo que celebraba el nacimiento: unas trompetas borrachas, un tambor desafinado y un iluminado filósofo que gritaba: “¡Párale bolas, que ese pelao va a ser músico!”.

2.Qué inolvidable es la noche, qué romántica noche, cuando besé tu boca de grana, ¡bella noche!

La noche

Hace 55 años, el 1º de noviembre, vio la luz del sol el llamado Hijo Mayor de Cartagena. El considerado genio de la música popular, que por pura intuición supo combinar los mejores y más sabrosos aires del Caribe y de la sabana en un plato que tiene bailando al país entero desde hace más de tres décadas, bautizado como el ‘joesón’. El mulato de la voz de tarro, cuyo timbre ha sido comparado con el de Celia Cruz y cuya obra ha sido objeto de atención de la televisión inglesa y de diarios como The New York Times. El hombre de la vida celebrada por Rafael Cortijo, Richie Ray, Bobby Cruz, Ralph Mercado y un largo etcétera de grandes.

Se crió sobrado de carencias, en las calles del barrio Nariño, un populoso sector de ‘La Heroica’ habitado históricamente por negros provenientes de Palenque. Sin contar con 10 años ya era el mayor de tres hermanos y la cabeza del necesitado hogar, que Guillermo, su padre, abandonó muy temprano. La vivienda era de madera y quedaba en una esquina, sin alcantarillado ni agua potable. En promedio cada tres días el Joe iba a buscar el líquido a la casa del viejo Jericó, el único vecino que tenía el servicio, encajada en una loma que sube a La Popa. Era una cuadra larga de camino. El niñito subía y bajaba siempre cargando una lata grande, en la que alguna vez se envasó aceite. Iba cantando. Metía la cabeza en la lata y cantaba. Casi todas eran canciones de Raphael. Y cuenta la historia, y cuenta el mismo Joe, que el ejercicio le sirvió para educar la voz. “Para saber los defectos, para conocer los altos y los bajos. Las exageraciones y las deficiencias que yo tenía”.

El niñito estudió primaria y secundaria en el colegio Santo Domingo, del Centro. Se vinculó a la Coral Cartagena y algunos domingos cantaba la misa. Pero pronto cambió la misa por los prostíbulos y allí, presentándose con orquestas menores, se entrenó y estrenó en el oficio que desde entonces no ha podido abandonar: se entrenó en la noche.

La noche lo llevó a Barranquilla, donde, jovencito, de 15 años, cantaba con una orquesta llamada La Protesta, los fines de semana en las playas de Puerto Colombia. En esas estaba cuando el compositor Isaac Villanueva le presentó al teso mayor, Fruko, que ya tenía cantando a Colombia entera con la voz de ‘Piper’ Pimienta. El maestro buscaba cantante para su agrupación y ya habían sido muchos los llamados, pero pocos los elegidos. Mejor dicho, ningún elegido, hasta que el Joe entró en la escena.

Horas después, el Joe Arroyo grababa en los estudios de Discos Fuentes, en Medellín, la canción El ausente, de autoría de Villanueva. Inesperadamente, Fruko le gritó delante de todos los músicos que lo observaban a través del cristal de la cabina de grabación: “¡Joe, anima!”, pero el Joe no sabía qué significaba para su jefe “animar” y, del susto, sólo se le ocurrió hacer un sonido gutural, como un relincho, que desde entonces lo identifica en casi todas sus canciones.

Aquella tarde, la vida de ambos se partió en dos y el Joe conoció el éxito con Fruko y Fruko alcanzó mucha más gloria con el Joe. Para ilustrarlo, para sentirlo, para querer bailarlo, basta con mencionar los siguientes títulos: Tania, El caminante, Manyoma, Palenque y Confundido.

3.Miserable, agresivo, se ha atrevido a limpiarse en el nombre que forjé. ¡Maldad, maldad!

Inocente

Doctorado en excesos y desórdenes con Fruko, celebrado en el mundo entero, reconocido colega de Héctor Lavoe y de El Gran Combo de Puerto Rico, entre otros, en 1981 el Joe Arroyo funda de manera oficial, con 14 músicos, su propia orquesta: La Verdad, un proyecto que venía ideando desde 1975. Es decir, que llevaba más o menos seis años hablando de él. “Ya sabes que cuando yo vaya a armar mi orquesta tú estás ahí, ¿ah?”, les decía a sus compañeros, “ya tengo todo casi listo pa mi orquesta”, y así durante un mes, dos, tres, 12, 24. Hasta que sus propios amigos comenzaron a decir: “Ah, esa orquesta del Joe es la mentira”. Pero fue su Verdad.

“Yo ya sabía que, erdaaa, estos manes me la estaban montando, así que apenas me salieron unos contratos, dije: voy a grabar. Grabé y Barranquilla me abrió las puertas. Se fueron dando las cosas”.

Pero en 1983 el Joe vivió uno de sus peores años. Armó su orquesta, contrató a los mejores músicos, tenía mucho dinero para pagarles, pero la salud y el bolsillo le cobraron unas cuentas pendientes. Lo relata su biógrafo, el periodista Manuel Lozano, que prepara un libro sobre su vida, pero mejor que lo cuente el propio cantante: “Yo tenía que pasar por ese horno tan fuerte. Simplemente, me mandé, me di el lujo de pagarles grandes sumas a los artistas que quería que tocaran conmigo, aunque las presentaciones no daban lo que yo gastaba. El billete se me fue y quedé limpio y sin manchas”.

“Me salió un bulto grande en la garganta, porque sufría de tiroides. Me puse delgadísimo, seguía consumiendo y llegué a cantar en un estado que… Pero Dios es muy grande, yo lo he sentido y lo estoy palpando”.

4.Yo que nací en cuna pobre, oye Papá, nunca me ha faltado nada, desde muy niño luché por conseguir la fama.

A mi Dios todo le debo

Claro que el Joe se levantó. Y nos regaló, con La Verdad, canciones como Amerindio, Tumbatecho, Yamulemau, El centurión de la noche (le encanta cantarle a la noche), Te quiero más y, nada más y nada menos, La rebelión, esa hermosa historia de amor negro, tan bellamente contada.

Cuenta Luis Ojeda, su mánager desde hace 28 años, que en 1992, durante un festival de música en Sevilla, España, un personaje de la realeza de ese país le pidió al Joe que cantara La rebelión. “No recuerdo quién fue”. El hombre no dudó en complacerlo. La cantó, pero la frase que reza “español con el alma negra” la cambió gentilmente por la de “español con el alma buena”. La respuesta del noble lo dejó mudo: “No, no, no, no, a mí me la cantas como es”.

Hoy el Joe Arroyo, Alvarito, el hijo de la vieja Ángela, el que nunca te olvida y te pone bacano porque hay baile hoy, es el tranquilo abuelo de Tania, de dos años, en homenaje a la hija que se le murió temprano por un problema del corazón. El padre orgulloso de la Tatico y la Pelotis, a quienes menciona en casi todas sus canciones. Y de Dinkol y de otros cuatro muchachos. El esposo de Jackeline Ramón, estadounidense, hija de colombianos, que le ha regalado a sus años de quietud toda la paz que éstos requieren. La que se quedó viviendo en su corazón, ahí, donde tantas otras tuvieron asilo.

El Joe no ha muerto, como lo aseguran de tanto en tanto en alguna calle, en algún medio de comunicación. El Joe sigue cantando y viviendo plenamente en la tarima, aunque su timbre ya no sea el de antes. Y qué. ¿Hasta cuándo vas a cantar? “Hasta que Dios diga ya no más”.

“Hasta que me muera, mi hermana”.

El Joe tendrá estatua en Cartagena

De tres metros, en bronce, será la estatua del Joe Arroyo, el Hijo Mayor de Cartagena, que la alcaldesa de esa ciudad, Judith Pinedo Flórez, inaugurará en la nueva plaza ‘La Rebelión’, durante la presentación y puesta en funcionamiento del sistema de transporte Transcaribe. El lugar será el homenaje que ‘La Heroica’ le hará al Joe y estará ubicado en el Castillo de San Felipe, donde funcionará uno de los portales del Transmilenio cartagenero. El empresario artístico Ángel Thorrens está liderando la iniciativa y cuenta que se realizará una campaña nacional, con la empresa Servientrega, para que quienes quieran participar en el homenaje donen las llaves que no usen, con el objetivo de que le sirvan al escultor Aníbal Alvarado en su empresa. La vida y obra del Joe Arroyo serán celebradas este año en los festivales de la Hamaca Grande y Cartagena Caribe. “Pero más que un homenaje, queremos impulsar un estudio permanente de la obra del hombre. Además de la estatua, esto incluye un libro, una fundación y una cátedra en los colegios y universidades de la ciudad”, añadió Thorrens.

Ponte bacano que hay baile hoy

Tres corazones

Peligro, peligro, suena el telefonito. Sin que abuse del amor, estoy dispuesto a darle final messié, jamás me imaginé que lo tenía por costumbre. Y así yo me quité todas tus sombras de noche.

La tortuga

Estaba la tortuga bajo del agua, bajo del agua, bajo del agua, haciendo su ruido, como cosa mala.

Suave bruta

Recibió un beso Martica primera vez en su vida, sobre la balsamina del patio de Bertilda. Suave bruta, no trate al hijo ajeno así. Suave bruta, no trate al hijo ajeno así.

viernes, 28 de enero de 2011

UN LOCO MUY CUERDO



Por: Élber Gutiérrez Roa

Más de mil temas grabados en medio siglo de carrera son el legado de una leyenda de la música tropical colombiana que se las arregló para hacernos dudar de su lucidez.

El viejo sofá de soltero ya no es de cuero ni café. Sobre su tapiz verde descansa Gustavo Quintero con los pies recogidos, abrazado a tres almohadas, gafas oscuras, gorra en vez de sombrero y su inefable chaleco de cualquier color. El amarillo tenue en las paredes delata las sombras que se aproximan, pero él sigue impávido y medio sonriente.

— “Hombre, qué pena con usted. Es que mi mujer habla mucho y me quedé dormido en menos de dos horas. Estaba viendo un programa sobre los extraterrestres, esa gente que viene a ayudar y a ver las cosas que pasan en la Tierra. Si no es con su ayuda, de dónde iban a sacar semejantes piedras para construir las pirámides de Egipto. Y como que Noé también viene por allá de un extraterrestre. Es que hay un montón de cosas que lo hacen a uno como cabriar”.

El ‘Loko’ Quintero no bromea. Habla en serio y se enoja con cierta frecuencia, pero tiene el problema de que lo dice con una mueca de desparpajo similar a la de quien narra un chiste. Tal vez por eso los negocios de la familia los maneja Consuelo Ruiz, la mujer que conoció hace 35 años y con la que tiene tres hijos: un piloto de 26 y dos mellizos de 22. Javier Gustavo acaba de llamar a contar que le fue bien en su primer sobrevuelo en solitario por el oriente antioqueño. Melissa se quedó en EE.UU. terminando medicina en la U. de la Florida.
Y Jonathan está en su habitación —contigua a la sala en la que descansa el padre—, recuperándose de la lesión de rodilla que sufrió cuando venía de EE.UU. a probarse como nuevo pupilo de Mauricio Chicho Serna, hoy leyenda del balompié colombiano. En un año podrá volver a las canchas.

Consuelo mira complacida hacia el viejo sofá y recuerda su época de bachillerato, cuando Gustavo ya era El ‘Loko’ Quintero, y hacía presentaciones esporádicas en Planeta Rica, Córdoba, donde ella lo conoció. Ni la miraba, porque andaba de novio con Olga Lucía Angulo, una de las mejores nadadoras de Colombia. Después se casó con Mónica Helberg, judía alemana de quien ahora no habla. Coqueteó con mil mujeres y al final escogió a la muchacha de Planeta Rica, a la que le habían advertido que si se metía con el músico no alcanzaría a graduarse de abogada. La joven no llegó a jurista por dos semestres, pero se casó con el líder de Los Graduados y aprendió lo suficiente como para ocuparse de los asuntos legales del grupo y manejarle la agenda con la prudencia que no tiene su marido.

Ella se encarga de los precios, fechas y lugares. Gustavo, de hacer cuanto ejercicio con ajo, miel e Isodine le recomiendan para mantener intacta su enérgica voz. Para no perder el tono fiestero con que interpreta sus canciones, ni el estilo entre onomatopéyico y aguardientero que lo hizo famoso.
— “Mija, un tinto”.

Tiene que estar loco. Una persona en sus cabales no se sale de un grupo como los Teen Agers cuando es la estrella del conjunto que en 1959 les ganó la carrera a los roqueros (o rocanroleros) colombianos a la hora de incorporar el teclado eléctrico y la guitarra eléctrica en sus canciones. Menos aún, se va de Los Hispanos tras imprimir un estilo nuevo a la música tropical, sumando a las elaboradas piezas de folclor nacional sonidos eléctricos de otros lares, trova paisa y su inconfundible show, inspirado en la puesta en escena de las canciones de Elvis Presley.

Había que tener algún problema en la cabeza para incurrir en el sacrilegio de grabar saludos, alaridos y frases de animación en las canciones, moda que inauguró él hace 50 años. No faltó quien le dijera que fundar Los Graduados era un sinsentido. Una locura que lleva ya más de 40 años, que es referente obligado en la música colombiana y que acaba de presentarse en Pandi y Agua de Dios, Cundinamarca, pese a que voceros de algunos de los grupos que reencaucharon la música de Quintero dicen que él ya no canta, que anda jugando con muñequitos, que está fuera del país y que su banda se desintegró.

Pero también hay evidencias sobre su cordura. Como cuando convirtió el cruce de Junín con Colombia (Medellín) en un verdadero enredo al tirar desde el tercer piso de su oficina miles de pesos en billetes de a dos. Ni la Policía ni los delegados de impuestos comprendían que estaba cumpliendo con su palabra. Había prometido lanzar un novillo por la ventana, vendió el animal y arrojó el producto del negocio a la calle. Era un viernes de noviembre de 1979, justo cuando los diarios publicaban que los labriegos del país pedían al Consejo Nacional de Salarios unificar el sueldo mensual, pues en la ciudad era de $3.450 y en el campo apenas llegaba a $3.150.

Otros le dijeron que andaba desquiciado por intentar arrojarse de un quinto piso en plena entrevista para una emisora. Quizá los locos eran los locutores que dudaron que fuera capaz de hacerlo. Pese a la decisión con la que el artista trepó por un muro para buscar el vacío, el vigilante de la estación radial impidió que les comprobara sus habilidades para volar.

También suena propio de una persona lúcida anticiparse al exalcalde Antanas Mockus en sus estrategias pedagógicas e irse hasta Codiscos a enseñarle las nalgas a la secretaria de Fernando López, su productor de cabecera.

Y si de vez en cuando se despunta algún diente con el micrófono es sencillamente porque está muy metido en su show. Nada que no se pueda solucionar con un madrazo inmediato y una visita a su odontóloga apenas culmine la presentación.

— “Lo de la rodilla operada es porque me tumbó una bestia. Pero más bestia soy yo, que me dejé tumbar”.
Ocurrió hace muchos años. No había comprado el viejo sofá. Menisco lateral izquierdo interno, respondieron los médicos al ser indagados sobre el lugar de su lesión. Ninguno dijo que la cabeza. En diciembre pasado se dio otro golpe durante un concierto en el Club Unión de Bucaramanga. Cuando el paramédico se acercaba a atenderlo, Quintero lo agarró por la bata: “No me matés todavía, me faltan dos tandas”.

Definitivamente está cuerdo, pero le convendría más volverse loco para olvidar el intento de secuestro del que fue víctima hace unos años, la bala que aún está incrustada en el espaldar de la silla de su carro, las presiones delincuenciales de las que fue víctima su familia, la extorsión que les montaron desde la cárcel Picaleña (de Ibagué). Para no sentirse afectado cada vez que recuerda que en noviembre de 2009 le rindieron un homenaje con la presencia de Nelson Henríquez, Los corraleros de Majagual y Pastor López, pero a todos “les quedaron mal con la menuda”. Y para no amargarse por la pobreza en la que sufre enfermo Adolfo Echeverría, el hombre que compuso Fantasía nocturna, canción que le abrió las puertas de la fama a Quintero.

Si Gustavo Quintero estuviera loco nadie se asombraría por verlo dormir durante el día, por saber que interrumpe su sueño a las diez de la mañana para alimentar con arroz y fruta a los pajaritos que llegan hasta la ventana de su apartamento, por cantarles en idioma “pajaril” y por agradecerles que vengan a ayudarnos tanto como los extraterrestres.

ALFREDO GUTIERREZ: EL REBELDE DEL VALLENATO

Rompió todas las reglas del vallenato al usar el acordeón en porros y cumbias.

Entonces el rey era uno sólo y se llamaba Alejandro Durán Díaz. El Negro Alejo. Se había coronado con todas las credenciales el año anterior (1968) en la tarima de tabla, que se llamaría después ‘Francisco el Hombre’, de la plaza Alfonso López en Valledupar. La misma tarimita en la que hacía apenas 12 meses se había proclamado el Cesar como departamento. Pero ahora el recién nacido festival ofrecía una nueva oportunidad a la grandeza, a la posibilidad de ser un soberano del acordeón. Los artistas, con sus sombreros y sus abarcas tres puntá, se medían en los patios de las casas de los notables de la ciudad, a las que llegaban multitudes sólo por el placer de verlos entonar un canto o tomarse un trago de ron. Como hoy en día, pero sin tanto político, sin tanto club social y, lo mejor, sin tener que pagar la entrada. De la sabana de Sucre llegó un bicho raro cantando un merengue que acusaron de ser “acumbiao”, por no parecerse al vallenato tradicional. Su título es Papel quemado.

Las muchachas dicen que yo soy papel quemado.

No puedo enamorar porque estoy comprometido ¡Ay!

Que soy un borracho pernicioso y sin embargo

Donde quiera que llego un amor yo me consigo.

En realidad, el bicho raro era ya un reconocido intérprete de canciones, como Ojos indios y La cañaguatera, que se bailaban por los rincones del Valle de Upar, del Magdalena y de Bolívar: Alfredo de Jesús Gutiérrez Vital, entonces de 26 años, el artista que desde sus inicios se atrevió a usar el acordeón en aires musicales no habituales para ese instrumento, como la cumbia, el porro y el chandé. Mejor dicho, el hombre que metió al acordeón donde no debía estar. O donde algunos decían que no debía estar. Como varios puristas de Valledupar, que le quisieron cobrar caro aquel merengue “acumbiao”.

Sucedió durante las eliminatorias del concurso. Yo siempre tuve mi temperamento rebelde y me daba cuenta de que a los músicos que participaban en el festival, en el día, los ponían a tocar en los clubes de Valledupar o en las parrandas de algunas casas, pero luego no los tenían en cuenta para nada. Yo empecé a reclamar. Le reclamaba a la Doña. A la que sabemos. Y ahí comenzó esa antipatía. Yo no me dejaba manosear, como manoseaban a ‘Colacho’ o a Luis Enrique Martínez, que no les daban nada. Les daban era ron. La gente estaba conmigo, no dejaban de aplaudirme. Entonces, cuando yo estaba compitiendo en los quioscos, en plenas preliminares, ella llega y le dice al jurado que no tenga en cuenta las aclamaciones del público porque yo estaba tocando otra cosa que no era vallenato.

Muy digno, el aspirante a rey anunció su retiro del festival en medio de los gritos histéricos de “que sigaaa, que sigaaa” de la gente y Pedro Juan Meléndez, un veterano de la radio que en ese momento transmitía el evento para la emisora Olímpica y hoy cuenta 80 años, sentenció al aire su destino: “Señoras y señores, ha nacido un rebelde del acordeón”.

***

Alfredo Gutiérrez se coronó en tres ocasiones Rey del Festival de la Leyenda Vallenata (en 1974, en 1978 y en 1986), pero nunca ha dejado de ser el rebelde aquel que se le enfrentó a la Señora del evento, la fundadora, Consuelo Araújo Noguera, La Cacica. Eso sí: para lograr esa conquista, que ningún otro acordeonero ha alcanzado en 42 años de historia, tuvo que quitarse la camisa de la cumbia y vestirse con el traje del vallenato tradicional. Ah, pero eso no le significó claudicar. En 1987 volvió por sus fueros cuando se realizó el primer concurso Rey de Reyes, al que sólo llegan a participar los grandes.

Los organizadores empapelaron las calles con afiches de ‘Colacho’ Mendoza. Entonces, yo pensé: esto como que ya está montado para que gane ‘Colacho’, y me retiré. Finalmente, ‘Colacho’ fue el que ganó ese año.

Su primera transgresión profesional, relata su biógrafo, el periodista Fausto Pérez Villarreal, data de 1965, cinco años después del nacimiento de Los corraleros de Majagual, la agrupación histórica (calificada por unos expertos como la Selección Colombia de la Música y, por otros, como la Sonora Matancera nacional), que conformaron Calixto Ochoa, César Castro, Lisandro Meza, Eliseo Herrera, Chico Cervantes y Alfredo Gutiérrez, entre otros. Al parecer, el viejo Toño Fuentes, cartagenero, dueño de Discos Fuentes y cofundador de la orquesta junto con los artistas, quiso registrarla como obra exclusiva suya. ¿Adivinen? El acordeonero no aceptó y abandonó el proyecto, no sin antes robarse a los músicos de bajo perfil, como el cajero y el guacharaquero.

No sólo se los robó para una nueva propuesta que bautizó como Alfredo Gutiérrez y sus estrellas. También, los uniformó. Los hizo acompañar de un bajo eléctrico y de coristas. Y contrató a un presentador en escena. Cuando algunos juglares andaban todavía en burro, alegrando cualquier esquina de pueblo con su canto, Alfredo Gutiérrez convirtió el oficio en una empresa con aspiraciones. Cuando la del acordeonero era una figura menor frente a la del cantante, Alfredo Gutiérrez le defendió su estatus. De nuevo, los puristas lo acusaron. Lo llamaron depredador del vallenato. Sin duda, la culpa fue de su rebeldía, de su desobediencia. Hombrecito atrevido, carajo.

Pero agárrense, puristas del vallenato, lo peor estaba por venir: Alfredo Gutiérrez se levantó un día y decidió que iba a tocar el acordeón con los pies. ¡Padre Santo, Francisco el Hombre tiene que estar revolcándose en su tumba! El primer espectáculo lo dio en Barranquilla, en el Carnaval de 1971. Alternaba con un sexteto venezolano que por la época causaba furor, llamado Los blancos de Venezuela, y cuyo timbalero se ganó todos los aplausos del público. Como le tocaba cerrar la presentación, quedó con una espinita. No quería ser menos que los venezolanos y su tal timbalero. Así fue que, finalizando su última canción, se quitó los zapatos, se tiró al suelo y empezó a tocar con los dedos de los pies. Ahora, no hay contrato que firme en el que los empresarios no le exijan hacer el show.

Aunque un verdadero show fue el que protagonizó en Venezuela, en 1981, cuando se le dio por aprenderse el himno de los vecinos y tocárselos con su acordeón. Ese mismo año se había presentado en el Madison Square Garden de Nueva York y fue ovacionado y cargado en hombros al interpretar con su instrumento el himno de los Estados Unidos. Quiso repetir la gracia, pero muchos (¿puristas otra vez?) se ofendieron y lo fueron a buscar al hotel en el que se hospedaba para pegarle. Me levantaron a planazos.

En el país, el apoyo le llegó desde la Presidencia para abajo, pero cuando unos periodistas le cuestionaron si realmente le habían pegado tanto como estaba asegurando, a Alfredo Gutiérrez, el rebelde del vallenato, sólo se le ocurrió bajarse los pantalones y mostrar a la televisión sus nalgas moradas por la golpiza. Tiempo después, nació de su autoría la canción Las tapas morás.

En Colombia hay cultura yo soy muy bolivariano

Pero los venezolanos nos tratan con mano dura

Con las tapas morás me mandaron pa acá

Ese Óscar de León me levantó a planazos

Y hasta el pobre acordeón ¡ay! Sintió los porrazos.

Exactamente una década después volvió a cobrar gran notoriedad en otro país: en Alemania, donde ganó en dos ocasiones el título de Campeón Mundial del Acordeón, una de ellas frente a un músico vienés con cuatro años de conservatorio. Cuando le preguntaron de qué conservatorio había salido él, atinó a contestar: De cosa aprendí a leer con el profesor Arquímedes y no hice ni un año de escolaridad.

Al profesor Arquímedes lo conoció en Sabanas de Beltrán, la vereda de Paloquemao, en el Sucre que alguna vez perteneció a Bolívar, en la que nació en 1943. Fue concebido en una vela de cumbia o velorio cantao, que es una fiesta que se les ofrece a los santos por las buenas cosechas. Su padre, Alfredo Enrique Gutiérrez Acosta —acordeonero de La Paz, Cesar, encargado de amenizar el festejo—. Su madre, Dioselina de Jesús Vital Almanza —bailarina de cumbia, quien le dio seis hermanos—. Lo hicieron en un fandango.

Su matrimonio con el acordeón, por supuesto, lo organizó el padre, que siendo Alfredo de Jesús un niño lo vinculó a la agrupación Los pequeños vallenatos.

En el 57 se acaba el grupo porque mi papá ya estaba muy mal de un cáncer cutáneo en la nariz. Murió en el 58 y yo dejé de tocar el acordeón como seis meses. Un día me di cuenta de que el instrumento se me había dañado y se me dio por ir a arreglarlo donde Calixto Ochoa, que vivía en Sincelejo. Ahí lo conocí y se convirtió en un padre.

El viejo Calixto lo vinculó a la agrupación que luego bautizarían como Los corraleros de Majagual y el resto es historia cantada.

Desde entonces ha pasado mucho: 12 hijos, con la misma, pero con distinta mujé, como dijo ‘El Negro’ Alejo. Una esposa vallenata, llamada Cecilia Moscote, y la época del desorden. Pero ahí sigue la rebeldía. Y una carrera musical vigente, con contratos todos los fines de semana y una lluvia de homenajes.

“Alfredo fue el primer acordionista que supo amalgamar el estilo de la música sabanera, que es el porro y la cumbia, con el vallenato. Ahí radica su importancia”, sentencia el periodista sabanero Juan Carlos Díaz, quien añade que son contados los artistas que han logrado mantenerse 50 años en el mercado. ¡Cincuenta años bailando por cuenta de Alfredo Gutiérrez!

O si no, que lo digan en Guararé.

Carnaval de Barranquilla, a sus pies

El sábado, en el estadio Romelio Martínez de ‘La Arenosa’, la Fundación Carnaval de Barranquilla entregará una placa de reconocimiento al llamado “Rebelde del acordeón”, Alfredo de Jesús Gutiérrez Vital, para celebrar sus 50 años de vida artística y por su valioso aporte a la música del carnaval, que ya celebra sus momentos previos. El único que ha sido tres veces Rey Vallenato será el artista festejado en esta ocasión en el marco del programa “Carnaval, su música y sus raíces”. Y es que no son pocos los éxitos que el acordeonero ha puesto a sonar para la fiesta de fiestas de Barranquilla. Este año, por ejemplo, seguramente será el turno del Parce goterero. Antes, se cuentan canciones como La banda borracha y Festival en Guararé.

domingo, 31 de octubre de 2010

LAS BRUJAS

LAS BRUJAS

Fecha 30 octubre 2010

Por: Julio Oñate Martínez

La noche de brujas es una celebración pagana que tiene una vieja tradición en el país del norte y que actualmente alcanza gran notoriedad en los países de habla hispana como la noche de las brujitas o del halloween.
El juglar vallenato de antaño, cantor de la cotidianidad, quizás sin ninguna influencia foránea dejó plasmadas a través de sus cantos las tribulaciones sufridas bajo la influencia supuesta de brujas, demonios y espantos, ya que le tocó vivir una época propicia para la imaginación supersticiosa. No había luz eléctrica y el transporte era casi siempre muy difícil generalmente a pie o en bestía por oscuros y solitarios caminos donde podía encontrar el canto o el vuelo de un ave nocturna, la sombra de una ramazón movida por el viento, los susurros de la brisa nocturna, los ruidos de ciertos animales de actividades noctámbulas y finalmente la picardía de siempre, los aprovechadores de la sombras de la noche para sus actividades furtivas. Todos los anteriores factores contribuían positivamente a la creación de historias fantásticas emparentadas con las que la imaginación popular ha ido constituyendo desde que existe el miedo.
Algunos de estos episodios tuvieron la suerte de llegar a una grabación fonográfica para quedar como testimonio del tema tratado y fue Luis Enrique Martínez ‘El gran pollo vallenato’, personaje supersticioso en extremo quien más se ocupo de estas historias atribuyéndoles gran veracidad. De su inspiración es el paseo la bruja donde revela sus temores por pretender a una viuda que en La Jagua del Pilar le había pinchado el corazón. Algunos aparte de la letra:
En la Jagua hay una viuda
Que me llama la atención
Y se está metiendo a bruja
Pa’ jugame una traición

Otro canto donde Luis Enrique participa solamente como intérprete corresponde a la autoría de Sebastián Ospina Viloria, un viejo acordeonero de El Difícil (Magd). Quien compuso el tema ‘La Mariposa’
La mariposa no la pude ver
Solamente la sombra le veía
Mis amigos, ahora si estoy por creer
Que son cosas de pura brujería
Es el relato que hace el autor ante la sombra amenazante que en forma de gigantesca mariposa le cerraba el paso en una clara noche allá en uno de los estrechos callejones de su pueblo.
El viejo Emiliano Zuleta compuso también un son titulado ‘La Bruja’, prácticamente inédito pues hoy se encuentra perdida la grabación que de él hiciera ‘Colacho’ Mendoza en 1962 en la desaparecida etiqueta Carrizal de Barranquilla.
En la sierra, en la sierra hay una bruja
Óiganlo señores que no me deja dormi
Si me sigue, si me sigue molestando,
Si me sigue molestando, me voy pa’ Caracolí
En Caracolí; Sabanas de Manuela, corregimiento de San Juan del Cesar despachaba el renombrado Indio Jerónimo ‘El Papaupa’ de los curanderos provincianos en aquello lejanos años.
‘La Bruja de Chimichagua’ de Julio Herazo y ‘El brujo de Arjona’ de Guillermo Buitrago son algunos más de los ejemplos que engrosa está temática hoy diluida al compás de nuevos tiempos con el advenimiento de grandes inventos y adelantos que se llevaron la ingenuidad de la gente y los demonios brujas y espantos fueron desapareciendo de la fax de la tierra y también del pentagrama.
Este largo fin de semana escucharemos a los bebedores de aquí del Valle repetir alegremente ‘Triqui, triqui,halloween, quiero whisky para mí.

domingo, 3 de octubre de 2010

EL FESTIVAL DE LOS CHAMBONES

Por: Julio Oñate Martínez
Fue aquí en Valledupar y se celebró en 1970 después de ser coronado Calixto Ochoa como rey profesional a quien el Turco Pavajeau homenajeó con una memorable parranda en la residencia de la matrona vallenata Ernestina “Tina” Pumarejo de Cabas, recinto considerado por todos como un verdadero templo del vallenato más auténtico y la amistades más entrañables.
Varios acordeoneros aficionados ya rodillones insistíamos obstinadamente en que nos dejaran actuar delante del selecto y numeroso grupo de parranderos que se deleitaban con el mano a mano que sostenían Colacho, Ovidio y Calixto, y fue Colacho quien propuso el concurso de los chambones que allí estábamos tratando de hacernos notar. Se inscribieron Romoca, Jaime Olivella y mi persona.
El jurado integrado por Jike Cabas y Colacho determinó que cada participante ejecutaría dos temas libres y llamó de inmediato a Romoca al centro de la sala. El inolvidable Rodo Cabas y el Negro Adán fueron los acompañantes.
El comandante trató de impresionar con su incesante flequeteo y meneando el acordeón pa´ lao y lao con gracia y picardía pero no desgranaba nada del teclado. De su autoría interpretó el merengue ¨Katia¨ y el paseo ¨El tambaleo¨, pero se volvió puro swing y morisqueta pero de la nota, nada. En el merengue que compuse más adelante con el título de ¨El festival de los chambones¨, así describí este pasaje:
En el valle hicieron un festival
Colacho y el Jike eran los jurados
Y los que llegaron a la final Eran los chambones más afamados
Con aire elegante y atrevimiento
Me salió el primero que fue Romoca Pensó que ganaba, estaba contento Pero flequeteaba y no tenia nota

Seguidamente Jaime Olivella ¨El pollo ronco¨ estremeció el lugar cuando con su voz de trueno cantó el paseo ¨El Cristo de Mariangola¨, su único repertorio y entonces en la segunda salida con el mayor desparpajo lo tocó nuevamente pero esta vez en aire de merengue. Su potente voz apagaba el acordeón y así el jurado no se percató de su ejecución algo menos que regular.
Don Jaime Olivella que es pollo bueno
Tocaba diciendo, seré el campeón
Pero si cantaba no había acordeón
Porque la apagaba su voz de trueno

Me tocó cerrar y con el tema de mi autoría titulado ¨Los acordeoneros locos¨ dedicado a Chorro Balín, Nono, la Vara y el Mono Pepa de la Paz me le fui adelante a mis adversarios
Tocando bonito y con emoción
Con notas que alegran el cañaguate
Y dijo el jurado es pa´ Julio Oñate
La gran corona del mejor chambón

Hermosos tiempos aquellos del viejo Valledupar, cuando en la casa de la Familia Cabas Pumarejo se vivieron grandes epopeyas de nuestro folclor tradicional que nos hacen recordar este recinto como lo que fue: un verdadero templo del vallenato más auténtico y la amistad más entrañable.

EL DIA QUE VINO CALIXTO

En el año 1958, Roberto ‘El Turco’ Pavajeau adelantaba su bachillerato en la Academia Militar José María Córdoba de Medellín, una especie de aeropuerto docente donde aterrizaban todos los estudiantes que vivían algún conflicto en los colegios de esta ciudad.
Una mañana septembrina, deambulando por el centro con un par de compañeros de la academia al pasar detrás del hotel Nutibara en una vieja casona convertida en pensionado, ‘El Turco’ escuchó en su interior un acordeón alegremente ejecutado con destreza que llamó poderosamente su atención. Intrigado se acercó siendo informado por la propietaria del inmueble que se trataba de unos recién llegados músicos vallenatos de apellido Ochoa. Más intrigado aún tocó la puerta de la habitación y fue recibido por un individuo de tez blanca y lacios cabellos negros, quien se identificó inicialmente como Cesar Castro Jérez, oriundo de Zambrano, (Bolívar) quien estaba acompañado por un joven moreno muy risueño modestamente vestido de caqui y botas media caña, llamado Calixto Ochoa Campos, nacido en Valencia de Jesús, un corregimiento de Valledupar. Ensayaban para una grabación que realizarían muriendo la tarde en la disquera Fuentes.
Enterado Calixto que ‘El Turco’ era su paisano le hizo la invitación formal a presenciar la grabación, como realmente ocurrió. Con Cesar Castro en la guacharaca y el cajero Rafael Día ‘El Mocho’, el Valenciano con su acordeón “Dos en tres” (un honner de dos hileras con los bajos armonizados), dejó impreso en el acetato los temas de su autoría “Músicos y choferes” y “Si el mar se volviera ron”.
Finalizado el evento todos coincidieron en festejarlo y se instalaron en la terraza de una heladería en el barrio Laureles, donde Calixto y sus pupilos armaron un tremendo alboroto que fue visto con recelo por los antioqueños quienes no alcanzaban a comprender la euforia y devoción con que los costeños celebraban aquella música, para ellos perniciosa y estridente.
Finalizando la noche los parranderos se fueron con su música para “La curva del Bosque”, un sitio de ambiente cabaretero donde con las claras del día fue necesario que ‘El Turco’ dejara empeñado un valioso reloj marca “Mulco”, para cancelar la cuenta. El reloj, herencia de su abuelo el doctor Juan B. Pavajeau, en la época el médico del Valle. Nunca regresó a rescatarlo y este remordimiento lo ha molestado siempre.
Calixto regresó a Sincelejo, donde residía, con el compromiso de ir a Valledupar en las vacaciones y así atender la gentil invitación que le hiciera su nuevo amigo Roberto Pavajeau. Fue una tarde de enero del año 59 cuando se encontraron nuevamente en Valledupar, de donde ‘El Valenciano’ había emigrado en el 53 para radicarse finalmente en Sincelejo, la capital sabanera del viejo Bolívar. Calixto llegó estrenado un flamante Willis de color verde trayendo de compañeros al ‘Mocho’ y al ‘Turco Asa’ un notable parrandero de todas las épocas inseparable del ‘Negro Cali’.
Se instalaron en “El Rey de los bares” y en tropelín la gente colmó el lugar, ya que las primeras grabaciones de Ochoa se escuchaban muy exitosamente en todos los pueblos de nuestra costa.
Sobre las 11 de la noche se presentó allí Darío, el hermano de ‘El Turco’, con un grupo de amigos de la talla del pintor Molina, Bambino Ustaris, Hugues Martínez y Raúl Moncaleano, acompañado además por Colacho Mendoza, Adan montero y Cirino Castilla. Estos fueron invitados por ‘El Turco’ a integrarse a la parranda, pero Darío un poco receloso no obstante ser sus carnal prefirió armar toldas aparte instalándose entonces en la mesa contigua pero sin ánimo de piquería o rivalidad, sólo para hacerle saber al músico de Valencia que el corral Vallenato era Colacho, el gallo que más cantaba.
Después que Calixto interpretó su “Lirio Rojo” Nicolás Elías le respondió con la “Creciente del Cesar”. Calixto disparó su rumbón “El niño inteligente” y Colacho en el mismo ritmo ripostó con “Ven” de Víctor Camarillo.
Nuevamente atacó Ochoa con “la Interiorana” y “El herrante” de Lorenzo Morales brotó del acordeón moruno del caracolicero y así sin fricciones ni la más leve intención de protagonizar un duelo transcurrió esa épica y memorable noche para el folclor vallenato.
A partir de ese día, la amistad, la admiración y el mutuo respeto entre estos dos juglares quedaron sellados para siempre sin la menor duda que al coincidir en una balanza de valores artísticos y humanos esta permanecería serena sin pendular a ninguno de los dos lados.
Fue la primera vez que Calixto ya como acordeonero profesional debutó aquí en Valledupar.

Julio Oñate M.

domingo, 25 de julio de 2010

LO VALLENATO Y EL VALLENATO

Por: Jaime García Chadid

Hace ratos me inquieta establecer límites por lo menos aproximados entre dos conceptos que percibo diferentes: lo vallenato y el vallenato.

Voy a tratar de explicarme haciendo una advertencia previa y es que cuando me referiré a lo vallenato lo haré con ciertas orientaciones de tiempo y espacio, salvedades estas que pueden restringir pero también llevar más allá y por ello no me puedo limitar únicamente a lo musical, pero admitiendo que es referente principal.

Mi punto de partida fue la pregunta que me hice y de la cual derivaron varias inquietudes. Esta fue: ¿Por qué si el Festival Vallenato privilegia al acordeonero el éxito comercial es de los cantantes? Y esta otra derivada de esas canteras ¿por qué, en general, los reyes vallenatos no tienen mayor éxito comercial?.

Y traté de darme respuestas identificando figuras, situaciones o valores que representen lo uno y lo otro y me dije acogiendo un ícono que me sirviera para contrastar, al mayor de ellos, Rafael Escalona y entonces me di cuenta que el maestro, por ejemplo, nunca usó el sombrero “vueltiao” tal vez por que lo percibía ajeno a “Lo” vallenato, pero este sombrero es indiscutiblemente un símbolo de “el” vallenato. De aquí resultará entonces una teoría y es que “el” vallenato es algo que partiendo de un punto de “lo” vallenato se reforzó con valores exteriores para moldear “el” vallenato y que fue entre otros factores lo que le ayudó a alcanzar las alturas en que hoy anda. Lo vallenato es entonces el sabor local y el vallenato la proyección, modificada, muchas veces distorsionada, y adaptada de esos valores.

Otra cosa: el turismo que arriba a Valledupar en la época del Festival llega movido en gran parte por el espectáculo central que se brinda y que incluye entre otras algo de “lo” vallenato y mucho de “el” vallenato. Es la gente que dos años después recuerda que escuchó cantar a Juan Luis Guerra y a Dandy Yankee pero no sabe cual fue el Rey Vallenato de ese año. Ejemplo de lo primero lo es mi comadre Cármen Fadul y excepción a lo segundo Gabriela Febres Cordero.

Aun más me atrevo a precisar que los verdaderos conocedores y amantes de “lo” vallenato son minoría. Esos saben que por Valledupar, la ciudad, pasa el Rio Guatapurí y no el Cesar.

Y en lo espacial si que se nota la diferencia, pues el mapa de “lo” vallenato es más o menos preciso incluye por supuesto a Valledupar, Villanueva, San Juan del Cesar y demás poblaciones, pero el de “el” vallenato desborda las fronteras nacionales y toca a Monterrey en México y Miami (USA) y a cualquier bus de pasajeros en Bogotá o Bucaramanga.

Cuando toco este tema planteo una discusión, un examen pero el punto de partida es ese y pongo de ejemplo de “lo” vallenato a Andrés Becerra y de “el” vallenato a doña Marina Quintero, con su programa de música vallenata en Medellín.

Hay una figura en la que convergen singularmente los dos conceptos pues Consuelo Araujo es imagen cimera de “lo” pero fundadora de “el”. Es núcleo y proyección, pero hay personas que solo son lo primero y otras lo segundo y sí que hay diferencias.
Y para cerrar y trazar líneas claras en lo que quiero significar digo Sony Music es “el” vallenato que no “lo” vallenato. En lo personal me siento ligado en mucho a “lo” vallenato y por eso mis gustos en lo musical son relativamente estrechos y ortodoxos.

Y para cerrar con otro ejemplo. Una parranda vallenata de “lo” es en el patio de la casa o finca, con caja, guacharaca y acordeón y la otra parranda la de “el” es de las del tipo que brindan las empresas que lucran con del Festival, como Old Parr y yo entonces me quedo con el viejo Thomas, pero en mi patio…

domingo, 11 de julio de 2010

EL GARROTE

Por: Julio Oñate Martínez



El garrote musical es una modalidad de “Tumbe” que de forma inmisericorde se practica en algunos grupos de música vallenata y que consiste en el afán de aprovecharse el más poderoso de los más débiles. Casi siempre es el líder del conjunto quien injustamente saca ventaja a la hora de repartir ya que como dice una conocida canción aprendieron a sumar pero no a dividir.
En los inicios de nuestro ajetreo farandulero, los viejos juglares del vallenato repartían equitativamente con sus compañeros el billete que recibían por sus actuaciones, esto nos explica el porqué Alejandro Durán hasta el día de su muerte tuvo a su lado al guacharaquero José Tapia “El trocha”, y por veinte años al niño Arrieta, su mejor cajero.
Igualmente, Luis Enrique Martínez casi por tres décadas fue acompañado por la guitarra de Juan Madrid y veinte años por el cajero Belisario Ariza. Eran otras épocas y el garrote no llegaba siquiera al peso de una varita de totumo.
A partir de los años setenta cuando se consolidaban las agrupaciones vallenatas, el tolete coge forma, aumenta de tamaño y grosor y comienza a hacer estragos entre los músicos de segundo nivel que no obstante ser de primera categoría están, respecto a sus ingresos, muy por debajo del cantante y el acordeonero, salvo algunas aisladas excepciones.
No creo necesario citar aquí nombres propios porque todos conocemos los que son, pues el garroteo tiene ya una numerosa cofradía y sus miembros antes de sentir algo de vergüenza al ser cuestionados por esto, parece que tratarán de competir entre si para alcanzar con sobrados méritos el famoso título de “el garrotero mayor”.
Numerosos episodios ampliamente comentados sobre muy sonados casos de garroteo hoy son recreados en parrandas a manera de chistes que los contertulios festejan incluyendo a los propios damnificados que los divulgan tímidamente por el temor de ser expulsados de la agrupación.
Uno de los más famosos casos de garrote implacable fue el del cantante y acordeonero que amangualados después de actuar en una caseta de pueblo con un lleno total, no le pagaron ni un solo peso a los muchachos del grupo con la excusa que habían tocado donde no era, es decir, se equivocaron de pueblo.
Son comunes los casos en que después de presentarse hasta seis veces en una temporada, solo le cancelan dos toques a los músicos porque supuestamente al empresario no le fue bien con el espectáculo, ojalá y la boletería se hubiera agotado.
El garrote tiene sus varias estrategias que se utilizan de acuerdo a diferentes circunstancias que se presentan. En una pareja de hermanos muy famosos por cierto, le llegaban regalías a una entidad bancaria a uno de ellos que tartamudea al hablar y el otro las reclamaba imitando la gagueadera de su hermano.
Hay casos de garrote acumulado que han llegado a representar cifras millonarias con la consecuente demanda y desintegración de varios conjuntos.
Conozco un tipo de reconocido garrote que ya tiene algo de patológico pues sé de un cantante que el mismo toca el acordeón y después de recibir cuatro millones de pesos por un toque, a la hora de repartir en actitud salomónica se metió dos en cada bolsillo, pero al caer en cuenta que él mismo ejecutaba el fuelle, sacó millón y medio de un bolsillo pasándolo al otro y así quedo tranquilo al saber que el cantante quedó con tres y medio y el acordeonero solo con quinientos mil pesos.
Como van las cosas, el garroteo tiene visos de una verdadera profesión porque el garrotero día a día perfecciona las técnicas de su oficio convirtiéndose en un artista más del folklore vallenato.

ARMANDO ZABALETA Y EL VALLENATO PROTESTA

Por: Julio Oñate

A mediados de los años 60 del siglo anterior un juglar del vallenato presentaba una modalidad de composición orientada a la denuncia social que abrió un importante espacio en nuestro ámbito folklórico. Se trataba del molinero Armando Zabaleta con un flamante L.P grabado con Chema Martínez en el sello Phillips que se identificaba como “Vallenato protesta”.

Zabaleta había encontrado antecedente en este campo con la puya Sánchez Cerro de “Chico” Bolaño donde este fustigaba cáusticamente al entonces presidente del Perú cuando dicho país intentó apropiarse de nuestra amazonia y también en el paseo El Almirante Padilla del maestro Rafa Escalona cuando este prometió festejar con una cumbiamba el día que un submarino coreano hundiera a este barco de la armada Colombiana causante del descalabro económico de su amigo Tite Socarras.

Entre varias canciones del referido L.P. rotuladas como paseo protesta sobresalió La Reforma Agraria que muy duro repiqueteo en Bogotá por la manera como el compositor criticaba mordazmente al Incora por sus desaciertos administrativos aquí en la costa y por las promesas incumplidas a las clases campesinas

Yo no me explico que es lo que está haciendo
La reforma agraria en el Magdalena
Desde que están expropiando terrenos
Y todavía no se ve una parcela
Nos moriremos de viejos
Con la esperanza e’ tenerlas.

Cuando se realizó el primer festival vallenato a raíz de que Luis Enrique Martínez no fue el ganador, Armando compuso el pase El Festival donde cuestionaba duramente a los directivos del Evento.

El festival vallenato se está cayendo
Y con el tiempo lo dejaran de hacer,
Porque aquí para que gane un músico bueno
Tiene que estar de acuerdo con Rafael
Este año Enrique no ganó el premio
Porque Escalona no gusta de el

En una actitud que muchos calificaron atrevida e irrespetuosa ha sido Zabaleta el único colombiano que ha puesto en jaque a nuestro nóbel de literatura al increparlo por su poco o ningún interés por la tierra que lo vio nacer. Observemos una estrofa del paseo Aracataca espera:

Al escritor García Márquez, hay que hacerle saber bien
Que uno la tierra donde nace, es la que debe querer
Y no hacer como hizo el, que su pueblo abandonó
Y está dejando caer, la casa donde nació

El aludido se encontró con el compositor en un festival vallenato y después de un abrazo cordial le confesó: “Armando, la verdad es que me has puesto trabajoso”. Detractores le sobraron, pero fue público el comentario de Consuelo Araujo Noguera aclarando: “la crítica de Armando no es literaria sino desde el punto de vista humano. La verdad es que lo tiene cogido por el cuello”.

En una fricción de tipo profesional entra Alfredo Gutiérrez y Jorge Oñate, armando salio en defensa del jilguero y le disparo a Gutiérrez El Bombillo Quemao donde lo critico por estar pasando de moda, al ser en ese entonces la vedette de vallenato

Zabaleta nunca tuvo pelos en la lengua para criticar y cuestionar situaciones del diario acontecer y fue un notable trovador que aunque en apariencia belicoso sus diferencias con colegas y personajes siempre las llevó al plano musical pues en lo personal fue todo un caballero que supo ganarse el cariño y admiración de sus amigos y compañeros y de todos los que tuvieron la suerte de tratarlo y saborearlo.

Con su muerte el folklor vallenato pierde un gran valuarte.